Antes de dar lectura, ponte en presencia del Espíritu Santo, para que ilumine tu corazón y tu entendimiento.
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Padre Nuestro
1. ¿Qué es la Oración?
La Oración es hablar con Dios. Para lograr esta comunicación, debemos al principio desear hacerlo. Aunque el Mundo se oponga, o nuestro propio raciocinio se haya acostumbrado a evadirlo, nuestro corazón siempre desea buscarlo. Debemos acudir al Amor y a la Misericordia de Dios; y Él, que es un padre amoroso, se conmoverá de nuestros esfuerzos.
Podemos comenzar con el rezo de las oraciones que Cristo, su Madre y los Santos nos han enseñado. Poco a poco y con devoción iremos transformando nuestra propia vida en oración. Y con la práctica lograremos que, en el silencio y la contemplación, sea el propio Dios quien tome la Palabra en ese diálogo maravilloso que es la Oración.
2. ¿Cuáles son los frutos de la oración?
Debes tener en cuenta que las gracias místicas que puedan derivarse de la oración no son su verdadero fruto, ni siquiera son necesarias para obtener fruto en la oración.
El fruto verdadero de la oración es: ir descubriendo la Voluntad de Dios para nuestra vida; irnos haciendo dóciles a la Voluntad de Dios; llegar a que sea la Voluntad de Dios y no la propia la que rija nuestra vida: nuestra voluntad unida a la de Dios.
¿Qué sucede cuando parece que la oración no diera frutos?
A veces pensamos: he orado y no me sirve para nada. Es probable que estamos pidiendo algo que no nos conviene. Dios siempre responde. Y su respuesta puede ser: Sí, No o todavía No.
Hay que tener claro que la oración no busca resultados superficiales o sensoriales. La finalidad de la oración es el acercarnos a Dios y el poder ir uniéndonos a Él, uniéndonos a Su Voluntad.
El aparente silencio de Dios es una invitación para seguir acercándonos a Él y a confiar más en Él. Quien ora tiene que saber que Dios es libérrimo, además de imprevisible, y que se da a quien quiere, como quiere, cuando quiere, donde quiere.
3. Nuestra participación en la oración:
La persona debe poner su deseo y su disposición, principalmente su actitud de silencio (apagar ruidos exteriores e interiores).
El silencio es el esfuerzo que Dios requiere para dársenos y transformarnos.
El que actúa en la oración es el Espíritu Santo, pero Él no puede actuar en nosotros si no estamos en silencio y en actitud de adoración, en actitud de reconocernos criaturas dependientes de Dios y, como consecuencia, nos abandonamos a su Voluntad.
Es cierto que el Espíritu Santo puede actuar en nosotros aunque no estemos en adoración. Es cuando el Espíritu Santo nos vence … Puede hacerlo como a San Pablo. El Espíritu Santo puede actuar con fuerza o con suavidad. Pero normalmente el Espíritu Santo sólo actúa en la medida en que estemos en oración, en disposición de adorar. Y en la medida que se lo pidamos. Y debemos pedirle que nos transforme, que nos cambie, que nos santifique, que nos de tal o cual gracia que necesitamos para ser más parecidos a Jesús y a su Madre.
La oración de adoración nos hace receptivos y dóciles a las inspiraciones del Espíritu Santo. La oración nos permite escuchar la suave brisa de la cual le habló Jesús a Nicodemo (cf. Jn. 3, 8), que sopla donde quiere, pero que casi no se escucha … menos aún si no nos silenciamos.
En el silencio recibimos las inspiraciones del Espíritu Santo.
En la adoración nos hacemos dóciles al Espíritu Santo.
4. ¿Cuál es la participación de Dios en la oración?
La participación de Dios escapa totalmente nuestro control, porque Él -soberanamente- escoge cómo ha de ser su acción en el alma del que ora.
En ese recogimiento cuando oramos, Dios puede revelarse o no, otorgar o no gracias místicas o contemplativas. Esta parte, el don de Dios, no depende del orante, sino de Él mismo, que se da a quién quiere, cómo quiere, cuándo quiere y dónde quiere.
Es muy importante tener en cuenta que la efectividad de la oración contemplativa no se mide por el número ni la intensidad de las gracias místicas. Se mide por la intensidad de nuestra transformación espiritual: crecimiento en virtudes, desapego de lo material, entrega a Dios, aumento en los frutos del Espíritu, etc.
