La existencia de Dios
- El hombre puede conocerla
- Se puede demostrar por la razón natural
- Dios manifiesta su grandeza en las perfecciones de sus criaturas
El hombre puede conocer la existencia de Dios en su estado actual de naturaleza caída.
a) A través de la naturaleza.
Si, vanos por naturaleza todos los hombres que ignoraron a Dios y no fueron capaces de conocer por los bienes visibles a Aquel que es, ni atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice;... (Sab. 13, 1).
...de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor (Sab. 13, 5).
...si llegaron a adquirir tanta ciencia que les capacitó para indagar el universo, ¿cómo no llegaron primero a descubrir a su Señor? (Sab. 13, 89).
Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad, de forma que son inexcusables;... (Rom. 1, 20).
b) A través de la conciencia.
En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón atestiguándolo su conciencia,... (Rom. 2, 14-15).
c) A través de la historia.
...os predicamos que abandonéis estas cosas vanas y os volváis al Dios vivo que hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos hay, y que en las generaciones pasadas permitió que todas las naciones siguieran sus propios caminos; si bien no dejó de dar testimonio de sí mismo, derramando bienes, enviándoos desde el cielo lluvias y estaciones fructíferas, llenando vuestros corazones de sustento y alegría (Hch. 14, 15-17).
Él creó, de un sólo principio, todo el linaje humano, para que habitase sobre toda la faz de la tierra y determinó con exactitud el tiempo y los límites del lugar donde habían de habitar, con el fin de que buscasen a Dios, para ver si a tientas le buscaban y le hallaban; por más que no se encuentra lejos de cada uno de nosotros (Hch. 17, 26-27).
La existencia de Dios se puede demostrar por la razón natural solamente, sin la ayuda de la Revelación.
Pero interroga a las bestias para que te instruyan, a las aves del cielo para que informen. Te instruirán los reptiles de la tierra, te enseñarán los peces del mar. Pues entre todos ellos ¿quién ignora que la mano de Dios ha hecho esto? (Job 12, 7-9).
Sí, vanos por naturaleza todos los hombres que ignoraron a Dios y no fueron capaces de conocer por los bienes visibles a Aquel-que es, ni atendiendo a las obras, reconocieron al Artífice; sino que al fuego, al viento, al aire sutil, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a las lumbreras del cielo los consideraron como dioses, señores del mundo (Sab. 13, 1).
...pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor (Sab. 13, 5).
Dios se manifiesta en la grandeza y en las perfecciones de las cosas creadas.
¿Dónde estabas tú cuando fundaba Yo la tierra? Indícalo, si sabes la verdad.
¿Quién fijó sus medidas? ¿Lo sabrías?
¿Quién tiró el cordel sobre ella?
¿Sobre qué se afirmaron sus bases?
¿Quién asentó su piedra angular, entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?
¿Quién encerró el mar con doble puerta, cuando el seno materno salía borbotando, cuando le puso una nube por vestido y del nubarrón hice sus pañales;
cuando le tracé sus linderos y coloqué puertas y cerrojos? (Job, 38, 5-10).
La existencia de Dios:
-No se puede conocer inmediatamente
-Se puede conocer por la luz natural de la razón
-Se puede demostrar científicamente
-Y por el testimonio de nosotros mismos
La Existencia de Dios no se puede conocer inmediatamente ni por intuición
Y añadió: «Pero Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir viviendo» (Ex. 33, 20).
A Dios nadie le ha visto jamás (Jn. 1, 18).
Ahora vemos en un espejo, confusamente. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo imperfecto, pero entonces conoceré como soy conocido (1 Cor. 13, 12).
...el Señor de los señores, el único que posee Inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien no ha visto ningún ser humano ni le puede ver (1 Tim. 6, 16).
La existencia de Dios puede conocerse ciertamente por la luz natural de la razón.
