Se entiende por “Cielo”, el estado de felicidad suprema y definitiva.
Todos aquellos que mueren en gracia de Dios y no tienen necesidad de posterior purificación, son reunidos en torno a Jesús, a María, a los ángeles y a los santos, formando así la iglesia del cielo, donde ven a Dios “cara a cara” (1 Cor. 13,12), viven en comunión de amor con la Santísima Trinidad e interceden por nosotros.(Compendio CIC 209)
Los que mueren en gracia y amistad con Dios, y están perfectamente purificados de todo pecado y por amor a Dios han llevado una vida de expiación, cumplimiento de los mandamientos, sacrificios y buenas obras, van al Cielo.
Así como durante toda su vida vivieron unidos a Dios en la tierra por el amor y la fidelidad a Él, ahora podrán gozar también junto con Él por toda una eternidad. junto con la Santisima Virgen Maria, sus ángeles y santos.
"El Cielo es el momento sin fin del amor Nada nos separará ya de Dios, a quien ama nuestra alma y ha buscado durante toda una vida. Junto con todos los ángeles y santos podemos alegrarnos por siempre en y con Dios"
Jesucristo es el Rey del universo. Y Su Reino que no tendrá fin. Su realeza permaneció escondida durante sus treinta años de vida en Nazaret. El reino de Cristo permanecerá por toda la eternidad, Su reino es un Reino eterno y su dominación perdura de generación en generación (Dan 3, 100).
El reino de Cristo no es un modo de decir, ni una imagen retórica. Cristo vive, también como hombre, con aquel mismo cuerpo que asumió en la Encarnación, que resucitó después de la Cruz y subsiste glorificado en la Persona del Verbo juntamente con su alma humana. Cristo, Dios y Hombre verdadero, vive y reina y es el Señor del mundo. Sólo por Él se mantiene en vida todo lo que vive.
¿Por qué, entonces, no se aparece ahora en toda su gloria? Porque su reino no es de este mundo (Jn 18, 36), aunque está en el mundo. Había replicado Jesús a Pilatos: Yo soy rey. Yo para esto nací: para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz (Jn 18,37). Los que esperaban del Mesías un poderío temporal visible, se equivocaban: que no consiste el reino de Dios en el comer ni en el beber, sino en la justicia, en la paz y en el gozo del Espíritu Santo (Rm 14, 17).
La perfección del reino —el juicio definitivo de salvación o de condenación— no se dará en la tierra. Ahora el reino es como una siembra, como el crecimiento del grano de mostaza; su fin será como la pesca con la red, de la que —traída a la arena— serán extraídos, para suertes distintas, los que obraron la justicia y los que ejecutaron la iniquidad. Pero, mientras vivimos aquí, el reino se asemeja a la levadura que cogió una mujer y la mezcló con tres celemines de harina, hasta que toda la masa quedó fermentada.
No hay situación terrena, por pequeña y corriente que parezca, que no pueda ser ocasión de un encuentro con Cristo y etapa de nuestro caminar hacia el Reino de los cielos. En medio de las ocupaciones de la jornada, en el momento de vencer la tendencia al egoísmo, al sentir la alegría de la amistad con los otros hombres, en todos esos instantes el cristiano debe reencontrar a Dios. Por Cristo y en el Espíritu Santo, el cristiano tiene acceso a la intimidad de Dios Padre, y recorre su camino buscando ese reino, que no es de este mundo, pero que en este mundo se incoa y prepara.
Considera lo más hermoso y grande de la tierra..., lo que place al entendimiento y a las otras potencias..., y lo que es recreo de la carne y de los sentidos... Y el mundo, y los otros mundos, que brillan en la noche: el Universo entero. —Y eso, junto con todas las locuras del corazón satisfechas..., nada vale, es nada y menos que nada, al lado de ¡este Dios mío! —¡tuyo!— tesoro infinito, margarita preciosísima, humillado, hecho esclavo, anonadado con forma de siervo en el portal donde quiso nacer, en el taller de José, en la Pasión y en la muerte ignominiosa... y en la locura de Amor de la Sagrada Eucaristía. El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro... ¡Todo..., todo se ha de vender por el hombre discreto, para conseguir el tesoro, la margarita preciosa de la Gloria! En Cristo tenemos todos los ideales: porque es Rey, es Amor, es Dios.
Algunos se comportan, a lo largo de su vida, como si el Señor hubiera hablado de entregamiento y de conducta recta sólo a los que no les costase —¡no existen!—, o a quienes no necesitaran luchar. Se olvidan de que, para todos, Jesús ha dicho: el Reino de los Cielos se arrebata con violencia, con la pelea santa de cada instante.
El reino de los cielos se parece a un padre de familia, que al romper el día salió a alquilar jornaleros para su viña. Ya conocéis el relato: aquel hombre vuelve en diferentes ocasiones a la plaza para contratar trabajadores: unos fueron llamados al comenzar la aurora; otros, muy cercana la noche.
Todos reciben un denario: el salario que te había prometido, es decir, mi imagen y semejanza. En el denario está incisa la imagen del Rey.
