Daedron
Daedron
Xuich Uldru, espia de Krumpack
Xuich Uldru aparece flotando sobre un espacio sin dimensiones claras. No hay arriba ni abajo, no hay horizonte ni forma: solo un vacío indefinido que no responde a ninguna ley conocida.
A la distancia, lo único que existe es un círculo gris, suspendido en la nada, donde un sello antiguo brilla con una luz oscura, como si la misma ausencia de luz lo alimentara. No hay nada más. Ni sonido, ni materia, ni tiempo perceptible.
Xuich comienza a levitar hacia el sello, atraído sin resistencia, sin cuestionarlo. El vacío no se opone. No hay distancia real que recorrer, pero aun así avanza, hasta que finalmente se posa sobre el círculo, apoyando sus pies sobre la superficie del sello.
En el instante en que lo pisa, un susurro emerge.
No proviene de un punto fijo. Viene de todos lados a la vez, envolviendo cada rincón de ese no-espacio.
Una voz.
—Te estaba llamado… —dice, con una presencia imposible de ignorar—. Hay una misión… una que solo tus habilidades podrán resolver.
Xuich no duda.
—Sí, maestro Krumpack.
Krumpack
Xuich abre los ojos y estaba levitando en una capilla en Kidul. Se endereza en el aire y extiende las manos hasta que una emanación naranja dorada sale de su pecho hacia su mano, condensándose con un pulso tenue. La energía se estira y se abre frente a él, formando un portal a unos pasos de su posición.
La voz de Krumpack susurra, filtrándose en el aire inmóvil de la capilla:
—Entra… y busca información sobre el pacto del azar en este lugar.
Xuich Uldru entra, y su noción de la realidad se distorsiona.
Esto no era solo un portal hacia otra parte del planeta. Era una puerta hacia una jaula de tiempo… casi como entrar al foso.
El espacio se pliega sobre sí mismo, las formas pierden sentido y la percepción se fragmenta en capas imposibles. No hay dirección clara, pero hay presencia.
A lo lejos, puede divisar tres figuras que ríen y parecen preparar un tablero de juego. Sus movimientos son lentos y precisos, como si cada gesto tuviera consecuencias que aún no ocurren.
Esas presencias se ven muy poderosas… más que su maestro Krumpack.
Xuich se despierta en otro sitio.
El tribunal del azar
Solo ve un largo e interminable pasillo de pisos octogonales perfectamente alineados y paredes cubiertas de formas abstractas que parecían cambiar sutilmente cada vez que apartaba la vista. Las estructuras no seguían ningún patrón lógico; algunas sobresalían como relieves afilados, mientras otras parecían hundirse en la materia misma del corredor. Una tenue iluminación blanquecina recorría el lugar sin que existiera una fuente visible de luz, bañando todo con una atmósfera fría y antinatural.
Xuich se pone en pie de inmediato, incorporándose con rapidez pese al desconcierto inicial. Sus ojos recorren el entorno mientras intenta comunicarse con su maestro a través del vínculo que siempre había sentido presente en el fondo de su mente. Pero no obtiene respuesta. No escucha nada. No siente nada. Es como si aquella conexión simplemente no existiera.
Y eso solo significaba una cosa.
No estaba en el mismo mundo.
La comprensión le atravesó la mente como un golpe seco. El aire mismo se sentía distinto, pesado y vacío al mismo tiempo, como si las reglas de aquel lugar fueran completamente ajenas a las que conocía.
A lo lejos logra distinguir una puerta.
Sin perder tiempo, se acelera hacia ella con rapidez, sus pasos resonando por el extraño corredor octogonal. Pero justo cuando está a punto de atravesarla, la puerta reacciona.
La superficie comienza a deformarse violentamente.
La estructura se abre de golpe como una enorme mandíbula viva, revelando filas de dientes irregulares y afilados que se extienden hacia él con intención de devorarlo por completo. Xuich alcanza a reaccionar a tiempo. En un instante desaparece del lugar mediante un teletransporte corto, reapareciendo varios metros más atrás mientras la monstruosa boca se cierra con fuerza, produciendo un ruido húmedo y desgarrador.
Sin dudarlo ni un segundo, Xuich arremete contra la criatura.
