Una mañana despertamos por la conmoción que había en el barrio. Cuchicheos y comentarios por doquier. Ya la noche antes percibimos cerca de la madrugada gritos aterradores y chillidos de gatos enfurecidos.
Había una señora anciana que vivía en una residencia muy grande y que otrora sería bonita, pues ahora estaba dejada y prácticamente sucia. Vivía sola, aunque contaba con la compañía de sus numerosos gatos.
Ella era una señora que quedó sola, pero nunca se supo bien el porqué. Era de aspecto muy abandonado, amargada y hosca, de malos modales, en especial cuando alguien se atrevía a pasar por el frente del amplio patio frontal, gritaba tratando de alejar a todos.
Solo se escuchaba siempre sus desaforados gritos:-¡¡¡Fueraaa de Aquííí!!!
Por eso todos sus vecinos y personas de los alrededores la llamaban "La loca de los gatos".
Ella siempre salía por las mañanas a su descuidado parque junto a sus gatos, allí se sentaba a fumar tabaco en gruesos cigarros de hoja y a leer... Así era siempre.
Una tardecita, oscura ya por cierto, pasé por su frente y era nauseabundo el olor de los orines y deposiciones de los gatos. Le comenté a mi hija, que vivía en las cercanías, esa situación. Allí Rocío me refirió que ese era el principal motivo por el cual la denunciaron más de una vez ante la Municipalidad y el sector de Zoonosis. La anciana no dejaba a nadie acercarse a su frente, ni siquiera a las autoridades que se cansaron de venir tratando de rever esa situación de suciedad y roña. Amén que era una situación reñida con la limpieza, la salud y las buenas costumbres.
Al principio, los vecinos, se agruparon en comisiones: para tratar de lograr un diálogo con la anciana y otros ayudando a las autoridades comunales mientras se intentaba lograr un acuerdo con ella. Le propusieron muchas ideas que ella ni escuchaba. Simplemente vociferaba maldiciones desde adentro y hasta comenzó en una oportunidad a lanzarles objetos contundentes: piedras, botellas, latas.
Una noche, pasada la medianoche, se escucharon los maullidos de los gatos, como si estuvieran muriéndose, con mucha intensidad. También a la anciana señora gritando potentemente. A todos nos sorprendió semejante escándalo esa noche. No podíamos dormir, recuerdo por el temor que generaron esos ruidos horribles.
Nadie sabía que había pasado esa noche. Miles de conjeturas se rumoreaban en el barrio. Al día siguiente, la vieja no salió como era su costumbre al patio con sus gatos, y ahí fue cuando arreciaron todos los miles de suposiciones que flotaban en los pensamientos de sus vecinos.
Más aún cuando pasaron varios días y la anciana no daba señales de vida. Los gatos, como siempre llenaban casi prácticamente el jardín abandonado y ruinoso.
Nadie sabía ni escuchaba nada. Pasaron días y días, creo que fue una semana, cuando una vecina muy preocupada y curiosa (amén de chismosa) llamó a la policía para que acudieran a ese domicilio para ver que ocurría allí. Extrañaba la no presencia de la mujer.
Cuando llegaron los agentes del orden aplaudieron vigorosamente llamándola pero solo los gruñidos de los gatos se escuchaban. Luego de varias horas de intento y espera, procedieron a allanar por sus propios medios la casa.
—¡Señora! ¡Señora! ¿Está usted por ahí? Somos los policías de la comisaría de la zona. Le pedimos por favor que nos deje pasar.
Nadie respondió. Un silencio de ojos de gatos clavados en los rostros de los uniformados solamente. Entonces los agentes decidieron entrar, y cuando llegaron al cuarto de la anciana mujer, la encontraron sobre su cama totalmente despedazada. Eran solo guiñapos de carne humana. Invadió el cuarto una especie de terror, de miedo que golpeaba a los agentes.
De golpe una horda enfurecida de gatos los atacó con uñas y dientes afilados. Eran garras sólidas que apretujaban y laceraban la piel de los hombres. Fueron ellos los gatos los que la habían matado, por las desgarraduras que conservaba el cadáver en descomposición.
El trabajo de los hombres del orden fue terrible. Daba escalofríos la situación del dormitorio de esa mujer, la suciedad reinante, algo que es imposible casi de describir. Todo el barrio se agolpó en las puertas de la casa pero el miedo no dejaba entrar…
Luego de varios intentos, uno a uno los gatos fueron sacados de la casa y algunos hasta tuvieron que ser sacrificados dado su extrema agresividad.
El cadáver de la anciana señora (o lo que quedaba de ella) se lo llevaron los de medicina legal a la morgue judicial.
La casa antigua permaneció por un tiempo desocupada.
Hasta que un día un vagabundo se refugió allí de una tormenta y descubrió así de golpe, algo que se les había pasado por alto a los policías aquél día terrible debido al pavoroso entorno encontrado.
De golpe, este hombre descubrió en los tachos sucios de la cocina cueros de felinos y también restos óseos. Y así se reveló el motivo por el cual los mininos la asesinaron. Simplemente ella los criaba, los cuidaba y los alimentaba para comérselos luego. Fue lo que se llama una venganza de especie.
La gente temía pasar por los alrededores de esa casa...
Luego de muchos años la casona fue demolida porque quedó marcada para siempre por la triste historia de “la loca de los gatos” y nadie la quiso, ni alquilar ni comprar.
Sobre la autora:
Soy Maria Graciela Llano de Santo Tomé-Corrientes-Argentina.
Escritora Licenciada en Letras.