Esta es la misericordia de Dios, que llama a cada uno de acuerdo con sus circunstancias personales, porque quiere que todos los hombres se salven.
Pero nosotros hemos nacido cristianos, hemos sido educados en la fe, hemos recibido, muy clara, la elección del Señor. Esta es la realidad. Entonces, cuando os sentís invitados a corresponder, aunque sea a última hora, ¿podréis continuar en la plaza pública, tomando el sol como muchos de aquellos obreros, porque les sobraba el tiempo?
No nos debe sobrar el tiempo, ni un segundo: y no exagero. Trabajo hay; el mundo es grande y son millones las almas que no han oído aún con claridad la doctrina de Cristo. Me dirijo a cada uno de vosotros. Si te sobra tiempo, recapacita un poco: es muy posible que vivas metido en la tibieza; o que, sobrenaturalmente hablando, seas un tullido. No te mueves, estás parado, estéril, sin desarrollar todo el bien que deberías comunicar a los que se encuentran a tu lado, en tu ambiente, en tu trabajo, en tu familia.
Esta es la llave para abrir la puerta y entrar en el Reino de los Cielos: "el que hace la voluntad de mi Padre..., ¡ése entrará!"
Mirad: para nuestra Madre Santa María jamás dejamos de ser pequeños, porque Ella nos abre el camino hacia el Reino de los Cielos, que será dado a los que se hacen niños. De Nuestra Señora no debemos apartarnos nunca. ¿Cómo la honraremos? Tratándola, hablándole, manifestándole nuestro cariño, ponderando en nuestro corazón las escenas de su vida en la tierra, contándole nuestras luchas, nuestros éxitos y nuestro fracasos.
San Josemaría Escrivá de Balaguer.
La idea del Reino de Dios se fue elaborando en el pueblo de Israel. Para ellos el Reino de Dios era una situación ideal donde había seguridad, prosperidad y fecundidad y ello se dio en la época del rey David.
Cristo comparte la idea de los judíos, pero la renueva totalmente. Y por ello hay una gran diferencia entre las dos concepciones del Reino de Dios.
Para los FARISEOS el Reino de Dios se instauraría cuando se cumpliese estrictamente la ley de Moisés. Entonces, Dios se vería obligado a cumplir su parte de la Alianza destruyendo la invasión romana.
Dos siglos antes de Cristo, la familia de los MACABEOS se rebelaron contra el imperio helenístico que se había extendido hasta Palestina. Los Zelotas, un grupo similar a los Macabeos, quisieron hacer lo mismo hostigando a los romanos hasta que desapareciesen entonces se instauraría el Reino de Dios.
Las diferencias que aportó CRISTO sobre el Reino:
(i) Cristo no lo reduce a un pueblo, sino que donde ve una persona sufriendo o en necesidad la atiende ya sea romana, sirio-fenicia, samaritana, etc.
(ii) Cristo va más allá de un lugar porque El mismo dice “el Reino de Dios no está ni aquí ni allá”.
(iii) A diferencia de David que pone el acento en los hechos, Cristo destaca los signos. Los milagros, las predicaciones son signos que no solucionan los problemas pero dan señales.
(iv) El Reino de Dios en los milagros y en la predicación no es tanto una realidad que se impone, sino una realidad que destella e invita.
(v) El Reino de Dios es un proceso misterioso. La gran diferencia está en que para Cristo el reino de Dios es irreduciblemente de Dios.
(vi) ¿No hay nada que yo pueda hacer para acelerar el Reino de Dios? Sí, permítele a Dios que reine en ti. La idea del Reino de Dios está ligada a la conversión del corazón. El acelerador del Reino es la conversión.
(vii) ¿Dónde empieza el Reino de Dios? Empieza en el corazón de Jesús y en cada persona que entra en comunión con Él.
(viii) ¿Cuándo empieza a reinar Dios? Cuando la palabra de Cristo habita en nuestros corazones entonces Dios empieza a reinar.
(xi) ¿Es el Reino de Dios algo solo interior? El Reino de Dios sucede adentro pero brilla afuera. Es una realidad interior pero no es una realidad invisible porque brilla y destella en aquellos que aceptan a Cristo.
(x) ¿Dónde se ve que Dios está reinando en una persona? En las decisiones que toma. Las decisiones engloban todos los hechos, frutos, obras que uno hace.
(xi) El Reino de Dios no puede equivaler a obras, escritos, proyectos, leyes, edificios, obras de arte, … de una manera general “instituciones” porque todo aquello que es exterior a la voluntad humana está sujeto al cambio de la intención en el corazón humano. A lo más que llegan a hacer es brillar y destellar.
(xii) ¿Hay algo exterior que no sea solamente destello sino presencia del Reino de Dios? Los sacramentos y entre ellos la Eucaristía, porque allí permanece Dios reinando.
