"Hablar sobre música es como bailar sobre arquitectura" (1). A pesar de sus claras posibilidades comunicativas, su naturaleza ambigua dificulta entender específicamente qué se está comunicando con ella. Es por esto que existe un debate perpetuo sobre si considerarla un lenguaje o no hacerlo. Sin embargo, considerar a la música como lenguaje hizo posible la incorporación de herramientas lingüísticas al análisis del hecho musical. Entre ellas, la semiótica es una de las más destacadas. 

A continuación, como punto de partida para el desarrollo de este ensayo, resumiré brevemente sus ideas básicas.

La semiótica tiene dos orígenes (2). Por un lado, el lingüista suizo Ferdinand de Saussure la llamó semiología y la definió como: "la ciencia que estudia la vida de los signos en el seno de la vida social" (3). Por el otro, el filósofo estadounidense Charles Sanders Peirce la llamó semiótica, y la definió como: "doctrina de los signos" (4). Un signo es la unidad más pequeña de significado. Está conformado por un significante y un significado (5). El significante es la huella acústica en la psiquis, el sonido, la palabra escrita o cualquier forma material que haga referencia a alguna idea o concepto. El significado es eso a lo que el significante hace referencia. 

Pongamos como ejemplo la palabra agua. Es un signo cuyo significante (“agua”) está ligado al significado “líquido transparente, incoloro, inodoro e insípido en estado puro, cuyas moléculas están formadas por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno” (6). Esta es la base de la semiótica. El signo “agua” puede dividirse en dos si consideramos su aspecto sonoro. 

Por un lado tenemos su palabra, su idea, lo que significa, el qué se dice. Esto está determinado por su significante: los cuatro fonemas /a/, /g/, /u/, /a/, y por su significado: el líquido que todos conocemos. Por otro lado tenemos su expresión, la manera en que se dice esa palabra, el cómo se dice. Esto es la dinámica, el ritmo, la frecuencia y todas las variantes acústicas con las que podemos pronunciar cada fonema. Claramente no es lo mismo gritar: “¡Agua!”, que puede ser una advertencia de que se está produciendo una inundación, que susurrar débilmente: “.......Agua……”, que se parece más a un pedido de algo para tomar debido a una sed extrema. Por lo tanto, el cómo se dice afecta sustancialmente el significado del qué se dice. A la unión de palabra con expresión la defino como sentido verbal, idea que retomaré más adelante, luego de hacer una aclaración pertinente. 

Soy consciente de que al hablar de sentido entro en un tema de gran complejidad. Las discusiones acerca del sentido de la música surgieron hace siglos, y aún hoy siguen vigentes. Quiero hacer en este punto un paréntesis, para aclarar qué entiendo por sentido. En este ensayo parto de la noción de sentido como la construcción que hace un receptor de una serie de estímulos. En particular, me enfoco en la dimensión sonora de los estímulos. Existen otras dimensiones que no son sonoras y que también afectan al sentido, que no van a ser tratadas aquí. Me refiero al contexto histórico (cuándo se dice), el contexto espacial (dónde se dice), la expresión no-sonora (el cómo se dice gestual, corporal, facial, etc.), la intención (para qué se dice) y el emisor (quién lo dice), entre otras. 

Es por esto que la palabra “agua” tiene un sentido completamente diferente si es dicha en el contexto de una inundación, o si es susurrada por un hombre sediento en un desierto. Hecha esta aclaración, retomo las dos dimensiones sonoras en un signo: el qué se dice, que llamo palabra, y el cómo se dice, que llamo expresión. Vuelvo a destacar que, al combinarse, ambas dimensiones forman un sentido verbal. El sentido verbal como unión de expresión y palabra, fue sujeto de experimentos desde el surgimiento de la poesía sonora, a partir de comienzos del siglo XX. A continuación haré un breve recorrido por los momentos importantes en el desarrollo de esta experimentación.