La DRAGA C-2 del Ministerio de Obras Públicas argentino, cumplía tareas de dragado del canal de acceso al río Gualeguaychú, precisamente en la desembocadura en el Río Uruguay, kilómetro cero; a la altura del kilómetro 90 del Uruguay. En una aciaga noche de abril de 1959, un fuerte viento y muy malas condiciones meteorológicas, hicieron que la embarcación diera "vuelta de campana".
El hundimiento de la draga
El naufragio de la draga tiene algunas similitudes con la del Titanic, si consideramos la mala actitud de su capitán Agenor Rojas, aquel 14 de abril de 1959, pese a la alerta meteorológica dada por la Prefectura, no hizo caso de ingresar a puerto, poniendo en riesgo a su tripulación, además las condiciones meteorológica reinantes en el momento del naufragio son también las causas de la muerte de ocho personas aquel día.
La draga "2 C" del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, construida de casco de laminas de hierro y cubierta de madera; tenía 56 metros de eslora y 12 metros de manga.
Funcionaba a vapor, generado por una caldera alimentada a petróleo crudo, que almacenaba en dos tanques de 90 toneladas. La fuerza de esa máquina se distribuía en dos hélices que trabajaban combinadas. Su sistema de dragado era del antiguo "tipo noria", con baldes que cargaban tres cuarto metros cúbicos de barro. La dotación completa era de 20 hombres bajo el mando del capitán Rojas.
Pedro Chiche era el primer maquinista y el contramaestre, Pedro Martínez. En el resto de la tripulación revistaban: Teodoro Heredia, Geloz, Alcaraz, Fernández, González, Aguirre, Bravo y Casafuz, entre otros, según narra el historiador local Gustavo Rivas en su blog: http://gurivas.blogspot.com.ar/, quien documentó la historia oficial del incidente.
El día anterior al naufragio, la tripulación se encontraba dragando el canal de acceso al río Gualeguaychú, entre la boya del kilómetro 90 del Uruguay que es a la vez, kilómetro 0 de nuestro río. Para el trabajo de la noria, la draga debía sujetarse desde distintos puntos, como si fuera una araña, con seis anclas, tres en proa y tres en popa, aunque en esa oportunidad tenía cinco: faltaba una de popa. El barro extraído era transferido a dos chatas.
Teodoro “Don Lote” Heredia es el único que aún sobrevive a de aquella tripulación de abril de 1959, donde ocho de ellos murieron en el naufragio, tres sobrevivieron y Don Lote alcanzó a irse un día antes de la tormenta.
La historia viva
A los 99 años, Don Lote Heredia es un testigo viviente de aquella tragedia y narró a EL ARGENTINO, cómo aquel episodio lo afectó emocionalmente para el resto de su vida.
Teodoro nació el 9 de noviembre de 1912 en la Estancia El Potrero, siete meses después del hundimiento del Titanic, para entonces nadie hablaba de la tragedia del Atlántico Norte en Argentina, pero en Inglaterra y Estados Unidos, las investigaciones y la toma de testimonios a los sobrevivientes continuaban para intentar determinar las causas del hundimiento del enorme transatlántico.
Ya en su juventud, su vida estuvo ligada fuertemente al río Gualeguaychú. En la década de 1930 trabajó en la construcción del Puente Claudio Méndez Casariego, en la construcción de la Plaza Colón, el puerto y en la defensa de la Costanera para evitar inundaciones.
A los 46 años, el 14 de abril de 1959, Lote se encontraba embarcado en la draga y se entera que todos los barcos similares, estaban siendo alertados de una gran tormenta que se aproximaba a la zona del kilómetro 102 del río Uruguay.
Don Lote junto a sus compañeros Bravo, González y Casafuz insistieron ante su capitán para guarecerse aguas adentro, pero él se mantuvo en su negativa. Mientras tanto los barcos pedregulleros, que venían del norte, al aproximarse a la boya 90, viraban y se dirigían a recalar en Fray Bentos.
