Felisberto Hernández decía que el alma se acomoda para recordar, como se acomoda el cuerpo en la butaca de un cine. Luego el cuerpo se va, pero deja marcada en el asiento la memoria de su forma.
En 1993 hice mi primera práctica profesional en la Química Industrial S.A., la fábrica donde mi padre había trabajado como jefe de turno desde que fuera fundada por Carlos Yarur. En aquel tiempo, las prácticas duraban tres meses y solían hacerse en verano. A esa edad no importaba mucho perder las vacaciones. Pero había mucho que ganar, pues después de eso conseguí un trabajo como consultor por horas, dos días a la semana, con el que pude pagarme los estudios durante un tiempo.
Salía de la escuela y tomaba una micro o me iba caminando por Blanco Encalada hasta Exposición, donde me subía a otra micro rumbo a Cerrillos y me bajaba en Camino a Melipilla, frente al aeropuerto. Entonces rehacía los pasos que mi padre había recorrido durante más de dos décadas.
Una vez me detuvo una mujer gitana a quien, por no hacerle un feo, dejé que me hablara. Pronto comprendí que me arrepentiría. En un instante se plantó delante de mí, con aquel ajetreo de las sedas de su vestido que irisaban mi campo de visión y el tintineo de pendientes y collares me hizo caer en un estado casi hipnótico. De repente me cogió la mano izquierda, la aprisionó entre las suyas y se dispuso a verme la suerte.
—Se cruzará en tu camino alguien que te desea mucho mal —declaró con voz aguardentosa—. Pon un billete de luca en la mano y podrás verle la cara.
Por un segundo se me heló la sangre y me vino a la cabeza un conglomerado de imágenes de historias campesinas de brujos y machis y supersticiones acerca de la noche de San Juan que mi padre solía contarnos cuando éramos niños, para meternos miedo y tomarnos el pelo. Pronto me recobré y, rechazándola con un gesto brusco, retiré la mano que tenía atrapada. Intenté ser amable y despedirme educadamente.
—Lo siento, tengo prisa, me esperan en la pega...
—Tú pon billete, una persona mala te quiere mucho daño...
—Adiós, adiós...
Mientras bufaba y echaba humo por las orejas me dedicó una larga maldición en romaní que coronó aquella huida. "Se te va a achicar el pico tanto que ninguna mujer querrá acostarse contigo...", alcancé a distinguir cuando ya doblaba por la esquina. "Si es que es como un dátil, ya más pequeño no lo puedo tener...prefiero ser un eunuco con plata", me consolaba por dentro.
Al terminar la práctica me invitaron a colaborar con ellos unas horas por semana. No lo dijeron, pero comprendí que era un favor que la compañía le devolvía a mi padre por sus años de servicio hasta antes de morir. A los ojos de un muchacho, había un mundo fascinante por descubrir. Hasta hoy resuenan en mi cabeza términos como polycron, tobera, quenching o estado vítreo, que se quedaron grabadas en la memoria a presión y temperatura durante mi aprendizaje de la manufactura de fibra sintética de poliéster y textiles. La materia prima llegaba desde México y Colombia en forma de pellets, empaquetada en sacos grandes y era alimentada a los silos donde comenzaba el proceso de hilatura. El material se fundía al pasar por los moldes de extrusión a través de una miríada de orificios que iban dando forma a las fibras. Estas caían como spaghetti desde las alturas y en esta caída, pasaban por distintos estados de la materia a medida que se iban enfriando. Una vez abajo, estos fideos de plástico se transportaban ininterrumpidamente en una cadena continua, de una sala acondicionada a otra, donde se los estiraba para otorgarles las propiedades mecánicas adecuadas y finalmente se cortaban de acuerdo con las especificaciones del cliente.
El moldeo de polímeros no era lo mío, pero aquel año fue la primera vez que leí un artículo científico acerca de las propiedades de aislamiento de la hollow fiber. Me pusieron en la oficina técnica, con los ingenieros. Pedro, mi jefe, era ingeniero químico de la Federico Santa María y Osvaldo, ingeniero textil salido de las aulas de la Universidad de Santiago. Fue la primera vez que vi una planilla de cálculo. Osvaldo manejaba montones de macros en Quattro Pro -una especie de precursor del Excel- con las que calculaba balances de masa, gestionaba inventarios y hacía el cierre financiero. Pedro buscaba oportunidades nuevas de negocio, como el hormigón reforzado con fibra sintética y el reciclaje de botellas de bebida como materia prima para la fábrica y así reducir los costes. Eran malos tiempos para la Química, el mercado se había comprimido, así como los precios de la competencia. Leíamos montones de papers, yo hacía modelos lineales que correlacionaban variables y parámetros operacionales y cálculos simples para optimizar los procesos. Día a día bajaba al laboratorio donde aprendí a medir la densidad de un sólido y a manejar el equipo de ensayos de caracterización mecánica. Pude ver cómo se dibujaba en tiempo real un gráfico de esfuerzo versus deformación, y comprendí así los conceptos de fluencia, creeping y resistencia y el comportamiento reológico de fluidos no newtonianos.
La gente estaba todo el tiempo bromeando. Llamaban por teléfono imitando la voz del patrón para dar órdenes e intimidar. Una mañana sonó el teléfono y resultó que era cierto. Le molestó el tono seco de mi respuesta y se mostró disgustado porque no lo había reconocido. "Su padre no era así...¡tan arrogante!." "Si te oyeras a ti mismo, sabrías lo que es la arrogancia, viejo mamón", respondía en mi interior. Mi padre siempre fue un hombre humilde y reservado, pero nunca se sometió a los abusos de ningún déspota. Es curioso, ya que el déspota y mi padre, ambos hoy desaparecidos, posan abrasados y sonrientes, en una foto encima de mi mesilla de noche.
La competencia con los chinos y los alemanes era feroz y es así como a finales del 95, Química Industrial S.A. se declaró en bancarrota. Un día me llamaron de Recursos Humanos y me dieron un sobre azul. Me reí y sentí que aquello era la escenificación misma del ridículo, ya que ni siquiera tenía un contrato. Le enseñé el sobre a Pedro, éste lo cogió y sin mirarlo lo rompió en varios pedacitos que fue tirando al cubo de basura. Entonces recordé el primer augurio de la gitana y se me encogió el pirulín.
—Amigo Felisberto, estas fibras de recuerdos siguen estirándose en el tejido de mi memoria. A veces se retuercen, otras se enredan en una madeja que rueda sin parar, escondiendo la punta de la hebra.