La chispeza de último minuto
Había egresado del Instituto Nacional y se me habían dado bien las Matemáticas y la Física. Sin embargo, Beauchef colocaba la cosa, por decirlo menos, unos varios peldaños más arriba.
Era una fría y lluviosa tarde en Beauchef, como esas que ya son escasas en la capital. En unos minutos más daría inicio otro control de Cálculo en Varias Variables. El control en cuestión tenía solo dos preguntas y cada una comenzaba con ese “demuestre que...”, frase que solo hacía presagiar que lo que se venía a continuación eran esos quebraderos de cabeza de antología. Una rápida mirada al control, dos preguntas, las dos difíciles, había que tomar una decisión, no hay mucho tiempo, 3 horas, decidí dedicarme íntegramente a resolver uno de estos rompecabezas.
Había estudiado, así que comencé de inmediato a elucubrar ideas; una, dos, tres, cuatro planas de ecuaciones, reducción al absurdo, teorema de Fubini, nada parecía resultar, el monstruo estaba intratable. Seguramente había escogido mal, a lo mejor el otro problema era más sencillo. Ya habían pasado más de dos horas, era tarde, había que seguir insistiendo con éste. Los minutos corrían y yo seguía dándome cabezazos con más ecuaciones. Quizás si reemplazo este resultado de aquí en aquella ecuación, o si utilizo tal identidad y multiplico por tal o cual factor, tal vez este truco pueda servir. Nada, el maquiavélico acertijo parecía haber sido preparado con la intención de terminar por desesperar a quien intentase descubrir su verdad. Demuestre que…, todo de nuevo, quizás algo se me había escapado, hasta la última neurona de mi cerebro estaba centrada en la labor de descifrar el acertijo.
El tiempo seguía corriendo hasta que el auxiliar rompe el silencio de la F10 con aquella temida frase: quedan 5 minutos, no olviden colocar nombre a las hojas. A esas alturas ya era presa de la desesperación, había decidido dedicar todo a un solo problema que aún no podía resolver. Si lo lograba, me sacaría un 4.0 y el esfuerzo habría valido la pena, pero todavía estaba lejos de conseguirlo. Es quizás en estos momentos cuando, a la vista del tiempo restante, algo ocurre, se produce en nosotros eso que nuestro conocido Gary Medel bautizó como la “chispeza”, palabra que representa la viveza u ocurrencia de alguna persona para sortear algún obstáculo con genialidad. Como Neo en Matrix volví sobre mis cálculos, miré la auténtica ensalada de ecuaciones que se erguía ante mis ojos y de repente una de ellas se destaca sobre las demás. Allí estaba, por supuesto, aquella igualdad de entes matemáticos tenía la clave. Ya casi todos habían entregado, el auxiliar impaciente miraba a los que quedábamos, vayan entregando, decía. En un frenesí terminé por desarrollar los últimos reemplazos y cálculos de rigor, y cuando todos ya se iban, el resultado final se apareció ante mí: ¡demostrado! Dibujé el consabido cuadradito negro al final y entregué la prueba. Días después la nota: un 4.0. La tarde había sido salvada.