Mechoneo
Era 1989, recién había entrado, segundo día de mechoneo. Me había logrado escabullir el primer día cuál rata entre pasillos y cloacas de la universidad. Ese día pretendía hacer lo mismo, con la mala suerte que no pude salir de la sala antes de que el profesor terminara su clase. Los alumnos de 2do ya esperaban fuera de la sala y habían bloqueado todas las vías de escape de la F10. Mi corazón latía fuerte y me sudaban las manos, en ese entonces pesaba solo cincuenta y nueve kilos (una verdadera ratita frágil, fácil de capturar y someter a los vejámenes del mechoneo), así que mi desesperación aumentaba en la medida que el profesor dejaba la risa en el pizarrón, tomabas sus libros y recitaba de memoria un tibio y minúsculo “chao”. Dicho y hecho, fuimos capturados los más débiles en un abrir y cerrar de ojos, nos llevaron amarrados a la fuente que está justo saliendo la F10. Aún siento la mirada penetrante y amplia sonrisa de esa rana fría de metal, único habitante de esa marmolada fuente. Nos hicieron hundir en un caldo putrefacto de vinagre, aceite, desechos alimenticios y también orgánicos de quien sabe qué seres vivos. Todos acatan serviles excepto yo, que me hundo hasta los hombros e infundido no sé de qué estúpida energía, me levanto y comienzo a bracear y lanzar ese caldo a todos los que miraban atentos el frío espectáculo que dábamos esos pobres mechones. Al instante la multitud pidió mi cabeza, me tenían agarrado entre seis, me fue imposible oponer resistencia, pero de repente escucho una voz lejana que dice imponente “alto ahí, dejen tranquilo a mi primo!”. Lentamente me dejan nuevamente en el piso y la muchedumbre comienza a abrir paso a mi primo Manuel Valenzuela, con un grupo de sus compañeros ya en 4to año de computación....nunca había sentido tanta felicidad de ver a un familiar como ese día, había visto la luz al final del túnel, y este héroe no anónimo, sangre de mi sangre, me había dado una segunda oportunidad en la vida. Me acompañaron al baño, pude lavarme lo que más pude y emprender mi viaje de vuelta a casa, con todos los pasajeros de la micro con su nariz tapada.