La conversión
El año que entré a la escuela, me acuerdo que transmitían los partidos de la selección en el gimnasio de la cafeta del CEI. Cuando Chile clasificó al mundial de Francia 98, se armó el manso quilombo. Estaban todos tan contentos que incluso se vio a algunos matemáticos abrazando a industriales.
Se organizó una caravana de estudiantes que desfilaba por República, iban cantando y celebrando, rumbo a Plaza Italia. Recuerdo algunos cantos alusivos a otras casas de estudio como "500 puntos", entre otros más denigrantes que mi decencia me obligaba a callar.
Entonces llegamos a Plaza Italia y vimos que estaba llenísimo de gente, todos celebrando y yo saltaba y cantaba feliz con mis compañeros, pensando, ¡qué grande es esta universidad!, será así todo el año -evidentemente no sería así, pero en aquel momento lo veía todo color de rosa-. Y también pensaba que si hubiese estado en el colegio ni en un millón de años me hubieran dejado ir a Plaza Italia y en mi interior sentía el convencimiento de que ser una estudiante universitaria era lo más top.
Cuando volví a casa mi madre quiso saber dónde había estado. Yo le respondí, con mi mejor cara de estudiante esforzada:
—Tuve un día difícil, estuve todo el día en la escuela, ¿dónde iba a estar si no?
—¡No mientas!, te vi en la televisión, ¿qué chucha estabas haciendo en Plaza Italia?
Me quedé petrificada, mi madre estaba hecha una furia y casi me mata. Yo había salido de un colegio de monjas y un buen día, como si nada, me encontraba saltando con la turba en Plaza Italia. Años cultivando la fe, de la noche a la mañana tirados a la basura. Entonces aprendí que baja probabilidad no es lo mismo que no ocurrencia, porque de todos los seres humanos congregados en Plaza Italia aquella tarde, yo tenía que salir en la tele. Puse los ojos en blanco, alcé la mirada al cielo y me dije: “los caminos del Señor son inescrutables”.