En la Escuela la mayoría éramos normales, sin embargo, había un grupo de compañeros brillantes que parecía que venía de otro planeta. Entre ellos estaban Rodrigo Soto que entró en 1989, Sebastián “Benji”/”Mechilva” Silva y Juan Diego Dávila de 1990 y otros con un don especial.
A propósito de Juan Diego Dávila, compañero de un nivel superlativo, recuerdo que una vez estaba en una clase de Cálculo en Varias Variables o Ecuaciones Diferenciales. Era 1991, estábamos en nuestro segundo año y el profesor estaba explicando algo bien denso, tan complicado que casi nadie entendía nada, y la verdad yo no entendía mucho tampoco, al igual que mis compañeros alrededor. Recuerdo estar acompañado de Claudio Tala, Javier Sierpe, Mauricio Taulis, Francisco Valdés, entre otros amigos. La clase se daba en el segundo piso del edificio de Química y la sala estaba repleta. El profesor/a de cátedra hizo una pregunta abierta y toda la sala enmudeció; no volaba una mosca y me llamó la atención en mi oído músico, un comentario de Juan Diego, quien estaba justo detrás, que le dice al compañero sentado a su lado, casi como en un susurro, con un tono sereno y relajado "súper fácil, es un hiperboloide en Rn, desplazado de los ejes en f(x) (alguna función variable no muy común y en ningún caso lineal). Yo no podía imaginarme eso ni en sueños, ahora menos. Era un genio. Quedé preocupado para el próximo control.
Marcelo Espinoza recuerda que estuvo en un examen en el que Juan Diego sacó una nota por debajo del 6,0 y todos pensamos que en realidad era un ser humano común, después de todo. Hasta que fue al reclamo y convenció al ayudante de que había resuelto uno de los problemas de una forma muy novedosa. Al final, tenía un 7, como era de esperar.
En aquellos años había varios dioses que bajaban del Olimpo para mezclarse entre los mortales. Transitaban entre el patio y las aulas, pasando desapercibidos a menos que abrieran la boca o vieras su nombre publicado en el tablón de las notas al lado de un rutilante 7.
Uno de esos compañeros brillantes era Sebastián Silva Lillo. Sebastián es una de las personas más inteligentes que he conocido en la vida y al mismo tiempo una de las más sencillas.
Tuve la oportunidad de ser su compañero en la sala 212 G del segundo piso de Geología en primer año de ingeniería, en 1990. Nos sentábamos siempre junto a Ricardo Ulloa y Enrique Urra (hoy odontólogo). Con ellos participamos en varios campeonatos de Taca Taca que se celebraban en las salas que había al frente del edificio de Computación. Jugábamos al pool y también al ping-pong. Sebastián nos acompañaba cuando podía, porque como era campeón juvenil de ajedrez, pasaba viajando por medio mundo y se perdía la mitad del semestre. Regresaba justo en la fecha del segundo control. Varias veces me pidió los cuadernos para estudiar en un par de días y salir jugando con puros 6. Sólo con un par de días de estudio más habría conseguido la nota máxima.
Cuando fuimos por primera vez a los pool, él no sabía mucho. Sin embargo, con unas pocas sesiones se convirtió en el mejor, aplicando en su técnica de juego fórmulas de física, roce, y mucha geometría. Logró hacer muchos massé perfectos y hacer saltar la bola blanca sobre otra, además de dejarnos siempre pillos.
Al salir de la Escuela caminábamos por el Parque O’Higgins para tomar la línea 2 del metro. Entonces cambiábamos en Los Héroes y Sebastián se bajaba en la parada de Salvador. Vivía en el barrio Bellavista.
El sobrenombre Benji se lo puse yo, ya que en primer año estornudaba mucho, pero sin hacer mucho ruido, como un perro chico mojado. Recordé que había un perro famoso llamado Benji, que era el protagonista de una película del mismo nombre. A partir de entonces todo el mundo lo conocía como Benji, Pelao o Mechilva. Al parecer “Me” era el prefijo para los asiduos a la Chacra, el club de ajedrez de la Escuela, para denominar a un Mechón.
Una vez me pidió que lo acompañara para verlo jugar en un campeonato de ajedrez en el Estadio Sirio, en la Avenida Vitacura, a la altura de Padre Hurtado. Al llegar allí, vi que había varias mesas de jugadores y no quise interrumpirlo. Él me vio de reojo y de inmediato se paró para saludarme al mismo tiempo que daba vuelta el reloj de arena para que su rival, una chinita, hiciera rápido su movimiento en el tablero y devolviera el reloj, para que el tiempo cayera encima de nuestro héroe beauchefiano.
Yo miraba con angustia la situación y no comprendía cómo él, en mitad de la partida, estuviera a la vez conversando conmigo y jugando con su contendora, y más encima con el tiempo corriendo en su contra, entonces lo apremio: -¡Ve a jugar!...luego hablamos. Ante lo cual, Benji, parsimoniosamente, me responde: -No pasa nah, ya tengo lista a la chinita, es súper palta.