Se impulsa hacia adelante con violencia, canalizando toda su agresividad en un ataque directo. Su arma atraviesa la carne deforme de la puerta viviente mientras esta se retuerce emitiendo sonidos guturales imposibles de identificar. Xuich continúa avanzando sin detenerse, despedazando la estructura hasta abrirse paso hacia el interior de la criatura.
Pero en el momento exacto en que entra para matarla…
Es transportado.
Mimic de la puerta
La sensación es abrupta y desorientadora, como si el espacio mismo se plegara alrededor de su cuerpo.
Un instante después, su cuerpo es expulsado desde dentro de otra puerta dentada, saliendo violentamente por la boca de esta hacia un espacio completamente distinto.
Frente a él se extiende una enorme plataforma suspendida en el vacío, llena de gigantescos dados flotando en todas direcciones. Algunos giraban lentamente sobre sí mismos, mientras otros permanecían inmóviles, suspendidos en el aire como piezas congeladas fuera del tiempo. El vacío alrededor parecía infinito.
Entonces ocurre.
Su percepción de arriba y abajo cambia de manera repentina.
La gravedad se invierte sin ningún aviso, y Xuich siente cómo su cuerpo es arrastrado brutalmente hacia lo que antes era el techo. Cae con fuerza, pero logra estabilizarse antes del impacto total, adaptándose rápidamente al cambio antinatural. Sus pies se afirman con firmeza sobre la nueva superficie mientras el resto de los dados continúan flotando a su alrededor en trayectorias imposibles.
Reacciona al instante.
Sostiene su puñal en posición defensiva, tensando cada músculo de su cuerpo mientras observa el extraño escenario. Sus sentidos se agudizan.
Entonces lo siente.
Una presencia.
Algo lo observa desde muy cerca.
El silencio del lugar se vuelve insoportable.
Sin darse cuenta, detrás de él comienza a formarse una figura compuesta enteramente de dados. Decenas de cubos giratorios se ensamblan unos sobre otros, construyendo lentamente una silueta humanoide distorsionada y antinatural.
Y antes de que Xuich pueda reaccionar…
La entidad ataca.
Una lluvia de dados sale disparada directamente hacia su espalda con una velocidad brutal. Los proyectiles impactan uno tras otro, golpeándolo con una fuerza inesperada y descomunal. El ataque lo toma completamente desprevenido.
El dolor recorre todo su cuerpo.
Su visión se nubla.
Y finalmente, Xuich cae inconsciente.
Dedrak
elemental de dados
Xuich se despierta.
Está atado.
Frente a él, solo hay un trono. Sobre él, un ser oscuro permanece sentado, señalándolo con la mano.
—¿Eres de Dadreon o Daedron? —pregunta—. Porque no pareces ninguno de los habitantes de estos reinos…
Xuich no responde.
El ser se pone de pie y extiende sus brazos. A la distancia, el cuerpo de Xuich comienza a retorcerse de dolor, como si fuerzas invisibles lo desgarraran desde dentro. Siente cómo esa presencia invade su mente, intentando extraer información.
Xuich reacciona.
Rompe las cadenas que lo ataban y se transporta directamente hacia el ser para asestarle un golpe. Su daga atraviesa el cuerpo… pero no le hace daño. Lo cruza como si fuera humo.
A su lado, el ser de dados aparece y lanza un dado enorme. El impacto lo empuja violentamente contra una pared, rompiéndola, arrastrándolo hacia otra dimensión.
Afmol Drux
La gravedad cambia hacia los lados.
El mundo entero se inclina de forma abrupta y antinatural. Xuich siente cómo el suelo deja de ser suelo en un instante, y su cuerpo es arrastrado violentamente hacia una de las paredes del extraño recinto. Sale despedido sin posibilidad de reaccionar y golpea de costado con una fuerza brutal contra la superficie rígida del lugar.
El impacto le corta la respiración.
Un crujido seco recorre su cuerpo mientras rueda unos metros antes de detenerse. Escupe sangre sobre los extraños mosaicos geométricos, dejando manchas oscuras que lentamente se deslizan debido al constante cambio gravitacional del entorno.
—Esto no está funcionando… —dice con dificultad, incorporándose lentamente mientras se sostiene el abdomen.