Sí, vanos por naturaleza todos los hombres que ignoran a Dios y no fueron capaces de conocer por los bienes visibles a Aquel-que es, ni atendiendo a las obras, reconocieron al artífice; sino que al fuego, al viento, al aire sutil, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a las lumbreras del cielo los consideraron como dioses, señores del mundo (Sab. 13, 1-2).
Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras (Rom. 1, 20).
La existencia de Dios puede demostrarse científicamente e intelectualmente.
Sí, vanos por naturaleza todos los hombres que ignoran a Dios y no fueron capaces de conocer por los bienes visibles a Aquel-que es, ni atendiendo a las obras, reconocieron al artífice; sino que al fuego, al viento, al aire sutil, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a las lumbreras del cielo los consideraron como dioses, señores del mundo (Sab. 13, 1-2).
Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras (Rom. 1, 20).
La existencia de Dios se puede conocer por el testimonio de nosotros mismos.
Dirán todos mis huesos:
Yahvéh, ¿quién como tú,
para librar al débil del más fuerte,
al pobre de su expoliador? (Sal. 35, 10).
Mi alma conocías cabalmente,
y mis huesos no se te ocultaban,
cuando era yo hecho en los secreto,
tejido en las honduras de la tierra (Sal. 139, 14-15).
Dios le habla a uno a través de los acontecimientos y siempre le está llamando a uno.
TRATADO
DE LA CONSUMADA PERFECCIÓN,
ó BREVE DIÁLOGO
DE SANTA CATALINA DE SENA:
En el que se contiene el modo de adquirir una consumada perfección, traducido en Italiano del ejemplar latino que está en las bibliotecas Vaticana y Barberina, impreso en León año de 1552 con este título:
DIALOGO BREVE DE SANTA CATALINA DE SENA, QUE CONTIENE UNA PERFECCIÓN CONSUMADA.
No hallándose este tratado unido a los otros en el antiguo manuscrito, y habiendo sido traducido nuevamente en Italiano, no será su estilo uniforme con el que tenía la Santa.
En cierta ocasión en que un alma iluminada por el autor de la luz consideraba su propia fragilidad y miseria: esto es, la ignorancia y la natural inclinación al mal, y juntamente contemplaba la grandeza de Dios: esto es, su sabiduría, poder, bondad y otros divinos atributos suyos, conoció cuan digna y necesaria cosa era, que el mismo Dios fuese perfecta y santamente honrado.
Cosa digna a la verdad; porque siendo Dios el Padre y Señor de todas las cosas, y habiéndolas hecho para que alaben Su sacrosanto nombre, y se refieran todas a Su gloria; es justo y conveniente que respetando el esclavo a su Señor, le sirva, y con todo obsequio le obedezca.
Igualmente es cosa necesaria, habiendo creado Dios el animal racional, compuesto de alma y cuerpo, con condición de que si hasta la muerte voluntariamente le hubiere servido con fidelidad, goce de la vida eterna; y de lo contrario no pueda conseguir aquella felicidad llena de los más abundantes bienes; más siendo muy pocos los que esto cumplen, por eso son pocos los que se salvan, porque casi todos buscan sus intereses, y no los de Dios.
Vio además de esto ser cortos los días de la vida del hombre, incierta la hora y punto en que ha de acabarse este momentáneo tiempo de merecer: que después en el infierno no hay remedio, sino que cada uno en la vida futura por sentencia inmutable e inevitable, sea de premio, sea de castigo, ha de recibir la justa paga según lo hubiere merecido por su buena ó mala vida.
Vio también a muchos decir varias cosas, y alabar y hablar de muchas maneras de las virtudes, con las cuales es honrado Dios con fiel obsequio y respeto: y conoció juntamente la poca capacidad de la criatura racional; su entendimiento obscurecido, y débil memoria: así que no puede entender muchas cosas, ni conservar fielmente muchas de las que ha entendido; y así aunque muchos procuren aprender, son sin embargo poquísimos los que llegan a entera perfección, sirviendo a Dios como merece y es preciso; sino que casi todos se afanan y traen el ánimo inquieto y agitado, y por tanto viven en grandísimo peligro de su salvación.