5. ¿Por qué se habla de la oración como un combate?
Se dice que la vida espiritual es un combate, comenzando por San Pablo que lo describe en Ef 6, 10-18.
El campo de batalla es el interior de la persona. El arma del cristiano es la oración. Podemos perder ese combate o podemos ganarlo.
Podemos ganar algunas batallas y perder otras, igual que en las guerras.
Para ganar este combate, tenemos que luchar contra la acedia o pereza espiritual, que es básicamente la falta de interés en las cosas de Dios.
Luego tenemos que vencer las excusas: “no tengo ganas” o “no tengo tiempo”.
En resumen tenemos que vencer al Enemigo que no quiere que nadie ore, pues no quiere que nadie se entregue a Dios, ni que esté del lado de Dios.
La oración es un don de la gracia, pero presupone siempre una respuesta decidida por nuestra parte, pues el que ora combate contra sí mismo, contra el ambiente y, sobre todo, contra el Tentador, que hace todo lo posible para apartarlo de la oración. El combate de la oración es inseparable del progreso en la vida espiritual: se ora como se vive, porque se vive como se ora. (CIC-C #572)
Así es el combate espiritual. ¿Estás dispuesto, dispuesta a ganarlo? ¿O te vas a dar por vencido?
6. ¿Cuáles son las dificultades para la oración?
La dificultad habitual para la oración es la distracción, que separa de la atención a Dios, y puede incluso descubrir aquello a lo que realmente estamos apegados. Todo orante ha pasado por distracciones, sentimiento de vacío interior, sequedad e incluso cansancio en la oración. Pero el verdadero orante sabe que hay que tener constancia y fidelidad en la oración. Nuestro corazón debe entonces volverse a Dios con humildad.
A menudo la oración se ve dificultada por la sequedad o aridez, cuya superación permite adherirse en la fe al Señor incluso sin consuelo sensible.
La acedía es una forma de pereza espiritual, debida al relajamiento de la vigilancia y al descuido de la custodia del corazón.
La obediencia a la Voluntad de Dios es requisito para la eficacia de la oración. Esto es, debemos cumplir con sus Mandamientos. Debemos vencer nuestra rebeldía y aceptar sus preceptos con humildad. Recuerda: Dios rechaza las oraciones de los que no lo obedecen. (Proverbios 28:9)
7. ¿Qué hacer en la aridez?
Al principio es muy posible que Dios nos aliente a orar ofreciéndonos diferentes consolaciones para motivarnos.
Sin embargo, también probará nuestra paciencia, fe y amor con tiempos de sequedad o aridez. La aridez una sensación de sequedad, de falta de consuelo en la oración. Pero la aridez no es un mal. Puede, incluso, ser una gracia.
Si, examinada nuestra conciencia, no hay culpa en la aridez, puede ser que Dios desea que pasemos un tiempo de sequedad. Cuando venga la aridez –que vendrá- hay que tener cuidado, porque puede convertirse en una tentación.
Pudiera suceder que cuando ya hemos avanzado algo en la oración o cuando estamos agobiados de trabajo y se descuide la oración, se comience a creer que la oración no es para uno.
Ese sería un triunfo del Demonio, pues hace todo lo que puede para que nos quedemos exteriorizados.
Cuando estemos en aridez, más hay que adorar. Necesitamos orar más. Pueda que nos cueste más trabajo. La aridez es parte del camino de oración. Porque creer en el Amor de Dios no es sentir el Amor. Es, por el contrario, aceptar no sentir nada y creer que Dios me ama.
Así que no hay que juzgar la vida de oración según ésta sea árida o no. La sequedad es un dolor necesario. No podemos amar a Dios por lo que sentimos, sino por lo que Él es.
La aridez es necesaria para ir ascendiendo en el camino de la oración. Así que, viéndolo bien, la aridez es un don del Señor, tan grande o mayor que los consuelos en la oración.
Con la aridez el Señor nos saca del nivel de las emociones y nos lleva al nivel de la voluntad: "oro aunque no sienta, porque deseo amar al Señor".
La aridez, entonces, cuando no es culposa, porque nos hemos alejado del Señor por el pecado o porque no hemos orado con la asiduidad necesaria, es un signo de progreso en la oración.