Su respiración es pesada. Cada músculo le duele y su mente apenas logra adaptarse a las absurdas alteraciones físicas de aquel sitio imposible. El lugar parecía cambiar sus reglas constantemente, como si intentara quebrarlo poco a poco.
Entonces escucha algo.
Un sonido irregular.
Como pequeños objetos chocando entre sí.
Xuich gira apenas la mirada.
Por el hueco deformado de una de las paredes asoma lentamente la cabeza del elemental de dados. Su rostro incompleto estaba formado por cubos giratorios que encajaban y se desacomodaban entre sí sin cesar. Sus “ojos” eran simples puntos blancos brillosos grabados sobre dados flotantes que lo observaban fijamente desde la oscuridad.
Y detrás de él…
Algo cae.
Un enorme cieno con forma de dado se desprende desde lo alto y desciende directamente hacia Xuich. La masa gelatinosa gira lentamente mientras cae, deformándose y recuperando su forma cúbica una y otra vez.
Xuich logra reaccionar apenas a tiempo.
Se impulsa hacia un lado, esquivando por poco el impacto. El cieno se estrella contra la superficie con un sonido viscoso, expandiéndose como una masa líquida antes de volver a comprimirse hasta recuperar nuevamente su forma de dado.
Pero no se detiene.
La criatura comienza a perseguirlo.
La masa viscosa avanza deformándose por el suelo, extendiendo fragmentos de sí misma como tentáculos gelatinosos que intentan alcanzarlo. Al mismo tiempo, desde distintos puntos del escenario empiezan a surgir dados flotantes que salen disparados hacia Xuich como proyectiles.
Como balas lanzadas al azar.
Los cubos atraviesan el aire a velocidades impredecibles, rebotando contra paredes, techos y pisos mientras cambian de dirección debido a las constantes alteraciones gravitacionales. Algunos pasan rozándole el rostro. Otros impactan cerca de él, dejando grietas y explosiones geométricas en las superficies.
Xuich huye.
Corre tan rápido como puede a través de aquel lugar imposible, atravesando un interminable laberinto de puertas y pasillos deformes. Sus pasos resuenan mientras cambia de dirección constantemente, girando en esquinas imposibles, saltando entre plataformas inclinadas y cruzando umbrales que parecían no conducir a ningún lugar lógico.
Cada puerta llevaba a un espacio distinto.
Algunos corredores eran estrechos y alargados. Otros parecían salas invertidas donde los muebles flotaban en el vacío. En ocasiones, el techo se convertía en suelo a mitad de carrera, obligándolo a readaptar su equilibrio sobre la marcha.
Detrás de él, los sonidos continuaban.
El chapoteo viscoso del cieno.
El golpeteo frenético de los dados proyectiles.
Y el eco distante del elemental persiguiéndolo silenciosamente entre las estructuras cambiantes del lugar.
Xuich continúa avanzando sin detenerse, atravesando puerta tras puerta, perdiéndose cada vez más dentro del laberinto irracional.
Hasta que finalmente…
Los pierde.
D6 de cieno
Al entrar a una habitación, Xuich se encuentra con una pila de libros.
Se detiene.
El lugar no tiene una estructura clara, pero esa acumulación de conocimiento parece, por primera vez, algo comprensible dentro del caos. Se acerca con cautela y toma uno. Lo abre y comienza a leer, intentando entender dónde estaba.
Pero algo no encaja.
Cada libro pertenece a una raza distinta. Las escrituras cambian, los símbolos mutan, los lenguajes se entrelazan sin lógica. No solo eso: los relatos son temporalmente anacrónicos entre sí. Algunos describen eventos que aún no han ocurrido, otros narran historias que parecen olvidadas antes de existir.
Esto no tenía sentido.
Es como si fuera una biblioteca llena de libros de todo el mundo… coexistiendo sin orden, sin tiempo, sin coherencia.
Xuich levanta otro.
Y entonces, el libro abre su tapa como una boca llena de dientes… y lo ataca.
Xuich reacciona al instante.
Arroja el libro contra la pared con fuerza. El impacto resuena seco… y el libro se queja de dolor.
Xuich se acerca, decidido a asesinarlo.
