Bad luck
Tarde fría y oscura de invierno en un año a fines del siglo pasado. Examen recuperativo de Mecánica para estudiantes cuya nota de control era 3.7, 3.8 o 3.9 y también para quienes querían mejorar la nota final, estando ya aprobados. El lugar de los hechos es la sala 19 S del Hall Sur que se encuentra junto a un baño. Como siempre lo hacía, me acerco a la sala a mitad del control para saber cómo va todo. Cruzando el Hall veo a Pedro Urdemales salir de la sala caminando rápido hacia el baño. Tuve una corazonada que andaba en malos pasos. Me quedé dando vueltas y apenas veo que reingresa a la sala entro al baño y encuentro sobre el estanque de uno de los WC un papel doblado con la solución de dos de las tres preguntas del examen. Salgo de inmediato y me quedo a la espera del destinatario, mirando la escena desde lejos. No había pasado un minuto cuando se abre la puerta de la sala y aparece Pablo Badluck. Camina apurado hacia el baño y no tarda mucho en volver a la sala. Reingreso al baño y advierto que el papel ya no está.
Descubierto el engaño llamo a los dos estudiantes y les comunico que reprueban el curso, a pesar de que Pedro ya lo tenía aprobado. Ambos se marchan con la cabeza gacha. Al llegar a mi oficina el día siguiente la secretaria me informa que una señora me está esperando y que desea urgentemente hablar conmigo. Cuando la hago pasar a mi oficina estalla en llanto repitiendo varias veces que ella era la única culpable de la situación porque había incitado a su hijo Pedro a que ayudara a Pablo en el examen. Pablo era un estudiante de provincia que vivía como pensionista en su casa. Informado de este hecho mantuve la reprobación de Pablo y llamé a Pedro a una entrevista. Le dije que no estaba bien lo que había hecho, pero entendía que había sido presionado por su madre. Le conservé la nota que tenía antes del examen recuperativo y le advertí que si conocía de otro comportamiento similar daría cuenta a la Escuela del hecho ocurrido.
Pobre Pedro, cada vez que lo veía en los patios de la Facultad le preguntaba cómo le iba. Me respondía que bien y bajaba la mirada. Pasaron los meses y me olvidé del asunto. Cerca de Navidad un día al volver del almuerzo la secretaria me entrega un paquete que alguien me había enviado. Al abrirlo encuentro una botella de Chivas Regal con una nota que decía, “Gracias profesor, por salvar a mi hijo” junto a una firma. No correspondía ese regalo pero no tenía forma de devolverlo. Unos pocos meses después ya no quedaba una gota de whisky en la botella. Pedro y Pablo seguro que recordarán siempre su mala suerte en ese día de invierno de fines del siglo pasado.