Considerando pues aquella alma todas estas cosas, elevándose en espíritu en la presencia de Dios con ardiente deseo, y afecto vehemente, suplicó con grande encarecimiento a Su divina Majestad, que sucintamente y en pocas palabras, se dignase darle algunos consejos con que se pudiese ordenar y perfeccionar santamente la vida, y que abrazasen por la eficacia de las sentencias todas las verdades de los sermones, y juntamente las de las escrituras, en cuya observancia de los preceptos fuese honrado el Señor como se debe, y nosotros llegásemos finalmente de esta vida breve, mortal, y miserable a la felicidad, para que fuimos creados.
Por tanto, pues Dios, que es quien inspira los santos deseos, y abrazados, no permite que sean inútiles, se presentó inmediatamente a esta alma, que estaba fuera de los sentidos en singular abstracción de la mente, diciéndole:
¡Oh Hija mía! sobremanera me agradan estos tus deseos, y en tanto, que más deseo yo satisfacerlos, que ellos pueden desear ser cumplidos: Porque Yo deseo en gran manera daros aquellas gracias (queriéndolas vosotros) que son oportunas, útiles y necesarias a vuestra salvación; y por eso estoy pronto a satisfacer tu deseo, y cumplir lo que me pides.
Por tanto atiende y escucha cuidadosamente las cosas que yo mismo, infalible e inefable Verdad, voy a decirte, pues condescendiendo con tus ruegos, expondré brevemente, qué es lo que contiene la suma perfección y todas las virtudes, y comprehendan también los libros de las escrituras, y los muchos y varios sermones, de modo que si tú te consideras en ellos atentamente, y te dispusieres a observarlo, cumplirás todo lo que está o claro, u oculto y escondido en la divina palabra, y gozarás de una alegría sempiterna, y perpetua paz.
Sabe pues que la salvación de mis siervos, y su perfección consiste solamente en que ejecuten Mi voluntad, y que se esfuercen a cumplirla siempre; que procuren obedecerme a Mí solamente, respetarme a Mí solo, y mirarme en todos los momentos de su vida; y tanto más se acercan a la perfección, cuanto con mayor diligencia atienden, y se emplean en esto, porque tanto más estrechamente se adhieren, unen y juntan conmigo, que soy la suma perfección.
Más para que tú entiendas más claramente esta verdad, aunque inefable, dicha en pocas palabras, mira a la cara de Mi Hijo Jesucristo, en quien puse todas mis complacencias: porque él se anonadó, tomando forma de esclavo, y hecho a semejanza de la carne del pecado, para que a vosotros, cubiertos de ciega oscuridad, y extraviados de la senda de la verdad, alumbrándoos con el resplandor de su luz, os hiciese volver al camino derecho con la palabra y ejemplo: fue obediente hasta la muerte, enseñándoos así con su constante obediencia que vuestra salud depende de un firme propósito de ejecutar solamente Mi voluntad; sin embargo de que si alguno quisiere considerar diligentemente ya la vida, ya la doctrina, conocerá sin duda que la integridad y perfección de los mortales no consiste en otra cosa que en la continua, perpetua y fiel observancia de Mi voluntad: lo cual aseguró y confirmó con tantos testimonios vuestro mismo capitán, y repitió diciendo: no todo el que dice, Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hiciere la voluntad de mi Padre; y advierte que no en vano repitió dos veces, Señor, Señor, porque reduciéndose todos los estados de esta vida a dos géneros, que abrazan los demás: esto es, Religioso y Secular, quiere dar a entender, que ninguno, de cualquier estado ó condición que sea, conseguirá la gloria de la vida eterna, aunque muestre exteriormente tributarme todo honor, si no hiciere Mi voluntad. Por la misma razón dice en otra parte: no he venido a hacer mi voluntad, sino la de mi Padre, que me envió; y en otra: mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me ha enviado; y más abajo: no se haga mi voluntad, sino la tuya; y según lo que me mando mi Padre, así lo hago.