¿Qué es el Reino de los Cielos? Homilía del Santo Padre Francisco
Jesús se dirigía a los que lo escuchaban con palabras simples, que todos podían entender. También Él nos habla a través de parábolas, que hacen referencia a la vida cotidiana de la gente de aquel tiempo. Lo similar del tesoro escondido en el campo y de la perla de gran valor es que tienen como protagonistas a un pobre campesino y a un rico comerciante. El comerciante está desde siempre en busca de un objeto de valor, que sacie su sed de belleza y da la vuelta al mundo, sin rendirse, en la esperanza de encontrar aquello que está buscando. El otro, el campesino, no se ha alejado nunca de su campo y hace el trabajo de siempre, con los acostumbrados gestos cotidianos. Sin embargo para ambos el resultado final es el mismo: el descubrimiento de algo precioso, para uno un tesoro, para el otro una perla de gran valor. Ambos están acomunados también por un mismo sentimiento: la sorpresa y la alegría de haber encontrado la satisfacción de todo deseo. Finalmente, ambos no dudan en vender todo para adquirir el tesoro que han encontrado. Mediante estas dos parábolas Jesús enseña qué es el Reino de los Cielos, cómo se encuentra, qué se debe hacer para poseerlo.
Jesús no se preocupa en explicarlo. Lo enuncia desde el inicio de su Evangelio: «El reino de los cielos está cerca»; también hoy está cerca en medio de nosotros ¡eh!, sin embargo jamás lo hace ver directamente, sino siempre por reflejo, narrando el actuar de un propietario, de un rey, de diez vírgenes… Prefiere dejarlo intuir, con parábolas y semejanzas, manifestando sobre todo los efectos: el reino de los cielos es capaz de cambiar el mundo, como la levadura oculta en la masa; es pequeño y humilde como un grano de mostaza, que sin embargo se volverá grande como un árbol. Las dos parábolas sobre las cuales queremos reflexionar nos hacen entender que el Reino de Dios se hace presente en la persona misma de Jesús. Es Él el tesoro escondido y la perla de gran valor. Se entiende la alegría del campesino y del comerciante: ¡lo han encontrado! Es la alegría de cada uno de nosotros cuando descubrimos la cercanía y la presencia de Jesús en nuestra vida. Una presencia que transforma la existencia y nos abre a las exigencias de los hermanos; una presencia que invita a acoger toda otra presencia, también aquella del extranjero y del inmigrante. Es una presencia acogedora, alegre, fecunda, así es el reino de Dios dentro de nosotros.
Podrían preguntar: ¿Padre cómo se encuentra el reino de Dios? Cada uno de nosotros tiene un recorrido particular, cada uno de nosotros tiene su camino en la vida. Para alguno el encuentro con Jesús es esperado, deseado, buscado por largo tiempo, como nos es descrito en la parábola del comerciante, que da la vuelta al mundo para encontrar algo de valor. Para otros ocurre de manera improvisada, casi de casualidad, como en la parábola del campesino. Esto nos recuerda que Dios se deja encontrar de todas maneras, porque es Él quien en primer lugar desea encontrarnos y en primer lugar busca encontrarnos: ha venido para ser el “Dios con nosotros”. Y Jesús está en medio de nosotros, hoy está aquí, Él lo ha dicho, Yo estoy en medio de ustedes, el Señor está en medio de nosotros. Es Él quien nos busca y se hace encontrar también por quien no lo busca. A veces Él se deja encontrar en lugares insólitos y en tiempos inesperados. Cuando encontramos a Jesús nos quedamos fascinados, conquistados, y es una alegría dejar nuestra acostumbrada manera de vivir, a veces árida y apática, para abrazar el Evangelio, para dejarnos guiar por la lógica nueva del amor y del servicio humilde y desinteresado. La palabra de Jesús está en el Evangelio. No quiero preguntarles aquí, no quiero que respondan, ¿hoy cuántos de ustedes leen un párrafo del Evangelio? ¡Cuántos se apresuran por hacer su trabajo para no perderse la telenovela! Tener el Evangelio en la mano, tener el Evangelio en la cómoda, en la cartera, tener el Evangelio en el bolsillo y luego abrirlo un instante y ver las palabra de Jesús y el reino de Dios viene. El contacto con la palabra de Jesús es aquel que nos acerca al reino de Dios. ¡Piensen bien, un evangelio pequeño a la mano, siempre: se abre casualmente y se lee qué cosa dice Jesús. Y Jesús está ahí ¡eh!
Sobre esto Jesús es muy claro: no basta el entusiasmo, la alegría del descubrimiento. Es necesario anteponer la perla preciosa del reino a cualquier otro bien terrenal; es necesario poner a Dios en el primer lugar en nuestra vida, preferirlo ante todo. Dar el primado a Dios significa tener el coraje de decir no al mal, no a la violencia, no a los abusos, para vivir una vida de servicio a los demás y en favor de la legalidad y del bien común. Cuando una persona descubre en Dios, el verdadero tesoro, abandona un estilo de vida egoísta y busca compartir con los demás la caridad que viene de Dios.
Quien se vuelve amigo de Dios, ama a los hermanos, se compromete en salvaguardar sus vidas y su salud respetando también el ambiente y la naturaleza. Puedo decirles: donde está Jesús, está la esperanza, donde está Jesús los hermanos se aman, se comprometen a salvaguardar sus vidas, su salud, también respetando el ambiente y la naturaleza, y ésta es la esperanza que no desilusiona jamás, aquella que da Jesús.