Ironía
Estoy en la Escuela, aún con varios ramos por aprobar antes de obtener el título. La próxima semana es de controles. Considerando el horario de clases, pienso en el tiempo libre que tengo para estudiar por cada ramo y siento angustia porque, luego de este semestre, aún queda otro más para sacar la carrera, pero reflexiono y mis pensamientos son incongruentes, no calzan, porque yo fui a la secretaría del edificio Escuela y pregunté por el proceso de titulación. Me informaron que aún me faltaban 3 unidades docentes (UD), porque —a pesar de que tenía todos los ramos ya hechos y aprobados— un curso de mi especialidad había bajado de 6 a 3 UD y, necesariamente, debía hacer otro curso electivo. Entonces me desespero y comienzo a preguntarme: ¿por qué tengo varios ramos?, ¿por qué debo dar tantos controles?, ¿por qué?, ¡por qué!... Despierto, miro el celular y son las 03:14:16, caigo en la cuenta de que esa mezcla de incongruencias era una pesadilla y siento alivio al advertir que me titulé hace muchos años.
Siento mucho orgullo de haber estudiado en Beauchef y tengo muy buenos recuerdos de los años pasados en la universidad. Si debo elegir qué etapa fue la mejor, sin dudar elijo el primer semestre en la Escuela. El tiempo se ralentizó en esos días, por primera vez en mi vida estuve sentada en aulas que eran auditóriums, que albergaban a más de 100 alumnos, en clases que son cátedras, profesores que son maestros en su especialidad: don Patricio Aceituno en Física, don Raúl Gormaz en Cálculo, don Patricio Poblete en Computación y don Leonardo “Palta” Sánchez en Álgebra. A este último lo recuerdo con un cigarrillo encendido en la mano, demostrando siempre pasión por enseñar, a la cual nosotros retribuíamos con aulas llenas y silencio absoluto, silencio que se rompía de tanto en tanto con carcajadas ante frases como: ¨Mi perdición son los caballos lentos y las mujeres rápidas¨. Es aquí donde viví por primera vez el pluralismo y la igualdad en el aula, todos estábamos cursando plan común, independiente del colegio o liceo del cual veníamos, sin importar quiénes fuesen nuestros padres; quién seguiría estudiando en el futuro, sería por mérito propio y porque aceptaba esta heterogeneidad.
La fuerza de voluntad y la responsabilidad, que hoy llamamos autogestión, era fundamental. El inicio de la vida universitaria se entremezclaba con la semana pre mechona, la semana mechona, la ida a Cartagena, la toma del puente y un sinfín de otras actividades entretenidísimas disfrutadas en plena libertad, por lo que, para cualquier estudiante era fácil perderse y olvidar el motivo de estar allí.
Todo lo que viví en la U como mechona y en los años que siguieron, me marcaron para siempre y una de esas marcas es la convicción de que, en lo profesional, nada puede ser más desafiante que el haber sacado adelante una carrera en la Escuela de Ingeniería.
Y por eso subrayo y relato la ironía, de que una de las etapas más bellas de mi vida, también sea una pesadilla, que de tanto en tanto me recuerdan esas verídicas y malditas 3 UD.