Si tú quieres pues imitando el ejemplo de tu Salvador, hacer Mi voluntad, en lo cual consiste tu bienaventuranza, es necesario que en todas las cosas desprecies enteramente hacer tu voluntad, y que la niegues y contradigas; pues cuanto más muerta estuvieres para ti, y con cuanta mayor diligencia arrojares de ti lo que es tu) o, con tanta mayor abundancia te daré Yo mi gracia.
Después que aquella alma oyó estos muy saludables documentos, que le dio la suma Verdad, llena de alegría dijo: agrédanme en gran manera, y más de lo que yo puedo explicar las cosas que te has dignado manifestar a tu humilde sierva, y doy a tu divina Majestad las más rendidas gracias, porque en cuanto mi corta inteligencia puede alcanzar, esto es lo mismo que lo que me has manifestado clara y excelentemente con el ejemplo del Salvador; sin embargo de que siendo Tú el sumo y absoluto bien, que no quieres la maldad, sino solamente la justicia y la honestidad, yo hago lo que debe hacerse, si cumplo Tu voluntad; y entonces la cumplo, si por tu amor niego la mía, la cual tú no quieres de ninguna manera forzar, pues por esto me la diste libre, para que sujetándola yo a Ti, y deseando siempre hacer la tuya, te sea más agradable la mía, y mis méritos para contigo sean mayores.
Quiero pues, y deseo vivísimamente cumplir lo que mandas; pero no sé bien en qué cosas se contenga Tu voluntad, y con qué fiel rendimiento y obsequio pueda yo sujetarme a Ti. Si yo no soy arrogante, y no abusa mi temeridad de tu benignidad, te ruego humildemente que me enseñes también esto, si te parece justa mi súplica.
Más el Señor añadió:
Si sucintamente y en pocas palabras deseas saber Mi voluntad, para poderla cumplir enteramente, esta es, que siempre y encarecidamente me ames, como os lo puse por precepto: a saber, que me améis con todo el corazón, con toda el alma, y con todas vuestras fuerzas, y en la observancia de este precepto se contiene tu perfección, puesto que el fin del precepto es la caridad, y en el amor consiste el cumplimiento de la Ley.
El alma replicó: conozco tu voluntad, y que mi perfección consiste en el encendidísimo amor de Ti; y yo querría, como es debido, amarte con sumo y vehementísimo amor; pero no sé con bastante claridad de qué manera pueda yo, ó deba hacer esto, por lo cual pido, y encarecidamente te ruego que aun tocante a esto quieras instruirme brevemente.
Dios entonces prosiguió diciendo:
Oye pues, y está atenta a todo lo que voy a decirte. Si quieres amarme perfectamente, es necesario que hagas estas tres cosas. Primeramente que apartes, separes, y limpies tu voluntad de todo amor, y afecto terreno y carnal, de manera que no ames en esta vida ninguna cosa transitoria, caduca y temporal, sino por Mí, y (lo que es más y más perfecto) que no Me ames por ti, o a ti por ti, ó al prójimo por ti, sino a Mí por Mí, a ti por Mí, y al prójimo por Mí; porque el amor divino no puede sufrir la compañía del afecto terreno, de cualquier otro amor; y así cuanto más manchada estuvieres del contagio de las cosas terrenas, tanto más faltarás a Mi amor, y perderás de tu perfección; pues para que la mente esté limpia y santa, es necesario que tenga hastío de todas las cosas sensibles.
Haz pues de modo que ninguna cosa de las que os concedió Mi bondad para vuestro uso, te impida amarme, sino que todas te ayuden, inciten e inflamen, porque guando las crié, y os las concedí, fue para que conociendo más claramente por ellas la grandeza de Mi bondad, me amaseis más encarecidamente.
