Ravel al 100 - Soberbio homenaje ofreció la Filarmónica de Buenos Aires al compositor Maurice Ravel en el 150° aniversario de su nacimiento.
Ravel al 100 - Soberbio homenaje ofreció la Filarmónica de Buenos Aires al compositor Maurice Ravel en el 150° aniversario de su nacimiento.
Programa:
Maurice Ravel (1875-1937)
PARTE I
Ma mère l’oye (Mi madre, la oca)
I Pavane de la Belle au bois dormant (Pavana de la bella durmiente del bosque)
II Petit Poucet (Pulgarcito)
III Laideronnette, Impératrice des pagodes (Laideronnette, emperatriz de las pagodas)
IV Les entretiens de la Belle et de la Bête (Conversación de la Bella y la Bestia)
V Le jardin féerique (El jardín de las hadas)
Concierto para piano en sol mayor, M.83
I Allegramente
II Adagio assai
III Presto
Piano
Giuseppe Albanese
PARTE II
La Valse, M.72
Bolero, M.81
Director
Diego Martin-Etxebarria
Una de las obras más sutiles y comprometidas no solo desde el punto de vista estético es la suite orquestal Mi madre, la oca con la que Filarmónica de Buenos Aires abrió el concierto. Inspirada en los clásicos cuentos de hadas más famosos de Charles Perrault y Madame d’Aulnoy; partitura que originalmente fue creada para piano a 4 manos a la que luego Ravel modificó la plantilla creando una versión orquestal para ballet que es la conocemos y disfrutamos actualmente.
Desarrollada en 5 movimientos que comparten la misma atmósfera para muchos con tintes impresionistas, aunque el propio compositor rechazó siempre esa etiqueta, esta pieza se puede describir como material sonoro trabajado con exquisito y refinado pulso y con una marcada influencia de compositores rusos y franceses que le otorgan a Ravel un aire a su inspiración pero que sin dudas, el compositor nacido en 1875 al sur de Francia, logra con su magistral dominio de timbres, la combinación de texturas y su dedicación a la escritura de destacados momentos solisticos una distintiva presencia en obras que se instalan fuerte en la historia de la música.
El golpe de látigo seco y conciso da comienzo al desenfadado Concierto en sol para Piano y Orquesta con sus tres movimientos tradicionales, construido entre influencias de la música folclórica vasca y efectos del dominio jazzístico, pese al agobio que le causó escribir esta obra maestra, sobre todo el segundo movimiento del que el propio Ravel declaró como muy difícil de componer hoy es uno de los inevitables monumentos sonoros del que todo conjunto debe tener en su programación.
La orquesta preparada para el efervescente concierto, marcó un primer movimiento brillante, con mixtura de colores propios y una ejecución precisa, destaco los solos de trompeta a cargo de Erick Castillo, de corno en manos de Martcho Mavrov y las intervenciones del arpa a cargo de M. Cecilia Rodríguez sonido que desplegó con gran fuerza y belleza cerrando el movimiento.
El movimiento sagrado: no debe existir ninguna piel que puede quedar al margen de la sensación que invade el movimiento completo. Un diálogo perfectamente desarrollado entre el piano y los instrumentos ofreciendo sonidos profundos y conmovedores que acompañaron este inefable momento. Resalto especialmente la intervención de los solistas Claudio Barile en flauta traversa, Néstor Garrote en oboe y Matías Tchicourel en clarinete como así también la conversación noble y diáfana de Michelle Wong en corno inglés secundando al piano.
El tercer movimiento comienza y termina como una vertiginosa carrera entre el piano y toda la orquesta, es una muestra expuesta de gran virtuosismo para ambas partes. Excelente el dúo de fagotes de William Thomas Genz y Abner Da Silva Pinto con el piano, sobresaliente participación de toda la familia de metales: dinamismo, exactitud y proyección mantuvieron en alza toda la obra.
Majestuosa fue la performance del solista al piano Giuseppe Albanese que se presentó por primera vez en el escenario del Teatro Colón. Reconocido y admirado por su capacidad de interpretación y su impecable técnica ha demostrado un verdadero trabajo de conocimiento y dominio sobre el pianismo francés respetando fielmente el apabullante despliegue de materiales que Ravel tiró ordenadamente sobre el teclado. Albanese brindó una cátedra de elegancia combinada con claridad y precisión especialmente en la agilidad de sus escalas y en la exactitud de los abundantes trinos que conviven en la obra si dejar de lado su atenta mirada no solo al director sino a toda la orquesta y en especial a los instrumentos con los que mantuvo un diálogo abierto, fluido e intimista a la vez.
Fuera de programa, el implacable pianista calabrés ofreció una frenética versión de la obra del compositor alemán Carl M von Weber Perpetuum mobile Op. 24 que se caracteriza por su desarrollo continuo y rápido.
Los comienzos de La Valse fueron pensados como un poema coreográfico, idea que no prosperó y enseguida fue transcripta para 2 pianos y también para piano solo, finalmente la obra que actualmente se escucha en todos los teatros del mundo es esta versión orquestal
compuesta en un gran movimiento. Con un carácter tímido y oscuro los contrabajos dan comienzo a este vals difuso que comienza a crecer en cuerpo, fuerza y recursos técnicos de los más variados en el devenir musical raveliano. El efecto positivo de esta obra es la opulencia sonora que se desarrolla tal vez en coincidencia al contexto de caos que reinaba en aquella sociedad europea tras la Primera Guerra Mundial; el vals errático por momentos refleja de alguna manera esa transición a la recuperación y al florecimiento socio cultural.
La interpretación de la Filarmónica de Bs As resaltó la compleja riqueza de la partitura, desplegando en esta versión todas sus cualidades y calidades artísticas. Las cuerdas se lucieron especialmente brindando un apoyo parejo en línea y afinación.
El famosísimo Bolero existe gracias a un encargo realizado por la bailarina y coreógrafa rusa Ida Rubisntein, esta estructura musical fue compuesta en una sola sección y está basada en la repetición y acumulación gradual de intensidades, quien marca y sostiene el tempo general de la obra es el tambor solista.
La orquesta Filarmónica con un vertiginoso tempo dio vida a esta obra simple en apariencias pero que sin embargo está llena de recursos musicales y estéticos de los más variados que la convierten en una obra audaz y efectiva para el oyente. Resalto la intervención solista de cada uno de los instrumentos y muy especialmente la participación impecable del primer tambor a cargo de Federico Rivitti quien sostuvo la precisión e intensidad de principio a fin; en el número de ensayo 16 se suma con comodidad y hasta el final redoblando la apuesta sonora el segundo tambor a cargo de Christian Frette. Ravel nunca es una experiencia auditiva más, es siempre en este caso un nuevo Bolero que atrae, sorprende y fascina.
Por su parte el director invitado a cargo de este homenaje Diego Martin – Etxebarria hizo también su brillante debut en el escenario porteño ofreciendo un claro desempeño en cada una de las obras del compositor francés. Una batuta con soltura, aplomo y llena de gestos tan simples como claros. Visiblemente conmovido por el caluroso recibimiento del público ofreció unas palabras en relación a lo que significa el Teatro Colón en el mundo y su agradecida participación en esta oportunidad.
La detallista dirección orquestal del maestro español contribuyó a dar el carácter majestuoso que cada obra de Ravel conserva y a la vez demostró respeto y calidez a los músicos que dirigió destacándolos en el final del programa, un gesto que ennoblece y sella un final con vítores.
Función del sábado 20 de septiembre de 2025 en la sala principal del Teatro Colón.
Por Sabrina Abalo
Lic. en Crítica de Artes
Universidad Nacional de las Artes