“Recuerdo que fui hasta donde estaba mi jefe en la draga y le dije: mire que tenemos la orden de Prefectura de entrar al río Gualeguaychú y llegar a puerto. Mi jefe me dijo: No, esto es una balsa no nos va a pasar nada. Entonces le contesté yo me voy sí o sí”.
Para entonces las condiciones climatológicas comenzaban a deteriorarse y las olas en el río Uruguay hacían difícil la navegación para las embarcaciones de pequeño porte.
Al poco tiempo un remolcador se arrima hasta la draga, mientras Lote miraba como otras embarcaciones se dirigían al resguardo del Frigorífico Anglo en Fray Bentos o retornaban a nuestra ciudad.
El capitán del remolcador Fausto Briozzo, le ofreció ayuda al capitán de la draga para remolcarlo hasta puerto, pero el jefe de la draga se negó. En ese instante Lote saltó de la cubierta de la draga a la cubierta del remolcador en una maniobra que le hubiera podido costar la vida.
El capitán de la pequeña embarcación se sorprendió por esa hazaña.
“Cómo subiste vos”- le preguntó a Heredia- “me encomendé a Dios y salté, él me escuchó y me salvé”, le explicó a EL ARGENTINO.
En la noche del 15 de abril las condiciones climáticas siguieron empeorando y para las 2 de la mañana del 16 de abril, la draga cargada de agua, trabada por su anclaje, presa de la sudestada y las olas, comenzó a hundirse de popa, por lo que los tripulantes atinaron a subirse a la torreta. Finalmente, una fuerte racha le provocó una vuelta campana. La hora del hundimiento quedó registrada en el reloj de la draga y en los de las víctimas: entre una y media y dos de la mañana de aquel 16 de abril, según documenta el historiador local Gustavo Rivas.
“A la mañana siguiente, Briozzo me dijo que la draga no se veía navegando en el río Uruguay, yo le dije y se debe haber ido para adentro al refugio del Anglo. Bueno mañana voy a ir temprano para ver si la vemos me dijo Fausto. Luego nos enteramos del desastre”, recuerda Lote.
Tras el naufragio algunos de los marinos murieron dentro de la embarcación. Otros, aunque pudieron llegar a nado a la costa de Ñandubaysal, encontraron la muerte por una causa inesperada. Allí se habían arremolinado los durmientes que venían flotando, recientemente extraídos del puerto de Fray Bentos; al llegar, los náufragos morían azotados por esos durmientes que batían las enfurecidas aguas del Uruguay.
El 17 de abril de 1959 llegaban las primeras noticias del naufragio de la draga a la ciudad. La confirmación de las muertes de tripulantes, algunos de ellos, vecinos de Gualeguaychú, se sumaban al drama de centenares de inundados de la ciudad y la zona sur.
El Destacamento Boca había sido evacuado por la gran creciente; desde el campamento de pescadores de Lapuente no se divisaba nada: las olas no dejaban ver. Recién cuando el río bajó y dejó a la vista la enorme panza de la draga, se tuvo la confirmación de la desgracia que todos presentían. De ahí en más, se hicieron recorridas hasta la boca del Ñancay en busca de los cadáveres. Las pesadas boyas del canal de entrada aparecieron en medio del campo en Ñandubaysal. Recién el 15 de mayo encontraron la totalidad de los ocho tripulantes naufragados.
“De los once tripulantes que en ese momento se encontraban en la draga, ocho murieron y tres se salvaron, al alcanzar la costa en la zona de El Potrero, dos de ellos eran los cocineros y un operario. Yo tuve que ir hasta el lugar donde encontraron los cuerpos para identificar a mis compañeros. Ví a mi capitán muerto boca a bajo, me dio una tristeza enorme. Le decía Fausto –el capitán del remolcador- mira ahí esta el patrón que no quiso entrar a resguardo”, le dijo Lote a EL ARGENTINO.