La oración es siempre una experiencia transformante, haya gracias místicas o no, estemos en aridez o no.
8. ¿Qué relación hay entre la oración y la caridad?
No hay verdadera caridad fraterna si no hay oración. El que no ora puede hacer filantropía o altruismo, pero esas formas de solidaridad no son caridad o amor al prójimo.
La oración es tan importante que no podemos pretender amar, amar verdaderamente, amar como Dios nos ama, si no nos abrimos a la acción del Espíritu Santo a través de la oración y de los Sacramentos. Porque para amar verdaderamente hay que dejar que sea el Espíritu Santo -que habita en nuestro interior si estamos en estado de gracia- Quien ama en nosotros y a través de nosotros. De otra manera, lejos de proyectar el Amor de Dios en nosotros, podemos más bien proyectar nuestro propio yo.
Con respecto a la relación entre la oración y el amor, Santa Teresa de Jesús la deja bien clara en una breve consigna: “Orar es llenarse de Dios y darlo a los demás”. Y Santo Domingo de Guzmán lo acuña aún más concisamente: “Contemplad y dad lo contemplado”.
Ambos quieren decir que no hay amor verdadero sin oración. Y la oración verdadera nos impulsa a dar a Dios a los demás. En eso consiste el verdadero amor.
Ese fue el secreto de la Beata Teresa de Calcuta: “Cuanto más recibimos en el silencio de la oración, más damos en nuestra vida activa. Necesitamos del silencio para ‘tocar’ las almas. Lo importante no es lo que decimos a Dios, sino lo que Dios nos dice y lo que dice a través de nosotros. Todas nuestras palabras son vanas si no vienen del interior. "Las palabras que no dan la luz de Cristo, aumentan las tinieblas” (Santa Teresa de Calcuta).
9. ¿Cuál es el primer paso para orar?
NO IMPORTA TANTO CÓMO EMPIECES: LO IMPORTANTE ES EMPEZAR.
Todo el empeño de quien comienza a hacer oración -y esto es muy importante- ha de ser trabajar, determinarse y disponer con todo el celo y solicitud que pueda, a que su voluntad se conforme con la de Dios; y estad muy ciertos de que en esto consiste toda la mayor perfección que se pueda alcanzar en el camino espiritual.
Quien más perfectamente hiciera esto, más recibiría del Señor y más adelantado está en este camino; no penséis que hay aquí muchas complicaciones ni cosas extrañas ni difíciles… Pues si nos equivocamos ya en el comienzo queriendo enseguida que el Señor haga nuestra voluntad y que nos lleve por donde imaginamos, ¿qué firmeza tendrá este edificio?. (Santa Teresa de Jesús, Segundo libro de Las Moradas, 1, 8).
Muchas veces nos preguntamos cómo empezar a orar. Sí, queremos hablar con Dios, pero, ¿cómo damos los primeros pasos? ¿Cuál es el camino que debemos seguir?
Muchas veces queremos orar y le pedimos a Dios que se adapte a nuestra manera de pensar, cuando debe ser al revés: somos nosotros los que debemos adecuar nuestra voluntad a la de Dios.
Santa Teresa nos alienta a no pensar «que hay aquí muchas complicaciones ni cosas extrañas ni difíciles…», como si para orar mejor necesitásemos grandes momentos en la vida. No. El día ordinario que tenemos, pero vivido extraordinariamente, es la primera oportunidad para crecer en mi identificación con la voluntad de Dios. El trabajo, los estudios, el trato con mis familiares y amigos, las pequeñas inconveniencias del día, las alegrías, etc… pero viviéndolas con mucho entusiasmo y ofreciéndoselas a Dios.
Podemos ofrecerle a Dios, al inicio de cada actividad, eso que haremos. Se puede iniciar cada cosa haciendo con devoción la señal de la cruz y diciéndole a Dios que eso que vamos a hacer es por Él, para darle gloria. Y así, aunque no lo tenga realmente presente en todo momento, le he ofrecido mi voluntad y cada segundo a Él.
Será de esta manera que, cuanto más me esfuerzo, como la oración me vendrá de manera más natural a medida que vamos creando hábito. Éste es, pues, el primer paso importante para orar. Tengo que buscar pensar como Dios, querer como Dios, mirar como Dios. Y esto se logra con elementos tan sencillos como profundizar en el Evangelio para aprender cómo ve Dios las cosas, cómo las interpreta.