Persevera teniendo enfrenados tus sentidos y apetitos con la continencia, y mirándote con vigilante cuidado, resiste fuertemente a los deseos terrenos, que por todas partes te sugiere la infeliz condición de esta vida mortal, y la naturaleza corrompida, para que puedas decir con mi Profeta: el que formó mis pies, (esto es, los afectos, que son los pies del alma) como los de los ciervos para huir de los perros, (esto es, los lazos de la concupiscencia de las cosas terrenas) colocándome sobre las cosas elevadas, que son la contemplación.
Luego que hubieres cumplido este primer documento podrás llegar al segundo, el cual es aun de mayor perfección; y es, que endereces todos tus pensamientos, acciones y obras solamente a Mi honra y gloria, y que atiendas siempre con el mayor esmero a sola Mi alabanza con oraciones, palabras y ejemplos, y por todos los medios que te sean posibles; y no solamente tú, más también todos los otros juntamente contigo, y que estén dispuestos de la misma manera, y que todos solo a Mí me conozcan, amen, y honren; y este grado de perfección me agrada más que el primero, porque el que así lo hace cumple mejor Mi voluntad.
El tercero que resta si llegares a conseguirle, nada te queda más que alcanzar, y sabe que habrás llegado a una consumada perfección. Consiste este, en que tú con vivísimo deseo busques, te esfuerces, y procures llegar a tener tal disposición de espíritu, que te unas de tal manera conmigo, y tu voluntad lo esté de tal modo con la Mía, que es perfectísima, y que esté tan conforme, y sea tan semejante, que tú no quieras, no solamente el mal, más ni aun el bien que Yo no quiero; y que suceda lo que quiera, por cualquier medio que sea en esta miserable vida, tanto en el orden espiritual, como en el temporal; no pierdas un punto la paz, ó se turbe la quietud de tu espíritu, sino que con fe firme creas que Yo, Dios omnipotente, te amo más que tú a ti misma, y que tengo mayor cuidado de ti, que tú.
Cuanto más así te abandonares, y te pusieres en Mis manos, tanto más ayudada de mi gracia te favoreceré, y tú misma conocerás más claramente, y experimentarás más de lleno en ti Mi dulcísima caridad.
Pero no puede llegarse a esta perfección, sino por medio de una firme, constante y resuelta abnegación de la propia voluntad, y cualquiera que se descuidare de practicarla, sin duda no aspira a esta excelentísima perfección; más el que la practica ansiosamente, cumple enteramente Mi rectísima voluntad, y Me agrada sobremanera, y Me tiene en sí; porque no hay cosa que me sea más agradable y gustosa que obrar con vosotros por la gracia, y habitar en vosotros, y que sean Mis delicias estar con los hijos de los hombres, y que queriendo ellos (porque no quiero violar los derechos del libre albedrío) los transforme yo en Mí por la gracia, de manera que sean una cosa conmigo por la participación de mis perfecciones, y de mi singular paz y tranquilidad.
Más para que conozcas más claramente con cuan vivos deseos pretendo Yo estar con vosotros, y para que tú desees más encarecidamente sujetarte a Mí, y unir tu voluntad con la mía, advierte y considera profundamente que quise que encarnase Mi unigénito Hijo, y que Mi divinidad, deponiendo la grandeza de la Majestad, se uniese con vuestra humanidad para excitaros, estimularos y atraeros con un ejemplo tan singular de amor, y con tan grande demostración de inefable cariño, a unir vuestra voluntad con la Mía, y a estar unidos siempre solamente conmigo: que además de esto quise que mi querido Hijo se sujetase a tan horrenda, despiadada, y cruel muerte de cruz, porque se borrase vuestro pecado con sus tormentos; el pecado, digo, el cual había sido el muro de división entre Mí y vosotros, y me había hecho apartar de tal manera Mi rostro de vosotros, que de ninguna manera podía volverme a miraros: que también he aparejado la mesa de un excelentísimo, y poco conocido sacramento del Cuerpo y Sangre del mismo, para que tomándole por manjar seáis mudados y transformados en Mí; y así como el pan y el vino de que os alimentáis, pasan a ser sustento de vuestro cuerpo; así también comiendo vosotros a Él, que es una cosa conmigo, bajo las especies de pan y vino, os convirtáis en sustancia espiritual, y en Mí mismo; y esto fue lo que Yo dije a mi siervo Agustín con estas palabras: Yo soy manjar de grandes, crece y comerás; pero tú no me mudarás en ti, sino que tú te transformarás en Mí.
