Lunes – Miqueas 3:8
Los profetas hablaron en nombre de Dios.
Martes – Oseas 6:7
Les recordó el pacto.
Miércoles – Oseas 4:6
Les recordó la ley.
Jueves – Amos 2:10
Les recordó las maravillas.
Viernes – Amos 5:24
Exige una conducta justa de su pueblo.
Sábado – Ezequiel 14:14
Nadie se salva por virtudes ajenas.
Una comunidad no puede escapar del juicio por su culpa por confiar en la justicia de unos pocos de sus miembros. Una sociedad corrompida no puede esperar ser exonerada en razón de tener unos pocos santos en su medio. Ni puede expiar por las faltas de una familia corrompida el tener un antepasado piadoso. No debemos cometer una equivocación de esa magnitud.
«Si estuviesen en medio de ella estos tres varones, Noé, Daniel y Job, ellos por su justicia librarían únicamente sus propias vidas, dice Jehová el Señor.»
4. He aquí que todas las almas son mías; como el alma del padre, así el alma del hijo es mía; el alma que pecare, esa morirá.
5. Y el hombre que fuere justo, e hiciere según el derecho y la justicia;
6. que no comiere sobre los montes, ni alzare sus ojos a los ídolos de la casa de Israel, ni violare la mujer de su prójimo, ni se llegare a la mujer menstruosa,
7. ni oprimiere a ninguno; que al deudor devolviere su prenda, que no cometiere robo, y que diere de su pan al hambriento y cubriere al desnudo con vestido,
8. que no prestare a interés ni tomare usura; que de la maldad retrajere su mano, e hiciere juicio verdadero entre hombre y hombre,
9. en mis ordenanzas caminare, y guardare mis decretos para hacer rectamente, éste es justo; éste vivirá, dice Jehová el Señor.
10. Mas si engendrare hijo ladrón, derramador de sangre, o que haga alguna cosa de estas,
11. y que no haga las otras, sino que comiere sobre los montes, o violare la mujer de su prójimo,
12. al pobre y menesteroso oprimiere, cometiere robos, no devolviere la prenda, o alzare sus ojos a los ídolos e hiciere abominación,
13. prestare a interés y tomare usura; ¿vivirá éste? No vivirá. Todas estas abominaciones hizo; de cierto morirá, su sangre será sobre él.
14. Pero si éste engendrare hijo, el cual viere todos los pecados que su padre hizo, y viéndolos no hiciere según ellos;
15. no comiere sobre los montes, ni alzare sus ojos a los ídolos de la casa de Israel; la mujer de su prójimo no violare,
16. ni oprimiere a nadie, la prenda no retuviere, ni cometiere robos; al hambriento diere de su pan, y cubriere con vestido al desnudo;
17. apartare su mano del pobre, interés y usura no recibiere; guardare mis decretos y anduviere en mis ordenanzas; éste no morirá por la maldad de su padre; de cierto vivirá.
18. Su padre, por cuanto hizo agravio, despojó violentamente al hermano, e hizo en medio de su pueblo lo que no es bueno, he aquí que él morirá por su maldad.
Los profetas hacían algo más que pronosticar el futuro. En realidad, el papel primordial del profeta, de acuerdo con la etimología del término, es "hablar en nombre de otro"; en este caso, de Dios. Así que el propósito inmediato de los profetas del Antiguo Testamento era amonestar y aconsejar a sus contemporáneos. También sus predicciones tenían la finalidad de sacar a esta gente de su estado de falsa satisfacción, de convencerle de pecado y de hacerles volver a Dios y a Su ley. Como dice el profesor de Biblia, A.F. Kirkpatrick, "luchaban para volver al pueblo a su lealtad hacia Jehová, y para elevar las prácticas al nivel de la fe". Dios habló por ellos (Miq. 3:8) y en este sentido, su mensaje era nuevo; pero lejos de ser innovadores, recuerdan al pueblo el pasado, es decir, el pacto (Os. 6:7; 8:1), la ley (Os. 4:6; Am. 2:4) y los actos liberadores que Dios ejecuta en favor de su pueblo (Os. 11:1; Am. 2:10; 3:1). En Oseas se plasma típicamente la figura de Israel como la esposa infiel de Yahveh (o Jehová), que debe retornar a su primer amor.
Más tarde, destacan los profetas contemporáneos Jeremías y Ezequiel, que son enviados a dos sectores del pueblo muy distintos entre sí. Jeremías profetiza a Jerusalén bajo un juicio inminente, mientras que Ezequiel profetiza a los desterrados que ya habían experimentado el juicio divino. Mientras Jeremías denuncia los males de un orden civil y religioso corrompido, Ezequiel puede hablar de la restauración del pueblo y de su culto a Yahveh (o Jehová).
Amos habla de justicia y de juicio. Dios es el juez justo de las naciones (5:24), que exige una conducta justa de parte de Su pueblo.
