Me acuerdo que una vez me tocó hacer una tarea de estadística con Sebastián Silva, un tipo brillante, campeón mundial juvenil de ajedrez en ese tiempo. Siempre llegaba de sus viajes en competiciones internacionales en la fecha del segundo control, pedía los cuadernos para estudiar y se sacaba puros 6.0. No lo encontraba en clase y se me ocurrió ir a buscarlo a la Chacra, el club de ajedrez. Allí estaba, en un rincón, solo y con la cabeza baja, como durmiendo sobre una de las mesas. Entonces me acerqué a él y lo saludé para decirle que teníamos que hacer la tarea. A continuación recibí gritos e insultos de un grupito de nerds que jugaban ajedrez en una mesa en el extremo opuesto de la habitación: "¡No lo interrumpas! ¿No ves qué está jugando con nosotros?". Sebastián jugaba a ciegas una partida múltiple y les estaba dando una paliza.
Era raro llegar más temprano a la Chacra que a clases, pero a veces sucedía. Sebastián se fue a Francia y allí le perdimos la pista.