Preservemos el silencio
que todo lo limpia,
que borra estulticia e impostura.
Preservemos la discreción del sabio
que camina al encuentro de sí,
portador del secreto que permanece.
Preservemos al viejo eremita
que, perdiéndose en la montaña,
no volvió jamás a su choza
y no tuvo que lamentarlo.