Historias de PreU
No voy a contar ahora de cómo llegó el PreU a Beauchef en 1990, porque yo llegué a allí en 1991, ni de los casi 600 alumnos anuales y 95 profes, ni de las historias de profes, porque hay exdirectores que pueden contarlo mejor que yo. Ni del facsímil de la Prueba de Aptitud Académica (PAA) de Verbal que editamos en 1 hoja tamaño oficio por ambos lados (incluido los textos de comprensión de lectura) para ahorrar costos. Ni de las guías que hacíamos en la semana, a 6 columnas y reducciones, optimizando al máximo los espacios. Ni que todo lo imprimíamos a la mala con don Juanito Alfaro en el subterráneo de Geología, entreteniendo a los perros para que “el palomo” o “el feller” se metiera para retirar las copias el viernes en la tarde para compaginarlas hasta ya caída la noche, y que siempre estuvieran listas para entregarlas el sábado.
Fueron las historias de alumnos las que me llevaron por 5 o 6 años a hacer clases todos los sábados en el primer módulo, incluso pasando de largo del carrete del viernes. Recuerdo con cariño la ilusión y esfuerzo de esos cabros, aunque de la mayoría no supe cómo terminaron. Por ejemplo, la historia de Segundo Painemal, un par de años mayor que yo, que me pedía guías y guías de ejercicios y llegaba el sábado con su carpeta con hojas de impresoras de esas largas, con todos los ejercicios resueltos, salvo el 185, el 287 y el 304, que no los había podido resolver. O la del Tata Pablo Caviedes que, también mayor que yo, estudió industrial de la escuela y que llegó a altos puestos en Collahuasi.
Pero con especial cariño recuerdo la historia de un chico de apellido Maldonado (Claudio o Carlos, mi memoria en esto es difusa), que llegó en abril al PreU con una PAA de diagnóstico de apenas 350 puntos en matemáticas, pero que a fines de mayo ya iba en 500 y que en el facsímil previo a vacaciones de invierno sacó 630 puntos. De vuelta de vacaciones, a comienzos de agosto, se acercó y tuvimos una conversación que siempre ha retumbado en mi cabeza. Me dijo:
—Tito, quiero darte las gracias por todo lo que ustedes hacen, por lo que he aprendido, porque me sentí universitario con clases en las mismas salas que ustedes, por lo que han subido mis puntajes, y que demuestran que sí me la puedo… Pero debo retirarme… Esta es una linda ilusión, pero es una ilusión para mí... Mi madre está separada y cuida a mis 3 hermanos chicos. No tenemos ayuda de nadie y yo debo trabajar para parar la olla en la casa… Fue una linda ilusión, pero debo retirarme… Muchas gracias, de todo corazón.
No supe qué responderle, salvo darle un abrazo y desearle que le fuera bien.
He recordado decenas de veces esa conversación, hasta lágrimas se me han caído… Lo único que logré de esas reflexiones, fue que las becas de aranceles no le servían a los que más necesitaban, porque aunque el Crédito Fiscal existía, los que realmente no tenían ni uno, necesitaban plata para comer, fotocopiar, movilizarse y también para ayudar en sus casas. Ojalá ese chico haya tenido otra oportunidad, pero aun en la impotencia de no poder hacer nada por él, creo que en sus palabras estaba uno de los valores esenciales del PreU: dar oportunidades a los que no las tenían y un poco hacerlos vivir el lindo camino universitario, que la mayoría de nosotros recorrimos, tal vez, sin apreciar su valor.