Habiendo oído aquella alma cual fuese la voluntad de Dios, y como para cumplirla era aún necesaria la perfecta caridad; y que esta consistía en la perfecta negación de la propia voluntad, dijo:
Señor y Dios mío, tú me has dado a entender tu voluntad; me has manifestado que si perfectamente te amare, no amaré ninguna cosa terrena ó mortal, y ni aun a mí misma por mí; sino que todo lo que yo amare, por Ti y en Ti lo amaré. Hazme dicho que procure yo con grande solicitud buscar la alabanza, honor y gloria de ti solo y cuide que también se esfuercen los demás a hacer lo mismo, y que tolere con constancia y ánimo indiferente, alegre y tranquilo todas las adversidades que me acontecieren en esta miserable vida. Ahora pues, ya que deben hacerse estas cosas mediante la abnegación de la voluntad propia, suplico que me enseñes de qué manera se puede llegar a esta abnegación, y adquirir y conseguir tan grande virtud; pues como veo por la luz de tu doctrina, tanto vivo en Ti, cuanto muero en mí.
Entonces Dios, que jamás den fallidos los santos deseos, prosiguió diciendo:
Es cierto que todo tu bien consiste en la perfecta abnegación de tu voluntad, pues tanto te lleno de mi gracia, cuanto tú eches de ti tu propia voluntad, y la participación de la divina bondad obra tu perfección por medio de la gracia, sin la cual es nada la criatura cuanto a la virtud y a su dignidad.
Si quieres pues llegar a ésta, debes con suma humildad y con un verdadero e íntimo conocimiento de tu miseria y pobreza procurar siempre y desear vivísimamente obedecerme a Mí solo, y cumplir Mi voluntad. Pero para que puedas hacer esto, es necesario que con la imaginación y juicio te construyas a ti misma una celda, cerrada por todas partes, cuyo material ha de ser Mi voluntad solamente, y que te encierres en ella, y siempre en ella habites, y a cualquier parte que vayas, nunca salgas de ella, y a cualquier parte que mires, no mires fuera de Mí; sino que en tus sensaciones tanto mentales como corporales, estés siempre acompañada de Mi voluntad: ni pienses, hables, ó hagas, sino lo que me es agradable, y veas que yo quiero; y de esta manera el Espíritu Santo te enseñará lo que deberás hacer.
Puédese también por otra vía llegar a la abnegación de la voluntad propia; y es, si tenéis algunos que os instruyan y gobiernen según mi beneplácito, sujetando a estos vuestra voluntad propia, poniéndose enteramente en sus manos, obedeciéndoles en todo, y siguiendo siempre sus consejos; porque cualquiera que oye a mis siervos prudentes y fieles, a Mí oye.
Pero además de ésta quiero que con fe firme, elevado espíritu, y meditación continua pienses, que Yo que soy tu Dios gloriosísimo, que te he creado para que goces de la bienaventuranza, soy eterno, sumo, omnipotente, y que todo lo hago por vosotros, y que no hay cosa que pueda resistir a mi voluntad, ni sucederos cosa alguna sin esta misma, ni acáeceros sin Mi permiso, como os lo di a entender por el Profeta Amos, diciendo: no sucederá mal alguno en la Ciudad, que yo no lo haya hecho; esto es, permitido.