Pero antes de que pueda hacerlo, el libro comienza a hablar. Sus páginas vibran, y de su interior emergen voces en distintas lenguas, superpuestas, caóticas, incomprensibles. Cambian una tras otra, como si buscaran algo.
Hasta que una es la correcta.
Vrux
mimic de los secretos
Xuich la entiende.
—¿Me entiendes, Mildro?
Xuich se detiene y lo observa con detenimiento.
El libro comienza a reír.
—¿Mildro… o primigenio? —dice—. Veo que la maldición es fuerte en ti… puedo ayudarte a conseguir lo que buscas. Solo pido algo de alimento a cambio.
Xuich lo mira fijamente.
—¿Qué eres? —pregunta—. ¿Y por qué conoces mi lengua?
—Ahhhh… ¿lo que soy? —responde el libro, con un tono que se desliza entre burla y orgullo—. Me llamo Vrux… y soy un mimic de Dadreon… ¿y tú? Eres un esclavo de algún primigenio.
Hace una pausa, y su risa se vuelve más amplia, más filosa.
—La pregunta es… ¿cuál será…? JAJAJAJJAJA.
Xuich responde sin titubear.
—Sirvo a Krumpack… y no soy un esclavo. Lo hago a voluntad. Tengo mis propósitos.
El mimic se queda en silencio.
Por un instante, sus páginas dejan de moverse.
Luego… se estremece.
—K-Krumpack dices…? —tartamudea—. ¿Ese ser todavía existe…?
Sus hojas crujen, como si el miedo las doblara desde dentro.
—En los textos que eh devorado… hablan de su extinción… a manos del tribunales del ascenso… en las guerras de formación…
Hace una pausa, inseguro por primera vez.
—¿Seguro que hablamos del mismo Krumpack?
Xuich no responde con palabras.
Extiende su mano.
En ella aparece un símbolo… la marca que representa a Krumpack.
Marca de Krumpack
El mimic se sobresalta.
—…Si me das más información de él… te doy la información que quieras…
Xuich lo observa. Luego mira a su alrededor.
No podía confiar en él.
Pero no tenía otra opción.
—Hagamos un trato —dice con frialdad—. Pero si veo que me engañas… te asesino.
Vrux se agita, claramente emocionado.
—¡Sí, sí! —responde—. Cárgame… no puedo moverme. Te guiaré hacia la salida de este lugar… que es lo que estás buscando, ¿no…?
Xuich lo sostiene.
—Mmm… sí. Es lo que busco.
No le va a revelar cuáles son sus planes a este extraño ser.
En su interior lo sabe.
No confiar en nadie… es lo que lo ha mantenido con vida.
Comenzaron a caminar nuevamente a través de los interminables corredores de aquel lugar imposible. Xuich avanzaba con Vrux entre sus manos mientras atravesaban salones que parecían deformarse constantemente alrededor de ellos. Las paredes mutaban lentamente como si estuvieran vivas, los pasillos cambiaban de tamaño sin previo aviso y algunas estructuras desaparecían apenas dejaban de mirarlas. Aun así, el mimic parecía conocer perfectamente el camino y continuaba guiándolo sin mostrar miedo, como si hubiera recorrido esos lugares cientos de veces antes.
Después de atravesar varios corredores deformes, finalmente llegaron frente a una estructura gigantesca. Un templo enorme se alzaba frente a ellos… o más bien, parecía rodearlos por completo. Su arquitectura recordaba a una inmensa pecera construida con materiales imposibles de reconocer, una estructura cerrada donde el interior parecía existir y no existir al mismo tiempo. El espacio dentro del templo daba la sensación de estar contenido, pero también expuesto hacia algo mucho más grande que lo observaba desde afuera.
Xuich se detuvo apenas lo vio.
Había algo en ese lugar que le resultaba extrañamente familiar, aunque no podía entender exactamente qué era.
Observó las estructuras translúcidas y las enormes plataformas suspendidas antes de hablar.
—¿Esto es… una arena de combate? —preguntó el mildro mientras mantenía la vista fija en el templo.
Vrux respondió inmediatamente, sin dudar ni un segundo.
—Sí… esto es la arena del Daedron.
