La fidelidad es la virtud que inclina a la voluntad a cumplir exactamente lo que prometió, conformando de este modo las palabras a los hechos. Su acto más propio consiste en el cumplimiento de lo que se ha prometido. Es uno de los frutos del Espíritu [CIC 1832]. Es la lealtad, la cumplida adhesión, la observancia exacta de la fe que uno le debe al otro. Nos lleva a mantener a través del tiempo el compromiso tomado en un momento determinado de la vida. La fidelidad, hija de la fortaleza, es la constancia en un comportamiento determinado. Se refiere a lo que creemos, a nuestros principios y a nuestro prójimo. Es la coherencia en el vivir acorde con los principios aún en las pequeñas decisiones diarias.
La fidelidad es una de estas virtudes que se refieren al bien del prójimo y que exceden el bien individual, porque no busca lo que aprovecha a uno mismo, sino lo que es de interés y utilidad de los demás, y así queda clara su integración en el grupo de las virtudes anexas a la justicia y por tanto radicadas en la voluntad.
Abarca lo que se cree, lo que se piensa y se valora, aceptando incomprensiones, desafíos, burlas, silencios y aún calumnias antes que permitir renunciar o poner en conflicto lo que se piensa, lo que se cree y lo que se vive en el ámbito de las creencias religiosas, del amor a la Patria, a nuestra vocación religiosa, a la familia, a nuestro cónyuge, a nuestros amigos y afectos más cercanos, a nuestras ideas, principios, convicciones o a nuestra palabra empeñada.
El ser humano elige y decide libremente ser fiel, casi cotidianamente, en elecciones diarias. Es una decisión interna, y lo sostiene o no a través del tiempo según su propia voluntad. Todo esto tiene aplicación (y en grado máximo) al tratarse de la fidelidad a la gracia, que es la “lealtad o docilidad en seguir las inspiraciones del Espíritu Santo en cualquier forma en que se nos manifiesten”.