Busquemos aprender acerca de las cosas de Dios. Y, como bien dice Santa Teresa, cada vez que busco adaptarme a la voluntad de Dios, mayor será mi facilidad para comunicarme con Él.
Pero esto, además de un esfuerzo personal, es una gracia que debemos pedir. Por ello, y por más paradójico que pueda parecer, hay que orar a Dios para que podamos crecer en nuestra oración. Es un “círculo virtuoso”, pido a Dios que mejore mi oración y, al mismo tiempo, estoy orando. ¡Qué maravilla!
El abad del desierto San Antonio solía decir que «en vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana quien la contradice con sus obras». Pues bien, de igual manera podemos decir que en vano se esfuerza en orar quien antes no busca compaginar su voluntad con la de Dios. Si queremos orar primero tenemos que vivir mejor la vida ordinaria.
10. Los padres de familia y la oración
Los padres de familia tienen una importante responsabilidad ante Dios, de acompañar y apoyar a su pareja en la vida de oración y de guiar a los hijos que les ha encomendado.
Los NIÑOS necesitan APRENDER a hablar con DIOS durante todo el día y en cualquier momento. Las palabras enseñan, pero el ejemplo ARRASTRA. Pulsa clic en la imagen siguiente.
11. Consejos de la Santísima Virgen María
Acerca de la oración, nuestra Santísima Madre, La Virgen María da este ejemplo:
Todos ustedes tienen en sus casas un ramo de flores, y cada día lo riegan con dos o tres gotas de agua. Y después ven como las flores crecen y llegan a ser una bella rosa. Lo mismo pasa con nuestro corazón cuando cada día lo regamos con nuestra oración. Nuestro corazón crece como esta flor, y cuando no regamos las flores por dos o tres días, vemos como se mueren.
La Santísima Virgen dice que cuando viene el momento de la oración, nosotros decimos "hoy estoy cansado, oraré mañana.." Pero al día siguiente decimos "oraré después.. mejor mañana.." así, cada día nos alejamos de la oración y nuestro corazón se desvía a otra parte. También nos dice, que así como una flor no puede vivir sin agua, tampoco nosotros podemos vivir sin la gracia de Dios.
También dice que la oración no se puede estudiar.. no se puede leer. La oración con el corazón sólo se puede vivir día a día, haciendo lo que la Virgen recomienda: ayunando.
Dice que cuando una persona está enferma y no puede ayunar a pan y agua, puede hacer un pequeño sacrificio de lo que más le gusta. Pero aquel que está bien y que dice que no puede ayunar, porque le da dolor de cabeza, la Virgen le dice: que si uno ayuna por amor a Dios y a ella, no se tienen problemas. Sólo hace falta nuestra fuerza de voluntad.
Nos recomienda entre nuestras intenciones, orar por las almas del Purgatorio. En este video oímos los testimonios del vidente Jakov:
Es el Señor mismo el que pone en tus manos las almas por las que quiere que reces. Cuídalas.
Prerrequisito para la oración
Mons. Isidro Puente
Audio 2: La Oración - por el Santo Cura de Ars.
Audio 3: La Perseverancia (La perseverancia para no recaer en el pecado, cómo se debe hacer la Oración, Ser un cristiano sacramental.)
Audio 4: El Lenguaje de los Ángeles - por Marino Restrepo, con interesantes consejos para santificarse.
11. ¿Cuáles son las formas de Oración?
La tradición católica ha conservado tres modos principales de expresar y vivir la oración: la oración vocal, la meditación y la oración contemplativa. Su rasgo común es el recogimiento del corazón.
A pesar de que cada forma de orar tiene características especiales que hacen que se diferencien entre si, las tres tienen el mismo fin (la unión con Dios), y las tres requieren el recogimiento de la mente y del corazón. Es decir, las tres presuponen el deseo de tomar contacto con Dios a través de la oración.
La Oración Vocal (pulse clic para ampliar)
La Meditación (pulse clic para ampliar)
La Oración contemplativa (pulse clic para ampliar)
Hasta aquí tienes ya conocimiento de lo que es la oración y su objetivo. Más abajo tienes sermones y prédicas acerca de la Oración que te servirán para tu entendimiento práctico. A continuación puedes empezar este hermoso camino con la Oración Vocal.