Xuich frunció levemente el ceño al escuchar el nombre. Desde que había llegado a aquel lugar seguía sin comprender realmente cuáles eran los límites entre Dadreon y Daedron. Ambos parecían conectados, mezclados entre sí de maneras imposibles de entender. Existían diferencias claras, pero ninguna tenía una forma concreta o lógica para alguien ajeno a ese mundo.
El mimic soltó una pequeña risa al notar su confusión.
—Solo si vivís aquí mil años lo entenderías… —dijo con tono burlón—. Cosas de los gobernantes… jajaj.
Xuich continuó avanzando lentamente mientras analizaba cada estructura del lugar. Aunque intentaba aparentar calma, cada detalle que descubría resultaba importante para la investigación que Krumpack le había encargado.
—¿Quién gobierna aquí? —preguntó finalmente, fingiendo que era una duda casual.
Vrux hizo una pausa antes de responder, como si estuviera decidiendo cuánto debía decirle.
—El tribunal del azar… —contestó al final—. Pero eso no es de tu importancia, ¿o no?
Xuich no respondió. Simplemente continuó caminando mientras guardaba la información en silencio.
Después de avanzar algunos metros más, llegaron frente a un enorme monolito grabada sobre el suelo. La marca estaba dividida en tres partes distintas y desde ella nacían tres caminos separados que se extendían hacia distintas direcciones.
Xuich observó la estructura con atención.
Monolito del azar
—Parecen indicar tres caminos… —dijo.
—Sí —respondió Vrux—. Acá solo podés elegir dos… pero solo en uno sobrevivirás. Porque, por suerte, tu maldición de un primigenio también es tu puerta de salida… ya que podrás pasar desapercibido entre los demás primigenios…
Xuich giró lentamente la mirada hacia el mimic.
—¿Aquí habita un primigenio?
Pero antes de que Vrux pudiera responder, el espacio frente a ellos se desgarró violentamente.
Una grieta gigantesca se abrió en medio de la realidad y ambos fueron absorbidos de inmediato hacia un vacío absoluto. Xuich sintió cómo el espacio y el tiempo se deformaban alrededor de su cuerpo mientras era arrastrado hacia un lugar imposible de describir.
Entonces lo vio.
Una figura.
Truxkelm, el tramposo
No tenía una forma concreta, pero su presencia ocupaba todo el vacío. No necesitaba cuerpo ni rostro para ser percibida. Bastaba con sentirla para comprender que aquello estaba mucho más allá de cualquier criatura que Xuich hubiera conocido antes.
El mildro quedó completamente inmóvil.
Aterrorizado, comprendió de inmediato lo que tenía delante.
Era un primigenio.
Pero no uno como Krumpack.
Esto era algo mucho más grande, mucho más antiguo y monstruoso. Su presencia aplastaba la realidad misma. Comparado con aquello, incluso su maestro parecía insignificante.
Era otra escala de poder.
Xuich reaccionó por puro instinto. Antes de que esa presencia pudiera atraparlo por completo, rompió el vínculo y se dejó caer hacia el vacío para escapar de aquella mirada.
Cayó durante lo que parecieron eternidades.
El espacio se deformaba constantemente mientras descendía sin control, hasta que finalmente llegó a otro lugar.
A lo lejos podía distinguir un enorme risco elevándose hacia el cielo, como si el suelo mismo se hubiera transformado en la colina de un templo eterno. Y allí, frente a él, comenzó a ver figuras.
Miles.
Miles de seres pertenecientes a distintas razas de todo el mundo permanecían inmóviles alrededor de aquella estructura.
Todos estaban infectados con la maldición del primigenio.
Pero había algo profundamente distinto en ellos.
No tenían vida.
No reaccionaban.
Parecían vacíos por dentro, como si sus almas hubieran sido arrancadas hacía muchísimo tiempo. Permanecían quietos como estatuas olvidadas, esperando órdenes que nunca terminaban de llegar.
Entonces una voz habló dentro de la mente de Xuich.
No vino desde un lugar específico.
Simplemente apareció dentro de él.
—Pequeño ser del mundo libre… ¿dónde está tu amo, que tanto respetas?… ¿dónde está la conexión?… ¿dónde están las máscaras de la creación?
Cada pregunta era peor que la anterior.
