Taxi-micro

Era el mes de mayo de 1993 y yo trabajaba en el grupo de consultoría del CEC. Aquel día teníamos un control. Al mediodía mi madre me llamó a la oficina, muy preocupada porque estaba quedando, literalmente, la embarrada en Santiago. Dijo que tenía que volver a casa urgentemente. Le respondí que me iría después del control, que no podía faltar a esa prueba, que no se preocupara y que estaba todo bien.

En la Escuela todo discurría con normalidad y mis compañeros seguían estudiando urgidos para el control que sería a media tarde. Cuando faltaba poco para que este comenzara, recibimos el aviso de que todas las actividades de la Escuela quedaban suspendidas, incluidos las clases y los controles.

Intenté llamar a casa para avisar que ya me iba, pero nadie respondió. Al ir a tomar la micro, de inmediato me di cuenta de que no pasaban muchas. La que me servía nunca llegó. Entonces me subí a una que me dejaba justo en Grecia con Macul, donde tendría mayores posibilidades de tomar otra micro que me acercara a casa.

Cuando llegué a Grecia todo parecía muy extraño y confuso. La calle estaba llena de barro y no había tráfico. Por suerte, vi a un vecino al que sólo había saludado algunas veces y desde lejos. Nos quedamos allí un buen rato, tramando algún plan que nos devolviera a nuestros hogares.

De repente, el vecino hizo parar una micro grande y le dijo al chofer que le pagaría como taxi la carrera hasta nuestras casas. El chofer aceptó, encantado. Nos subimos y nos llevó por calles y lugares por los que jamás había transitado. La micro nos dejó en la esquina de mi casa cuando ya casi era medianoche. ¡La aventura había sido tremenda!

En todo el sector no había luz, ni agua y menos teléfono. Mis primos, tías, mi hermano y todos estaban cubiertos de barro desde los pies a la cabeza y ni siquiera habían podido lavarse las manos. Me sentí muy avergonzada porque yo, en cambio, había almorzado y tenía la ropa limpia.

Aquel fue el día del aluvión de la Quebrada de Macul. La mayoría de la gente había tenido que llegar a sus casas caminando, atravesando ríos de barro amarrados a cuerdas y con la ayuda del ejército. Mientras, yo, iba a salvo en aquella especie de taxi-micro, ¡sin siquiera pagar escolar!


--Claudia Fernández AlvearIngeniera Civil en Computación, año de ingreso '90