Las calculadoras

Entre las calculadoras más potentes y avanzadas de la época de los 90, se encontraban las Casio, modelo FX 750, 850 y 880. Esas eran las más populares, pero los más frikis eran fanáticos de la notación polaca y preferían las calculadoras HP o las Texas Instrument. Otros sólo podían soñar con aquellos equipos, pues tenían que conformarse con una simple calculadora de bolsillo.

Había un modelo de la Casio, la PB-100, conocida popularmente como “La submarino”, perfecta en su diseño para guardar torpedos, gracias a su generosa memoria. En algunas era posible programar, en Basic, algoritmos de descomposición LU y métodos iterativos de Jacobi para la resolución de sistemas lineales. Estas herramientas eran muy útiles para implementar los métodos que estudiábamos en el curso de Cálculo Numérico, resolver problemas de física mediante la transformada de Fourier y programar el método Simplex en el curso de Optimización.

Todo esto me hace recordar el sentimiento de envidia que me infundían los compañeros que tenían una calculadora científica. Yo sólo contaba con una modesta calculadora “Casio FX 80 College”, de la cual me sentía muy orgulloso, ya que había logrado salvar con esta fiel compañera varios ramos hasta que le tocó el turno a Cálculo Numérico. Este curso -haciendo honor a su nombre- estaba repleto de cálculos numéricos que requerían resultados con muchos decimales. En los controles debíamos realizar innumerables operaciones que me obligaban a teclear rápidamente, anotando los resultados de cada paso intermedio, muchas veces sentado en una vieja silla universitaria, que no destacaba precisamente por su comodidad.

Un día, me encontraba en mitad de un control, muy cansado, haciendo un cálculo larguísimo, con el tiempo jugando en mi contra. En un instante dado, leí el resultado en el visor, más verdoso de lo normal por culpa del envejecimiento. Dejé descansar la calculadora al alcance de mi mano y procedí a anotar en la hoja el valor numérico que mostraba mi querida amiga. Aquel día la suerte no estaba de mi lado, pues mientras escribía pasé a llevar la calculadora con el codo, en un movimiento tan complicado y poco probable como aquellos que estudiábamos en clase de Mecánica II. Mi calculadora cayó al suelo y entonces oí un golpe seco y triste a la vez. Luego percibí el murmullo ahogado de consternación de los compañeros que estaban a mi alrededor. Miré al suelo, aterrorizado, pensando que me quedaba sin mi humilde, aunque útil herramienta, y al recogerla advertí que se había roto el receptáculo de las pilas. Sin calculadora estaba perdido, ya no había nada que hacer. Miré alrededor con ojos suplicantes y el compañero que estaba a mi lado me respondió con su mirada, como diciendo: “¡cómo tan huevón!”. De inmediato sacó una calculadora de bolsillo, de esas solares, y me dijo: “toma, te puede servir”. Le agradecí muchísimo aquel gesto y entonces continué con mis cálculos.

Al final logré aperrar en el control y también en el curso, pero aún recuerdo ese sentimiento de “y ahora, ¿qué chucha hago?”, y también conservo la calculadora como vestigio de aquel momento y de una historia que tuvo un final feliz. Más aún, habida cuenta de la generosa ayuda de un compañero que, a estas alturas de la vida, ya no recuerdo.


--Fernando GarcíaIngeniero Civil Industrial, año de ingreso '89