El dolor comenzó a atravesar su mente como si su cráneo estuviera siendo partido desde dentro. La sola voz de aquella entidad era suficiente para quebrar la cordura de cualquier ser mortal.
Xuich sintió que estaba perdiéndose.
Entonces reaccionó.
Sin pensarlo, clavó su propia daga en su pierna.
El dolor físico lo arrancó del trance.
El mundo entero se rompió frente a sus ojos y la visión desapareció de inmediato.
Cuando recuperó la conciencia, estaba nuevamente en el lugar donde todo había comenzado: los pisos octogonales y las paredes abstractas del extraño reino.
Vrux permanecía a su lado observándolo con evidente preocupación.
—Estamos en problemas… —dijo el mimic con seriedad—. Ellos ya saben de ti… y ahora seguro quieren jugar con tu alma…
Luego hizo una breve pausa antes de continuar.
—Rápido… vamos a un lugar seguro. Te guiaré hacia la cueva de un viejo amigo.
Xuich y Vrux continuaron caminando por los corredores deformes de aquel reino imposible, atravesando interminables pasillos donde las paredes parecían cambiar de posición apenas dejaban de mirarlas directamente. Las estructuras se doblaban de maneras antinaturales, expandiéndose y contrayéndose como si el lugar respirara lentamente a su alrededor. En algunos sectores, las superficies parecían líquidas durante apenas un segundo antes de endurecerse nuevamente, mientras símbolos geométricos recorrían las paredes como si estuvieran vivos.
Mientras avanzaban, el silencio del lugar resultaba profundamente inquietante. No era un silencio vacío, sino uno cargado de algo imposible de comprender. De vez en cuando, ecos lejanos resonaban a través de los corredores, sonidos deformados que parecían provenir de puntos distintos al mismo tiempo. También podían escucharse crujidos metálicos y el movimiento de enormes estructuras ocultas en la oscuridad, como si todo aquel reino estuviera reorganizándose constantemente lejos de su vista.
Xuich mantenía una expresión seria mientras observaba el entorno con atención. Cada paso que daba parecía conducirlo más profundamente hacia el corazón de aquel sitio absurdo donde las leyes normales del espacio ya no tenían sentido. Incluso el aire era extraño allí; pesado, inmóvil y frío, como si el tiempo avanzara de manera diferente dentro de ese reino.
Finalmente, después de atravesar múltiples corredores imposibles y puertas que parecían conducir a lugares distintos cada vez que se abrían, llegaron frente a una construcción gigantesca.
Un templo.
La estructura se alzaba frente a ellos de manera imponente, construido enteramente con dados apilados y encajados entre sí en ángulos absurdos, como si la arquitectura obedeciera reglas completamente ajenas a cualquier lógica conocida. Algunos bloques flotaban separados del resto de la estructura, girando lentamente en el aire sin caer jamás, mientras otros parecían incrustarse unos dentro de otros de maneras físicamente imposibles.
Cada dado poseía símbolos diferentes grabados sobre sus caras. Algunos brillaban tenuemente con una luz azulada. Otros parecían moverse apenas se los observaba demasiado tiempo. Las paredes enteras del templo se reorganizaban lentamente con sonidos secos y mecánicos, como si el edificio estuviera vivo y cambiando constantemente por voluntad propia.
La enorme construcción transmitía una sensación sofocante de antigüedad.
Como si hubiera existido mucho antes que cualquier civilización conocida.
En la entrada del templo descansaba un dragón que vigilaba el acceso.
A diferencia de las criaturas colosales que Xuich había enfrentado en el pasado, este no parecía particularmente grande ni imponente a simple vista. Su tamaño era considerable, pero no monstruoso. Permanecía inmóvil frente al portal, con el cuerpo parcialmente oculto por las sombras del templo.
Sin embargo, había algo profundamente perturbador en él.
Xuich apenas le dedicó una mirada antes de continuar avanzando con tranquilidad.
Su experiencia enfrentando criaturas monstruosas hacía que el dragón no le pareciera particularmente amenazante. Había luchado contra seres mucho más enormes y violentos en el pasado, y la apariencia inmóvil de aquella criatura no logró impresionarlo.
—He matado más grandes en el pasado… —dijo con despreocupación, ignorando completamente la presencia del dragón mientras avanzaba hacia la entrada.
