Esta reseña histórica solo será para tener un conocimiento mínimo a través del tiempo, citar a todos los compositores excede este trabajo, razón por la cual las omisiones se tornan por demás injustas y no implican de ninguna manera falta de reconocimiento y/o méritos reales a los maestros que no figuran en esta pequeña lista, que sigue a continuación: Según el investigador James Cuthbert Hadden la ópera, en cuanto a su forma esencial, es bastante antigua. Los griegos conocían y probablemente estaba ya bien perfilada antes de su época. En las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides había recitados musicales y los coros eran cantados en unísono; pero sólo quedan uno o dos fragmentos de esa música para darnos una idea y demostrarnos cómo era. En realidad, debemos al Renacimiento, con sus intentos de hacer revivir el antiguo arte griego, las primeras muestras de lo que nosotros conocemos actualmente como ópera.
La primera y verdadera ópera no se escribió hasta el año 1594 y se debió a la pluma de Jacobo Peri. Se titulaba Daphne y según afirmaba su autor, la compuso para "probar el efecto del género de melodía que decía ser el mismo usado por los antiguos griegos y romanos en todos sus dramas”. Sin embargo, las óperas de Peri eran simples tanteos o ensayos. Estaba reservado para Claudio Monteverdi el otorgar a la ópera una forma precisa e impartir a los recitados un carácter más definido y categórico, dotándolos de más fluidez y expresión. Monteverdi ha sido descrito como "el primer compositor de ópera por la gracia de Dios, verdadero genio musical, padre de la instrumentación”. Pronto aparece en el mundo de la música el compositor napolitano Alessandro Scarlatti. Puede decirse que con él comienza la verdadera ópera italiana, que ha mantenido su predominio durante tantos años y en tan diferentes países en momentos en que la melodía había obtenido enorme ventaja. Mientras tanto la ópera iba ganando terreno en el exterior, vale decir, fuera de Italia.
En 1645 el cardenal Mazarino la trasplanta a Francia y unos treinta años más tarde es introducida en Alemania. También Inglaterra gozó por breve tiempo de una ópera nacional, en la época de su más grande compositor, Henry Purcell, quien escribió no menos de treinta y nueve obras para escena. Hasta la aparición de Wagner sucedió exactamente lo mismo con todos los compositores de ópera, y así Mozart, Weber, Meyerbeer, Rossini y Gounod chocaron con el mismo obstáculo: todos tuvieron que escribir teniendo en cuenta las evoluciones vocales de los favoritos del público. Fue la mentalidad de Wagner la que llevó a cabo exitosamente, y para siempre, una reacción contra esa superabundancia del elemento melódico como exponente de una vulgar (o al menos poco artística) ostentación. La teoría de Wagner en cuanto a la ópera se refiere, o más bien en cuanto al drama musical, como él prefiere llamarla, era esencialmente propia.
Lo primero que hay que comprender nítidamente es que Wagner no estaba de acuerdo con la forma ni el estilo de la ópera italiana de su época. Para él no era una forma seria de arte, por el contrario, lo principal era una exhibición de la voz, bonitos vestuarios y una graciosa acción en los dúos de amor. El texto y la música no tenían la conexión necesaria. El propósito del compositor era desarrollar un conjunto de melodías pegadizas, además de que éstas no necesitaban despertar emoción alguna al oyente, ya que servían únicamente para poner de manifiesto la potencia vocal de los artistas. Con frecuencia los libretos eran tan indignos de ser puestos en música que los franceses crearon un refrán que decía: “Cualquier cosa demasiado estúpida para ser dicha puede ser cantada”.
El concepto de Wagner, en lo que se refiere a lo que una ópera debe ser, resultaba enteramente distinto. El maestro miraba hacia atrás, es decir al antiguo drama griego fundado en las grandes leyendas mitológicas de la nación, y señalaba la tremenda influencia que ello tenía en la vida y en el pensamiento del pueblo. Él trataría de hacer lo mismo con los mitos y leyendas de su país, de modo que la ópera alemana fuera para los germanos lo que el drama griego fue para los griegos. Esta convicción fue la que llevó a Wagner a proveerse de textos por sí mismo; y nótese que estos textos no son meros bosquejos de diálogo, arias, procesiones o danzas, sino hermosos poemas dramáticos.
En realidad, esto es lo que constituye una de las diferencias más salientes entre la vieja ópera convencional y el serio drama musical de Wagner. Según el mencionado compositor, la música no debe ser echada a perder por la acción, ni la acción por la música. La obra debe constituir un denso drama, no un mero entretenimiento cortado, por así decirlo, con intervalos para aplausos, repeticiones, etcétera. Su drama debe erguirse o caer como una sola pieza; la debilidad es en él tan necesaria como el vigor. No debe haber nada que no esté relacionado con el resto; la música ha de ser entretejida, no construida. La historia de la ópera seguirá su curso con compositores de gran envergadura pero no es objetivo de este trabajo detallar los acontecimientos que continuaron en el transcurso del tiempo.