El papa BENEDICTO XII definió, en la Constitución Dogmática Benedictus Deus (1336), que las almas de los justos que se encuentran totalmente purificadas entran en el Cielo inmediatamente después de la muerte (o después de su purificación, si tenían algo que purgar), antes de la resurrección del cuerpo y del Juicio Universal, a fin de participar de la visión inmediata de Dios, siendo verdaderamente bienaventuradas; mientras que las almas de los que han fallecido en pecado mortal van al infierno inmediatamente después de la muerte para ser en él atormentadas; Dz 530s.
Esta definición va dirigida contra la doctrina enseñada privadamente por el Papa Juan XXII según la cual las almas completamente purificadas van al Cielo inmediatamente después de la muerte, pero antes de la resurrección no disfrutan de la visión intuitiva de la esencia divina, sino que únicamente gozan de la contemplación de la humanidad glorificada de Cristo; cf. Dz 457, 493a, 570s, 696. El Catecismo Romano enseña expresamente la verdad del Juicio Particular.
La Sagrada Escritura nos ofrece un testimonio indirecto del Juicio Particular, pues enseña que las almas de los difuntos reciben su recompensa o su castigo inmediatamente después de la muerte; cf. Eccli 1, 13; 11, 28 s (G 26 s). El pobre Lázaro es llevado al seno de Abraham (= limbus Patrum) inmediatamente después de su muerte, mientras que el rico epulón es entregado también inmediatamente a los tormentos del infierno (Lc 16, 22 s). El Redentor moribundo dice al buen ladrón : «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43). Judas se fue «al lugar que le correspondía» (Hch 1, 25). Para San Pablo, la muerte es la puerta de la bienaventuranza en unión con Cristo; Fil 1, 23: «Deseo morir para estar con Cristo»; «en el Señor» es donde está su verdadera morada (2 Cor 5, 8). Con la muerte cesa el estado de fe y comienza el de la contemplación (2 Cor 5, 7; 1 Cor 13, 12).
La vida eterna, es la que comienza inmediatamente después de la muerte.
Esta vida no tendrá fin; será precedida para cada uno por juicio particular por parte de Cristo, Juez de vivos y muertos, y será ratificada en el juicio final.
Luego de la muerte cada persona tiene un juicio especial o particular. Cada hombre, es juzgado por Cristo, donde obtiene el premio o el castigo según sus obras.
El juicio final o universal, tendrá lugar el último día, es decir al final del mundo, en la segunda venida del Señor.
Al crear y redimir al hombre, Dios le ha destinado a la eterna comunión con Él, a lo que San Juan llama la “vida eterna”, lo que se suele llamar “el cielo”. Así Jesús comunica la promesa del Padre a los suyos: “bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco entra en el gozo de tu Señor” (Mt. 25,21).
La vida eterna es lo que da sentido a la vida humana, al empeño ético, entrega generosa, servicio abnegado, al esfuerzo por comunicar la doctrina y el amor de Cristo a todas las almas. La esperanza cristiana en el cielo está referida a todos. Es por ello que en base a esta promesa el cristiano puede estar firmemente convencido de que “vale la pena” vivir la vida cristiana en plenitud. La vida eterna es el objeto principal de la esperanza cristiana.
Inmediatamente después de la muerte tiene lugar el juicio particular en el cual el fallo divino decide la suerte eterna de los que han fallecido (sent. próxima a la fe). La doctrina del juicio particular no ha sido definida, pero es presupuesto del dogma de que las almas de los difuntos van inmediatamente después de la muerte al Cielo o al Infierno o al Purgatorio. Los concilios unionistas de Lyón y Florencia declararon que las almas de los justos que se hallan libres de toda pena y culpa son recibidas en seguida en el Cielo, y que las almas de aquellos que han muerto en pecado mortal, o simplemente en pecado original, descienden en seguida al infierno; Dz 464, 693.
Al principio no son claras las opiniones de los Padres de la Iglesia sobre la suerte de los difuntos. No obstante, se supone la existencia del Juicio Particular en la convicción universal de que los buenos y los malos reciben, respectivamente, su recompensa y su castigo inmediatamente después de la muerte. Reina todavía incertidumbre sobre la índole de la recompensa y del castigo de la vida futura.
Bastantes de los Padres más antiguos (Justino, Ireneo, Tertuliano, Hilario, Ambrosio) suponen la existencia de un estado de espera entre la muerte y la resurrección, en el cual los justos recibirán recompensa y los pecadores castigo, pero sin que sea todavía la definitiva bienaventuranza del Cielo o la definitiva condenación del Infierno.
TERTULIANO supone que los mártires constituyen una excepción, pues son recibidos inmediatamente en el «Paraíso», esto es, en la bienaventuranza del Cielo (De anima 55; De carnis resurr. 43).
SAN CIPRIANO enseña que todos los justos entran en el Reino de los Cielos y se sitúan junto a Cristo (De inmortalitate 26).
SAN AGUSTÍN duda si las almas de los justos, antes de la resurrección, disfrutarán, lo mismo que los ángeles, de la plena bienaventuranza que consiste en la contemplación de Dios (Retr. I 14, 2).
Dan testimonio directo de la fe en el juicio particular:
SAN JUAN CRISÓSTOMO (fin Matth. hom. 14, 4)
SAN JERÓNIMO (In Ioel 2, 11)
SAN MUSTÍN (De anima et eius origine II 4, 8)
SAN CESÁREO DE ARLÉS (Sermo 5, 5).
Lecturas de este video: (minuto 37.00)
Mateo 5, 25 - El Juicio Personal
25. "Trata de llegar a un acuerdo con tu adversario mientras van todavía de camino al juicio. ¿O prefieres que te entregue al juez, y el juez a los guardias que te encerrarán en la cárcel? 26. En verdad te digo: no saldrás de allí hasta que hayas pagado hasta el último centavo."
Santiago 4, 12 - ¿Quién es el Juez?
12. "Uno solo es juez: Aquel que hizo la Ley y que pude salvar y condenar."
Mateo 25, 31 - El Juicio Universal
"31. Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de Gloria, que es suyo.
32. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y separará a unos de otros, al igual que el pastor separa las ovejas de los chivos."
Filipenses 1, 21
21. "Cristo es mi vida, y de la misma muerte saco provecho.
22. Pero veo que, mientras estoy en este cuerpo, mi trabajo da frutos, de modo que ya no sé qué escoger.
23. Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de largarme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor.
24. Pero, pensando en ustedes, conviene que yo permanezca en esta vida."