Mario prendió unas velas para hacer su ritual a un alma negra. Este consistía en encender tres veladoras negras a medianoche a una imagen de un ser oscuro, sin rostro y leer unas pocas palabras en latín. Esa práctica se la enseñó el brujo del pueblo, el cual vivía en las faldas del cerro y que después hallarían ahorcado en un árbol sirviendo como alimento de aves de rapiña.
El deseo que pidió fue que el amante de su mujer, con quien lo había engañado, se muriera y que ella no pudiera ser feliz nunca en la vida. A los pocos días recibió la noticia de que el amante había fallecido de un paro cardiaco. Su exmujer lloraba desconsolada mientras él solo reía a carcajadas.
—¡Esa alma negra es muy milagrosa! —pensó Mario. Así que, como necesitaba algo de dinero hizo otro ritual. Al poco tiempo tenía en su cuenta bancaria suficiente capital como para comprarse un auto del año. Gozaba de mucha felicidad mientras seguía mofándose de su exesposa la cual vivía en una profunda depresión.
Un día tuvo problemas con un compañero de trabajo. Enfadado, volvió a encender las velas. Hizo otro rezo que para entonces ya se lo sabía de memoria por tantas otras cosas que había pedido y le eran concedidas. Esta vez pidió que su compañero fuera despedido y que a él lo ascendieran de puesto. Tres días bastaron para que su deseo se convirtiera en realidad. Muy pronto se hizo jefe de la empresa donde trabajaba, para la desgracia de todos los trabajadores, ya que Mario los trataba como esclavos.
Esa alma negra era muy buena con él. Un día que andaba pasado de copas escuchó una voz que le decía —ya te he hecho muchos favores, ahora quiero que me hagas uno a mí.
Mario pensó que se estaba volviendo loco al escuchar voces en su cabeza; pero no era así.
—¿Qué quieres? —Preguntó con el corazón acelerado.
—Quiero un ritual de sangre. Mata a alguien en mi honor.
—¿Yo matar a alguien? dijo Mario. —¡Ni loco, eso nunca!
Mario siguió tomando hasta casi perder la razón. En su borrachera no sintió que ya no estaba dentro de su cuerpo; ahora su cuerpo era habitado por alguien más.
Lo único que recuerda después fue que estaba bañado en sangre que no era la suya mientras la policía lo esposaba para llevarlo a la cárcel.
—¡Soy inocente! —Gritó Mario. —¡Yo no he hecho nada malo!
La versión de los vecinos era que Mario había destazado con un cuchillo a una desafortunada mujer que pasaba frente a su calle. Sin remordimiento alguno; a sangre fría.
—Parecía como si se le hubiera metido el diablo. —dijo alguien en medio del tumulto.
—¿Cómo es posible que alguien haya cometido semejante crimen? —Se preguntaba la gente. —Eso es inhumano.
Y sí, efectivamente, esos actos no son de humanos.
Sobre el autor:
Héctor Moreno González
Nacionalidad mexicana
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