Los tres sobrevivientes, al llegar a la costa, se trasladaron a pié hasta llegar a la Estancia San Luis donde fueron auxiliados, según recuerda “Lote”.
“Después del incidente quedé mal, tenía pesadillas y sentía una pena muy grande porque si el capitán me hubiera hecho caso todos se hubieran salvado”, comentó.
Desde entonces la draga, varada en el banco de arena, hace 53 años que es testigo de los mejores amanceres del mundo: los del río Uruguay.
LA NOTA ORIGINAL DEL HISTORIADOR GUSTAVO RIVAS DE GUALEGUAYCHU.
El 17 de abril de 1959 llegaban las primeras noticias del naufragio de la draga. La confirmación de las muertes de tripulantes, algunos de ellos, vecinos de Gualeguaychú, se sumaban al drama de centenares de inundados de la ciudad y la zona sur. Yo tenía 14 años, edad en que la mente registra para siempre ese tipo de vivencias. Desde entonces, cada vez que pasaba por la misteriosa draga hundida, volvía al recuerdo de aquellos días. Y la curiosidad por saber cómo había sucedido. Treinta y un años después, la memoria prodigiosa de Don Lote y su condición de tripulante, hicieron que pudiera develar aquellas dudas. He aquí todo lo que él contó:
La draga y sus tripulantes
Era la "2 C" del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, con casco de fierro y cubierta de madera; tenía 56 m de eslora y 12 de manga. Funcionaba a vapor, generado por una caldera alimentada a petróleo crudo, que almacenaba en dos tanques de 90 toneladas. La fuerza de esa máquina se distribuía en dos hélices que trabajaban combinadas. Su sistema de dragado era del antiguo "tipo noria", con baldes que cargaban ¾ m3 de barro. La dotación completa era de 20 hombres bajo el mando del Capitán Agenor Rojas. Pedro Chiche era el primer maquinista; el contramaestre, Pedro Martínez. En el resto de la tripulación revistaban: Teodoro Heredia, Gelós, Alcaraz, Fernández, González, Aguirre, Bravo y Casafuz, entre otros.
Cómo trabajaba: En aquella ocasión estaban dragando el canal de acceso al río Gualeguaychú, entre la boya Km. 90 del Uruguay (por entonces fija) que es a la vez, Km. 0 de nuestro río. Para el trabajo de la noria, la draga debía sujetarse desde distintos puntos, como si fuera una araña, con seis anclas, 3 en proa y 3 en popa, aunque en esa oportunidad tenía 5: faltaba una de popa. El barro extraído era transferido a dos chatas barreras que se apareaban al costado alternativamente y luego lo llevaban aguas afuera, con el Remolcador 226, de 25 m de eslora.
Las circunstancias previas
El 13 de abril, viendo que el tiempo desmejoraba y el Uruguay crecía mucho, habían fondeado las chatas en el paso "La Correntina", del río Gualeguaychú. En cuanto a la draga, su Capitán se negó a entrarla pese a que el Sr. Fausto Briozzo, a cargo del remolcador, le había ofrecido ayuda. Por tal motivo, el 226 prosiguió ese día hacia en arroyo Ñancay, en servicio para la Prefectura. Al día siguiente, el remolcador pasó de regreso y nuevamente se le sugirió al capital Rojas guarecerse en el Gualeguaychú, lo que fue nuevamente rehusado. El miércoles 15 (día del naufragio del Titanic, en 1912) el panorama se había complicado: el Uruguay crecía, la sudestada arreciaba y el peligro era extremo. Por ese motivo, Don Lote, con Torito Bravo, González y Casafuz insistieron ante su capitán para guarecerse aguas adentro pero él se mantuvo en su negativa. Mientras tanto los barcos pedregulleros, que venían del norte, al aproximarse a la boya 90, viraban y se dirigían a recalar en Fray Bentos. Al advertir el peligro, Don Lote logra milagrosamente, en medio de la tormenta, saltar al remolcador Ni su capitán había advertido la riesgosa peripecia de Lote y dos compañeros que también "la venían venir". Por eso hoy está vivo para contarla.