Medita igualmente que Yo, tú Dios, soy de grandísima sabiduría, y de perfectísimo conocimiento e inteligencia, que veo claramente todas las cosas, y las penetro agudísimamente; y así para gobernarte a ti, el cielo, la tierra, y todo el mundo no puedo engañarme de ninguna manera, ni equivocarme, lo que si no fuese así, no sería Dios sapientísimo; y para que conozcas alguna parte de ésta mi sabiduría, sabe que del mal de la culpa y de la pena saco un bien mucho mayor de lo que es el mal en sí.
En tercer lugar, quiero que consideres que Yo, tu Dios, soy sumamente bueno, y que en virtud del amor y de la benevolencia no pueden suceder sin Mi voluntad las cosas que son buenas, útiles y saludables a ti y a los otros, y que de mí no puede proceder mal alguno, que nada aborrezco; y que así como por mi bondad crié al hombre, así también le amo siempre con imponderable dilección.
De todas estas cosas, que podrás inferir por medio de una fe constante y firme, ya con el pensamiento, ya con la meditación, conocerás que las tribulaciones, las tentaciones, los trabajos, las enfermedades y todas las adversidades por ningún otro motivo suceden, sino por Mi providencia para utilidad de vuestra salvación, para que por medio de aquellas cosas, que os parecen dañosas, enmendéis vuestra malicia, y os encaminéis a la virtud, por la que se va al verdadero y sumo bien, no conocido de vosotros.
Además conocerás ilustrada con esta lumbre de fe, que yo, tu Dios, puedo, sé, y quiero más tu bien que tú misma; y que tú no puedes, ni sabes, ni quieres esto sin mi gracia. Por tanto, supuesto esta, debes procurar con la mayor industria tener siempre sujeta enteramente tu voluntad a la Mía divina, pues así descansarás siempre con espíritu tranquilo, y me tendrás siempre contigo; porque Mi lugar está hecho en paz: ni te sucederá algún escándalo de pecado, ni por ningún otro camino, pues los que aman mi nombre tienen mucha paz, y no hay para ellos escándalo, porque solamente aman mí ley; esto es, mi voluntad, y mi ley es con la que se gobiernan todas las cosas, y están tan estrechamente unidos conmigo, y de tal manera se deleitan en ella, que no pueden turbarse, acaezca lo que quiera, y en cualquier parte que sea, de cualquier género u ocasión, a excepción de la culpa, con la cual se me injuria.
Viendo ellos con los ojos claros y limpios del entendimiento que administrándose por Mí, Sumo gobernador del Universo, todas las cosas con admirable sabiduría, caridad y orden, no pueden provenir cosas que no sean buenas, y que Yo mejor que ellos, y más útilmente les proveo, que lo que ellos mismos saben, pueden y quieren; y así en todas las cosas que suceden, sufren, vengan de donde vinieren, considerando atentamente que soy Yo el autor, y no el prójimo, están tan fortalecidos de cierta constante e invencible paciencia, que padecen no solamente con ánimo tranquilo, más también alegre y gustoso, gustando en todas las cosas que suceden, o interna ó externamente la dulzura de Mi inefable caridad.
Esto es tener estimación y aprecio de Mi bondad, creer, digo, y considerar, y meditar con ánimo alegre y agradecido en todas las tribulaciones y trabajos, que Yo dispongo todas las cosas suavemente, y que provienen de la alta fuente de Mi bondad; y que ninguna cosa corrompe, impide y destruye el bien de esta última consideración y santísima conformidad, sino la propia voluntad y el amor de vosotros mismos, las cuales cosas si se quitaren de vosotros, también se os quitaría el infierno, tanto el que está aparejado para los condenados con eterno tormento de alma y cuerpo, como también el que padecéis con grande engaño vuestro en esta vida mortal de muchas y diversas agitaciones de ánimo, y de varias tempestades de trabajos y cuidados.
Si deseas pues vivir, procura morir para aquel siglo ruinoso y falto de gracia y vivir en este estable y sempiterno de gloria, negándote a ti misma, y deponiendo la voluntad propia, porque bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, y los pobres de espíritu, porque éstos me ven durante el tiempo de su peregrinación por recíproco amor, para verme después en la patria por gloria y honra.