Sus palabras resonaron levemente entre las paredes móviles del templo.
Vrux, sin embargo, reaccionó de inmediato.
Dragon azaroso
—Cuidado… acá nada es lo que parece… —advirtió el mimic con un tono mucho más serio que antes.
El dragón atacó sin previo aviso. Su cuerpo se movió con una velocidad imposible y lanzó un golpe directo contra Xuich. El mildro logró esquivarlo apenas a tiempo, deslizando su cuerpo hacia un costado mientras preparaba su puñal para contraatacar. Pero antes de que pudiera alcanzar a la criatura, el dragón abrió unas enormes alas hechas de fuego y magia. No parecían alas reales, sino el reflejo fantasmal de algo que alguna vez existió. Ardían sin consumir nada y se extendían como sombras vivientes detrás de su espalda.
Vrux soltó una carcajada nerviosa al ver la reacción de Xuich.
—Te dije que no te confíes, idiota… jajaja.
Xuich ignoró el comentario y concentró su energía. En un instante desapareció de su posición y se transportó justo al lado del dragón, moviendo su puñal directamente hacia la garganta de la criatura con la intención de matarla de un solo golpe. Sin embargo, antes de que el arma pudiera tocarla, el cuerpo entero del dragón comenzó a deshacerse en el aire.
Su forma se rompió en decenas de fragmentos flotantes.
Libros.
Cientos de libros aparecieron suspendidos alrededor de Xuich, girando lentamente mientras sus páginas se abrían y cerraban solas. Poco a poco comenzaron a moverse, agrupándose entre sí como si fueran piezas de un cuerpo. Las tapas chocaban unas contra otras, las hojas se doblaban y reorganizaban hasta formar una figura humanoide gigantesca hecha completamente de textos y pergaminos vivientes.
El ser de libros se irguió frente al mildro. Sus páginas giraban como órganos internos y el sonido de papel crujiendo llenó el salón entero. Lentamente levantó uno de sus brazos deformes en una postura que Xuich reconoció de inmediato: una invocación. Era como si estuviera a punto de traer algo directamente desde el contenido de sus páginas.
Antes de que la criatura completara el movimiento, Vrux gritó desesperadamente:
—¡Detente! ¡Viene conmigo!
Maxulan
elemental de los manuales
En ese mismo instante, un portal se abrió detrás de Xuich.
No tuvo tiempo de reaccionar.
Una fuerza brutal lo absorbió violentamente hacia otro plano de existencia. Su cuerpo atravesó capas de realidad deformadas hasta aparecer en un lugar completamente distinto. Allí, enormes estatuas de ascendidos permanecían inmóviles en medio de una oscuridad silenciosa. Parecían guardianes eternos descansando después de una guerra olvidada. Sus cuerpos gigantescos estaban alineados mirando hacia el vacío, como vigilantes petrificados observando algo que Xuich no podía comprender.
Pero la visión duró apenas un instante.
El plano volvió a quebrarse frente a él como si fuera vidrio.
Entonces lo vio.
Un árbol gigantesco apareció extendiéndose por todo el horizonte. Era tan inmenso que parecía separar tres reinos enteros con sus raíces y ramas. Su presencia dominaba el espacio mismo, y alrededor de él la realidad parecía deformarse constantemente.
Antes de perder la conciencia, Xuich escuchó voces.
Tres seres estaban hablando entre sí.
No podía entender las palabras.
El idioma era imposible de pronunciar para cualquier mortal.
Cada sonido parecía romper la mente de quien lo escuchara.
Todo comenzó a desvanecerse lentamente hasta que Xuich reapareció violentamente en el mismo lugar donde había estado antes. Su cuerpo impactó contra el suelo con un estruendo seco que hizo temblar los pisos octogonales del salón. El dolor recorrió cada parte de su cuerpo y la sangre comenzó a extenderse debajo de él formando un charco oscuro.
Las visiones, las presencias y las voluntades que habían atravesado su mente resultaron demasiado pesadas incluso para alguien como Xuich.
Finalmente perdió la conciencia, quedando inmóvil sobre el suelo mientras la sangre continuaba expandiéndose lentamente a su alrededor.