Con un Bartók pleno, la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires brindó un gran cierre de temporada.
Con un Bartók pleno, la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires brindó un gran cierre de temporada.
PROGRAMA:
Parte I
Béla Bartók
(1881-1945)
Suite de El mandarín maravilloso,
Op.19
Concierto para piano N° 3 en mi mayor, Sz.119
I Allegretto
II Adagio religioso
III Allegro vivace
Piano, Boris Giltburg
Parte II
Béla Bartók
(1881-1945)
Concierto para orquesta, Sz.116
I Andante non troppo. Allegro vivace
II Giuoco delle coppie. Allegretto scherzando
III Elegía. Andante non troppo
IV Intermezzo interrotto. Allegretto
V Finale. Presto
Director invitado, Tito Ceccherini
Béla Bartók compuso esta genialidad entre los años 1918 y 1919 en un momento donde su vida era tomada por una serie de sucesos lamentables: escasos recursos edilicios, las necesidades básicas poco cubiertas y como si fuera poco atravesado por la Gripe Española que contrajo ese mismo año.
Probablemente, inspirado por el oscuro clima político que reinaba al final de la Primera Guerra Mundial, Bartók compuso esta vertiginosa obra preparada para sacudir a una orquesta con un orgánico más grande del habitual. El guión de esta partitura escénica definida como “pantomima grotesca”, creada por el escritor de origen húngaro Ményhert Lengyel ( 1880 – 1974) ilustra un argumento complicado, en el que tres rufianes se esconden dentro de un burdel y contratan a una mujer joven que les sirve de carnada para atraer clientes que luego serían estafados; de los tres que entraron sólo le pudieron robar y luchar a uno solo El Mandarín que tras defenderse termina muriendo.
La orquesta Filarmónica de Buenos Aires junto a la batuta del destacado director italiano Tito Ceccherini presentó una versión marcada por la misma exigencia que el compositor le transfirió a la partitura: un comienzo turbulento y voraz, grandes momentos de opulencia sonora con una participación constante de instrumentos que presentan y describen la historia de horror y su desenlace esperado y espeluznante a la vez, llevada con el expertise de un director que está capacitado para manejar desde el detalle más ínfimo hasta la dimensión descomunal de toda la orquesta sonando con varias “f”.
Unos 26 años más tarde, exiliado en los Estados Unidos y con una leucemia muy avanzada, Bartók escribe y le dedica el Concierto para piano n° 3 a su esposa que era una excelente pianista. El concierto contiene los tres movimientos clásicos: el primero empieza con una textura orquestal transparente y liviana dando lugar a la presentación del piano en manos de Boris Giltburg nacido en Moscú hace 40 años. El segundo movimiento es tal vez el más bucólico escrito con lucidez y líneas melódicas más concretas y liricas y el tercer movimiento es una combinación de juego contrapuntístico entre el piano y la orquesta con una demanda de energía muy superior al resto de la obra. Cuando Bartók murió le faltaba completar los últimos 17 compases de la parte orquestal del concierto, quien lo terminó de escribir fue su alumno y amigo personal, el compositor Tibor Serly.
Un solista con prestancia absoluta:
Giltburg sostuvo una combinación casi impensada: aplomo entrelazado con una cierta ingravidez que parecía surgir desde sus pies abordando todo su cuerpo, fascinantes momentos fueron cuando se lo observó levemente parado como inclinado sobre el piano en pasajes de bravura. Un sonido puramente “Bartók” lo acompañó y lo coronó junto al gran desempeño que tuvo en esta interpretación. Fuera de programa, el solista ofreció una sentida versión del Preludio n° 5 "moderato" en Sol mayor del álbum de los 13 Preludios de Rachmaninov.
El concierto para orquesta SZ.116 ( que tranquilamente podría haberse llamado Sinfonía) lo escribió por sugerencia del compositor Serguéi Kussevitski que lo convenció para que de alguna manera con esta nueva adquisición, pueda ganarse al heterodoxo público norteamericano, Bartók accede, y la obra logra ubicarse entre las más populares. Un concierto de cinco movimientos que alterna un importante material timbrico y sonoro y donde evoca repetidas veces el aire del folklore de su tierra fue lo que exactamente la Orquesta Filarmónica transmitió en su última presentación del año.
Entrada, principal y postre fueron platos con un mismo ingrediente en común pero con la brillantez de una orquesta que llevó a cabo semejante programa y guiados con la inteligencia de una batuta especializada en repertorio del Siglo XX.
Función del sábado 30 de noviembre de 2024 en la sala principal del Teatro Colón.
Por Sabrina Abalo
Lic. en Crítica de Artes
Universidad Nacional de las Artes