El sapo

A Hernán Miranda, «El Hormiga»

Ayer entré a ese edificio como uno más, gritando consignas igual que todos los que participaban en la funa. Los compañeros habían dado con el verdadero responsable de que un joven poblador volara en pedazos el invierno del 87, dinamitado al pie de una torre de alta tensión que supuestamente pretendía derribar.

La invitación me había llegado como siempre por correo electrónico y a diferencia de otras, esta no traía fotos del esbirro. Suelo dejar pasar esas invitaciones, por falta de tiempo, no sé por qué esta vez acudí a la cita en la Plaza de la Constitución. Recién allí observé ese rostro en el volante que nos distribuyeron, me pareció vagamente familiar, pero solo al entrar a su refinada oficina de subgerente descubrí quien era, eso me transportó veinte años atrás y me comprobó que nuestro dolor por El Cigarra seguía latiendo.

Llevábamos una semana de paro, los mítines se sucedían, y no faltaban las barricadas ni los enfrentamientos. Eran tantos los apaleos y las detenciones que ya nos costaba llevar las estadísticas para presentar inútiles recursos de amparo y querellas por lesiones.

Ese día estaba nublado en la Facultad, una bruma más espesa que la polución, impedía ver el Parque O’Higgins. Nos comenzamos a agrupar en el frontis en torno a Sofía, su verdadero nombre era Arlene, pero todos nos empecinábamos en usar chapas causando perplejidad en los alumnos menos involucrados en la contingencia de la época. Ella vestía una gruesa parka, y mientras discurseaba blandía sus manos enfundadas en mitones chilotes.

Ya sumábamos más de cien personas en el momento en que percibí los forcejeos, y luego los gritos y el tumulto, en un grupo que estaba más cerca de ella. Después supe que al Pequén le había llamado la atención un tipo algo excedido en años como para la universidad y de vestimentas demasiado formales. Cuando se acercó a pedirle que mostrara su carné universitario, El Sapo sacó el revólver. Ahí empezó la batahola. Antes de que alcanzara a disparar, el chico Pequén le hizo botar el arma con una certera mae geri en la mano que empuñaba el fierro.

Me abrí paso hacia el grupo que forcejeaba y entonces divisé al Cigarra. Nuestro amigo había recogido el revólver y lo alzaba en su mano derecha apuntando al aire, su rostro moreno y delgado miraba desafiante hacia Blanco Encalada, como esperando ver llegar a los militares o a la policía. La gente enfervorizada gritaba que el CNI había tratado de disparar y le lanzaban patadas y combos desde todos los ángulos, divisé al Cigarra alejándose del grupo y me lancé a la algarada a tratar de pegarle al sicario, lancé una patada lo más fuerte que pude pero en ese momento el detenido cayó al suelo y mi golpe lo recibió el Pequén directo en la rodilla.

De a poco la voz de Sofía se fue imponiendo, nos llamaba a no linchar al bellaco, a trasladarlo al interior del edificio del frontis para interrogarlo. Nos dejamos convencer y permitimos que el vencedor del espía, le amarrara las manos con un cinturón y lo arrastrara del pelo hacia el interior de la Facultad.

Creo que difícilmente alguien en la universidad vivió en esa época un momento como aquél. A pesar de su bajo porte, la mirada desafiante y la frente en alto del Pequén, lo hacían ver mucho más alto que El Sapo encorvado que avanzaba arrastrando los pies y chorreando una mezcla de baba con sangre.

En el salón de actos del Hall Central se inició el juicio popular. Los dirigentes moderados que se habían desembarcado de la movilización el día anterior, dejaron las salas de clases al enterarse de la captura. Lo poco que aún funcionaba normalmente en Beaucheff terminó de paralizarse y todos acudieron al juicio.

El guatón Alvarado expuso largamente y con vehemencia todos los argumentos que justificaban la ejecución inmediata, pero era continuamente interrumpido por El Cigarra que seguía blandiendo el revólver, dando así un énfasis difícil de rebatir a sus argumentos a favor de interrogar a fondo, para sacar información sobre las direcciones de los centros operativos de la CNI y sobre la identificación de todos los sapos que hubieran infiltrado al movimiento universitario.

—¡De acuerdo con el compañero! —gritaba el Pequén— No podemos darnos el lujo de matar al Sapo, una porque eso nos igualaría a ellos en su bestialidad, y en segundo lugar porque es más importante sacarle información...

—Sí compañeros —apoyaba Sofía, despertando esa mirada de admiración del chico que nunca más nadie pudo borrar de su rostro— nosotros luchamos contra la barbarie de la dictadura, no podemos rebajarnos a cometer los crímenes que ellos cometen.

—¡Ustedes siempre con su humanismo! ¿No aprendieron nada con el golpe? ¡A la violencia de la dictadura la enfrentamos con violencia revolucionaria, compañeros! —el guatón Alvarado enfatizó su arenga con un puñetazo en la pared, y no pocos lo aplaudieron.

