La esponjita

Casi al final de uno de los ramos de industrias, no recuerdo el nombre del profesor, teníamos que entregar el último informe alrededor de las nueve de la mañana de un miércoles. El día anterior, terminé a última hora de retocar los detalles, y ya siendo pasada la medianoche, me puse a imprimir el informe con una impresora a inyección de tinta. De repente las letras se pusieron tenues y luego ya simplemente no se imprimían. Desesperado, llamé a un amigo computín que cachaba harto. Entonces mi amigo me dijo: “esos cartuchos tienen unos taponcitos por donde pasa la tinta y se secan, debes sacarlos y lavarlos para sacar la tinta seca, los re-instalas y listo”. Seguí sus indicaciones al pie de la letra, aunque ya era la una y media de la mañana. Saqué el taponcito y fui al baño para lavarlo. En un segundo se me soltó de las manos y se fue por el resumidero. ¡La madre que parió al fabricante! Agarré una llave inglesa para desmontar el lavamanos. Pude abrirlo pero vi que el taponcito ya no estaba. Era una esponjita tan pequeña que seguramente pasó rauda por la trampa de agua. Cagué con el informe, pensé. A las ocho de la mañana estaba en Industrias esperando al profe para explicarle lo que me había pasado, pero no me recibió sino hasta las once. Recuerdo que me retó mucho: “Usted no tiene que esperar que yo salga de mi oficina, si tiene un tema urgente, ¡debe interrumpir!” Aprendí una lección para toda la vida. Me dio un día más y así pude entregar el informe.


--Rodrigo FaríasIngeniero Civil Industrial, año de ingreso '89