La posición de la draga
Estaba fondeada dentro del veril del canal de acceso, un poco más allá de la boya Km 2,6. La proa miraba hacia la boya 90, es decir contra el viento sudeste. Las olas rompían de frente, levemente a estribor (derecha). En circunstancias así, anclar de proa y popa constituye el mayor peligro. Porque anclada de proa, la embarcación siempre apunta contra el viento y se defiende, de cualquier sector que éste venga. Pero si además está sujeta de popa y el viento cambia, al no virar, lo puede recibir de costado con lo que la defensa es nula. Como no podían ya levar las anclas, habían optado por soltarlas. Para ello, cada 25 m la cadena tiene un grillete (eslabón extraíble) y al separarla se le coloca una boya (orinque) a fin de poder ubicarla luego. Las pesadas cadenas se sueltan con un malacate movido por la fuerza de la caldera.
Las condiciones empeoran
En la madrugada del 16, un fortísimo pampero arrastró la draga con sus 5 anclas unos 200 m fuera del canal (hacia el Norte). Ante ello, por fin el capitán decidió moverse. Pero cuando quisieron soltar las anclas, era tarde: la cantidad de agua que se había colado por la cubierta había enfriado la caldera y ya no tenía fuerza ni para el malacate. Porque el viento ¡había arrancado de cuajo los tambuchos abulonados! Intentaron cortarlas con apoyo en una bigornia, pero fue imposible: ésta se les corría para todos lados.
El final
La draga cargada de agua, trabada por su anclaje, presa de la sudestada y las olas, comenzó a hundirse de popa, por lo que los tripulantes atinaron a subirse a la torreta. Finalmente, una fuerte racha le provocó una vuelta campana. La hora del hundimiento quedó registrada en el reloj de la draga y en los de las víctimas: entre una y media y dos de la mañana de aquel 16 de abril.
Algunos murieron dentro de la embarcación. Otros, aunque pudieron llegar a nado a la costa de Ñandubaysal, encontraron la muerte por una causa inesperada. Allí se habían arremolinado los durmientes que venían flotando, recientemente extraídos del puerto de F. Bentos; al llegar, los náufragos morían azotados por esos durmientes que batían las enfurecidas aguas del Uruguay.
Después de la desgracia
Al día siguiente (17) todavía no se conocía la infausta noticia. El Destacamento Boca había sido evacuado por la gran creciente; desde el campamento de pescadores de Lapuente no se divisaba nada: las olas no dejaban ver. Recién cuando el río bajó y dejó a la vista la enorme panza de la draga, se tuvo la confirmación de la desgracia que todos presentían. De ahí en más, se hicieron recorridas hasta la boca del Ñancay en busca de los cadáveres y hasta la misma, draga para recoger objetos. Las pesadas boyas del canal de entrada aparecieron en medio del campo en Ñandubaysal. Recién el 15 de Mayo, Don Lote pudo encontrar el cuerpo de su compañero, el foguista Fernández, que permanecía dentro de la draga.
La draga hoy
Todavía yace ahí la legendaria draga. Hace treinta años, intentaron reflotarla pero fue imposible. No sólo porque venció las leyes de la física, sino porque pareciera que es su destino quedar allí para siempre. Visible desde lejos, de día y de noche, se ha constituido en una referencia para los navegantes; les ayuda a prevenir desgracias como la que terminó con ella. La seguirán viendo las futuras generaciones; a su historia la conocerán lugareños y turistas. Y perdurará en la memoria colectiva, su dramático final aquella aciaga noche de 1959.
El 15 de abril de 1990, el autor (Gustavo Rivas) visitó la draga hundida en el canal de acceso al río Gualeguaychú, acompañado por Don Lote Heredia, uno de los protagonistas del siniestro, cuyo relato es el tema de esta nota.
Foto de Alfredo Batista de la draga vista desde Fray Bentos.