El Cigarra, tomando distancia de la discusión, se subió al estrado, en el que El Sapo reposaba en una silla, y con la cacha del revólver le asestó un golpe en la nuca.

—Ya huevón, ¿quiénes son los infiltrados que tienen en la U? ¡Contesta conchetumadre!

—¡Oye Cigarra, no te aproveches que andas armado! ¡Déjanos pegarle unos coscachos nosotros también!

En ese momento, y por primera vez, uno de los dirigentes de la DC, tomó la palabra.

—Camaradas, ¿se dan cuenta que este sapo nos está observando a todos? Yo sugiero que todos los que estamos en este hall nos tapemos la cara con pañuelos...

Aunque el hombre no era muy apreciado en ese auditorio, sus palabras desataron un murmullo de aprobación, y todos se cubrieron el rostro con lo que pudieron para luego reiniciar la discusión. El Pequén y el Cigarra, dueños de la tarima, custodiaban al detenido, pero no lograban evitar que entre los gritos y los forcejeos, de vez en cuando alguien trepara al escenario y le diera un par de patadas o combos al prisionero

—¡Cigarra! Ese revólver deberías entregarlo al decano, un alumno no puede andar armado por la Facultad.

Esta intervención desató una rechifla casi generalizada. En ese momento una mechona levantó tímidamente la mano mientras se cubría el rostro con la capucha de su buzo.

—Compañeros, tengo una proposición, ¿Por qué en lugar de taparnos todos el rostro, no le vendamos mejor la vista al Sapo? ¡Si al final el preso es él!

Sacó aplausos atronadores. Rápidamente, el Pequén se sacó su pañuelo del rostro y lo usó para vendar la cabeza del rehén con un fuerte nudo. El debate proseguía.

—¡Matemos a ese hijoeputa!

—¡No! ¡Si lo matamos nosotros no saldremos vivos de acá, la CNI ya debe venir en camino!

Esa intervención fue profética, en ese mismo momento se comenzaron a escuchar las sirenas y los ruidos de helicópteros, la vibración de las alas era tan intensa que temimos que los ventanales del hall estallaran en pedazos. Yo, que había seguido la escena del juicio desde lejos, fui de los primeros en percatarme de la llegada del decano. Se produjo un silencio incómodo, quizás provocado por su rostro pálido y desencajado. Avanzó lentamente hacia la tribuna, abriéndose paso con la ayuda de algunos dirigentes, de los nuestros iba Sofía y un par más. Subió al escenario y habló con voz muy baja, pidiendo silencio.

—Estimados alumnos, una de mis principales responsabilidades como decano en esta Facultad, es velar por la seguridad de ustedes...

El ruido de los helicópteros y las sirenas de furgones y radiopatrullas habían cambiado el ánimo de la asamblea.

—Decía que mi deber es velar por ustedes, y por eso tengo que exigirles que inmediatamente me entreguen a esta persona, y el arma que le quitaron. Yo conduciré a este señor a la salida y lo entregaré a las autoridades, y esa es la única posibilidad de que ustedes puedan regresar hoy ilesos a sus casas. No sé si se dan cuenta de la gravedad de la situación, pero si no actuamos de esa manera, estamos todos en un serio peligro...

El resto de la historia es conocida. Recuerdo las lágrimas de rabia del Pequén, también de Sofía, yo mismo terminé rabiando por la impotencia. No volveríamos nunca a vivir algo así; tener en las manos a un prototipo de los criminales del régimen, y dejarlo ir... Por mucho tiempo, años, conversamos sobre esto, todos los que vivimos esa jornada.

No recuerdo si cuando pasó lo del Cigarra llegamos a relacionar eso con lo del sapo. Creo que no, para nosotros el tipo no había sido más que eso. Un infiltrado soplón.

El Pequén fue el que luego empezó a decir «pensar que ese desgraciado anda suelto ahora por ahí, quizás delatando y hasta torturando gente, a lo mejor debíamos haberle hecho caso al guatón Alvarado».

Y tenía razón el chico en que el tipo siguió haciendo de las suyas, lo supe anoche cuando participé en la funa, en el momento que entré a la oficina y comprobé que estaba en lo cierto con la foto del volante. El tipo que tuvimos que soltar hace veinte años, había terminado por matar al menos a una persona, pensé en ese poblador dinamitado en la torre, y traté de imaginar a cuántos más podría haber muerto ese personaje que ahora escuchaba asustado —como aquella vez— consignas que lo amenazaban. Pensé que perfectamente podía haber tenido algo que ver con el asesinato del Cigarra. Razones no le faltaban para atacar a nuestro amigo. El Sapo está vivo y El Cigarra partió dejándonos con un perpetuo asombro, me quedo con esa imagen de él, tranquilo en el hall de la Facultad, sosteniendo el revólver bien alto, con la mano firme, mirando con desprecio a su detenido.


--Eduardo Contreras VillablancaIngeniero Civil Industrial, año de ingreso '84