1. LA IGLESIA, MISTERIO DE COMUNIÓN

El primer fruto de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia es la comunión de los santos, que confesamos en el Credo Apostólico. El Catecismo Romano dice que “la comunión de los santos es una nueva explicación del concepto mismo de la Iglesia una, santa y católica. La unidad del Espíritu, que anima y gobierna, hace que cuanto posee la Iglesia sea poseído comúnmente por cuantos la integran. El fruto de los sacramentos, sobre todo el bautismo y la Eucaristía, produce de modo especialísimo esa comunión”.[1]

La communio sanctorum empezó a proclamarse en la profesión de fe en el siglo IV[2]. 

Después de confesar la fe en la bienaventurada Trinidad, confiesas creer en la Santa Iglesia católica, la cual es “la congregación de todos los santos”. Pues desde el principio del mundo, tanto los patriarcas como Abraham, Isaac y Jacob, tanto los profetas como los Apóstoles, los mártires y todos los demás justos que existieron, existen y existirán forman una Iglesia; pues, santificados por una fe y trato, han sido designados por un Espíritu para formar un Cuerpo (Ef 4,4), del que Cristo es la Cabeza. Más aún, incluso los ángeles, las virtudes y las potestades celestes están unidas a esta única Iglesia, pues el Apóstol nos enseña que “en Cristo fueron reconciliadas todas las cosas, no sólo las de la tierra, sino también las del cielo” (Col 1,20). Cree, por tanto, que conseguirás la comunión de los santos en esta única Iglesia: la Iglesia católica, constituida en todo el orbe de la tierra y cuya comunión debes retener firmemente.[3]

La Iglesia, en su ser, es misterio de comunión. Y su existencia está marcada por la comunión. En la vida de cada comunidad eclesial, la comunión es la clave de su autenticidad y de su fecundidad misionera. Desde sus orígenes, la comunidad cristiana primitiva se ha distinguido porque “los creyentes eran constantes en la enseñanza de los apóstoles, en la koinonía, en la fracción del pan y en las oraciones” (Hch 2,42).[4] En la DIDAJE o Doctrina de los doce Apóstoles leemos en relación a la Eucaristía:

Respecto a la Acción de gracias, lo haréis de esta manera, primero sobre el cáliz: “Te damos gracias, Padre nuestro, por la santa viña de David, la que nos diste a conocer por medio de tu siervo Jesús. A Ti sea la gloria por los siglos”. Luego sobre el fragmento de pan: “Te damos gracias, Padre nuestro, por la vida y el conocimiento que nos manifestaste por medio de tu siervo Jesús. A Ti sea la gloria por los siglos. Como este fragmento estaba disperso por los montes y después, al ser reunido, se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. Porque tuya es la gloria y el poder por Jesucristo eternamente”.[5]

La comunión de los creyentes “en un mismo espíritu, en la alegría de la fe y sencillez de corazón” (Hch 2,46)[6], se vive en la comunión de la mesa de la Palabra, de la mesa de la Eucaristía y de la mesa del pan compartido con alegría, “teniendo todo en común” (Hch 2,44). Es la comunión del Evangelio y de todos los bienes recibidos de Dios en Jesucristo, hallados en la comunidad eclesial. Esta experiencia se repetirá en todas las nuevas comunidades, como nos refieren los Hechos de los Apóstoles: “Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor..., quedando los discípulos llenos de gozo y del Espíritu Santo” (Hch 13,48.52). El carcelero de Pablo y Silas, con su familia, escuchan la Palabra de Dios, se bautizan él y toda su casa. Entonces “lleva a Pablo y Silas a su casa, les preparó la mesa y se alegró con toda su familia de haber creído en Dios” (Hch 16,29-34)...

Frente a las divisiones de los hombres -judío y gentil, bárbaro y romano, amo y esclavo, hombre y mujer-, la fe en Cristo hace surgir un hombre nuevo (Rm 10,12; 1Co 12,13; Ga 3,28), que vence las barreras de separación, experimentando la comunión gratuita en Cristo, es decir, viviendo la comunión eclesial, fruto de compartir con los hermanos la filiación de Dios, la fe, la Palabra y la Eucaristía.

"Cimentados en la fe, los fieles se sienten hermanos, al celebrar la victoria de Cristo sobre la muerte, que con su miedo les tenía divididos (Hb 2,14); cantan con una sola voz y un solo corazón las maravillas de Dios y venden sus bienes para prolongar la comunión en toda su vida (Hch 4,32). Esta comunión de vida y bienes abraza, no sólo a los hermanos de la propia comunidad, sino a todas las comunidades: “Ahora voy a Jerusalén para socorrer a los santos de allí, pues los de Macedonia y Acaya han tenido a bien hacer una colecta en favor de los pobres de entre los santos de Jerusalén. Lo han tenido a bien, y con razón, pues si, como gentiles, han participado en los bienes espirituales de ellos, es justo que les sirvan con sus bienes materiales” (Rm 15,25-27).

Como las ovejas de diverso color fueron la recompensa de Jacob (Gn 30,32), la recompensa de Cristo son los hombres que, provenientes de diversas y varias naciones, se reúnen en la única grey, la Iglesia, tal como se lo había prometido el Padre: “Pídemelo y te daré en herencia las naciones y por dominio los extremos de la tierra” (Sal 2,8).[7]

La comunión de bienes es fruto del amor de Dios experimentado en el perdón de los pecados, en el don de su Palabra, en la unidad en el cuerpo y sangre de Cristo y en el amor entrañable del Espíritu Santo. Si no se da este amor “dar todos los bienes” no sirve de nada  (1Co 13,3). Esta comunión de los santos, este amor y unidad de los hermanos, en su visibilidad, hace a la Iglesia “sacramento, signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1).