3,93

—¡Acuña! —leyó en voz alta el profesor de Cálculo II, pero no estaba pasando lista. Reaccioné con la rapidez que tendría un perro de Pavlov al escuchar una campanilla y me puse de pie—. Vaya, así que usted es Acuña —dijo sorprendido, como si fuera la primera vez que me veía y su rostro cambió—... Mientras calculaba su promedio final me vi enfrentado a un conflicto —confesó amablemente a todo el curso—, su promedio final es de 3,91, quise hacer una excepción para aprobarlo pero necesitaría cuatro centésimas, es demasiado, lo siento.

No me quedó más que aceptar sus falsas disculpas y sentarme resignado.

—¡Aguilera! —siguió el profesor con su lista alfabética— su promedio dio 3,93, como estaba a sólo dos centésimas de rasguñar el cuatro, a usted sí lo pude aprobar, felicitaciones.

Aguilera me miró, me cerró un ojo y sonrió.

Y así se pasó el profesor toda la hora, salvando y sepultando vidas. Cuando el último reprobado se sentó, me acerqué raudo al profesor y saqué mi carta bajo la manga: Yo estaba convencido de que se había cometido un error al corregir mi examen, sabía que tenía que tener unos puntitos más por ahí que harían cambiar de color mi promedio final.

—Venga a mi oficina mañana temprano y lo revisaremos juntos —respondió el profesor que me pareció muy comprensivo y compasivo.

Al día siguiente al ver mi examen pude comprobar que el puntaje estaba mal sumado, tal como lo había intuido tenía más nota, calculé mentalmente mi nuevo promedio: 3,93 “¡Igual que Aguilera!” casi grité, ni siquiera me molesté en revisar mis respuestas a las preguntas. Le enseñé al profesor mi descubrimiento, quien sin inmutarse tomó su calculadora, hizo su cálculo y me miró con una fingida cara de pena mientras guardaba las hojas de mi examen.

—Sólo le da un 3,93, no le alcanza para pasar —dijo mientras me enseñaba la irrefutable pantalla verde de la Casio.

El profesor olvidó todas las excepciones hechas el día anterior, ¿qué sentido habría tenido refrescarle la memoria? ¿Tenía que recordarle a Aguilera? Ya no tenía mi examen a la vista y ni siquiera había revisado si estaba bien corregido, me lamenté. Me había confiado en que el profesor haría las mismas excepciones del día anterior. Mi error. A pesar del duro golpe no perdí mi dignidad.

—Sí profesor, tiene razón, no me alcanza —le dije y me fui cerrando delicadamente su puerta.

Esa fue la tercera vez que me reprobó el mismo ramo, lo que significó una expulsión de la Universidad y truncar todos los planes de mi vida.


--Carlos Aguilera Á.Ingeniero Civil Industrial, año de ingreso '88