Nada hacía presagiar la caída: la casa donde residía era de una elegancia inusual, el silencio, apacible y rotundo. Un can tranquilo y oscuro parecía preservar mi escritura. Un tiempo después algo pareció desestabilizar tanta pureza y ya solo todo fue vivir con fruición la fiebre, el cansancio, la simpleza del espíritu ante el quebranto de la enfermedad, horizonte último de la carne.