Ezequiel, como también Jeremías, al resaltar, con el énfasis característico de los profetas del 2° período (finales del siglo VII y siglo VI a.C.), la responsabilidad individual ante Dios, representa un progreso en la Ética de Israel. Cada cual morirá por su propio pecado (18:4-20). No será posible salvarse a base de las virtudes ajenas (14:14). Esto contrasta con la enseñanza anterior, que tiene un énfasis colectivo. En la Ley, la culpa es del pueblo en general, o de toda una familia (Ex. 20:5; Núm. 16:27-32; Jos. 7:24-25).
Isaías y Miqueas hablan del carácter santo de Yahveh, "el Santo de Israel", quien exige la santidad en Su pueblo (Is. 33:13-17; Miq. 1:2-5);
Jeremías, como Ezequiel, enfatiza que cada cual morirá por su propio pecado (31:29-30).
Oseas habla del amor de Dios como esposo de Israel. Su término favorito es el vocablo hebreo "hesed" = lealtad misericordiosa, fidelidad al pacto, amor a Su pueblo (14:1). Dios llama a Su pueblo a que retorne a Él; expresa Su deseo de perdonar y habla de las bendiciones que quiere derramar sobre ellos. Desea que Su pueblo también exhiba esta cualidad para con El (6:4), y para con el prójimo (4:1; 6:6; 12:6).
A pesar de estas características distintivas, el mensaje de los profetas es básicamente el mismo: Si el pueblo se arrepiente, Dios le perdonará (Am. 5:4-6,14-15; Is. 1:18; Miq. 7:18- 20). "Miqueas —dice el misionero y erudito bíblico, H.L. Ellison— resume los requisitos de la religión auténtica en un versículo famoso (6:8), el cual combina la enseñanza de sus tres insignes predecesores: hacer juicio (Amos); amar la misericordia o "hesed" (Oseas); y humillarte para andar con tu Dios, es decir, como conviene a Su carácter santo (Isaías)".
(i) La apostasía religiosa, ya en su aspecto general (Is. 59:13), ya en los sacrificios a dioses ajenos (Os. 2:13; 4:10; 11:2), en el culto a ídolos e imágenes idolátricas (Is. 2:8; Os. 13:2), en el seguimiento de costumbres extranjeras (Is. 2:6; Miq. 5:12-14). En Jeremías y Ezequiel, su denuncia de la apostasía es más contundente aún que la de los profetas anteriores, a causa del descarado paganismo del remado de Manases, que las reformas de Josías no habían sido capaces de extirpar (Jer. 3:10). Así vemos cómo Jeremías condena la idolatría y la multiplicación de los dioses (5:7; 11:13). Antes de Manases, el culto idolátrico aún pretendía ser dirigido a Yahveh (o Jehová), pero ahora se han introducido dioses ajenos (7:17-18, comp. con Sof. 1:5-6) y hasta sacrificios humanos (7:31). En los primeros capítulos, Jeremías emplea un estilo que recuerda al de Oseas, comparando la relación entre Israel y su Dios a la de dos esposos o a la de padre e hijo (2:9; 3:1,20; 31:9); habla de la locura de la idolatría (2:11-13; 11:12; 16:20); con todo, el pueblo es inconsciente de su desobediencia (2:23; 8:8; 18:18). Ezequiel denuncia, tanto la idolatría en Israel (6:13), y en Jerusalén (8:6-16), como la que aún persiste entre los desterrados (14:1-8). Es una afrenta a Jehová y a Su nombre (20:9,14,22), y las consecuencias serán las condenaciones del juicio divino (6:7; 7:4). En 7:4 parece que el juicio consistirá en los pecados que lleva consigo la idolatría.
(ii) El formalismo religioso. En los siglos VIII y VII a. de C., a pesar de la idolatría de Israel, continúan haciendo sacrificios a Jehová. Los profetas condenan esta hipocresía (Am. 4:4-5; 5:21-23; 8:3,5,10), pues mientras hacen sus sacrificios, se apresuran impacientes a seguir su mal camino; Dios no acepta tales sacrificios (Os. 5:6; 8:13), sino que exige la conducta justa más bien que el sacrificio (Am. 5:14- 18; Os. 6:6; 8:11-13; Miq. 6:6-8; Is. 1:11-17; 58:1-5,13). En Jeremías se acentúa todavía más esta denuncia del formalismo religioso, denunciando: a) la vaciedad de las ceremonias, ya que confiaban en el Templo (7:4), en una adoración hipócrita, mientras cometían toda clase de pecados (7:8-12). Por lo tanto, ya pueden quebrantar las leyes del sacrificio, comiendo la carne del holocausto, porque ya no sirve para nada, mientras no escuchen la voz de Dios (7:21-23); b) el pecado radical de la desobediencia. Lo que Dios requiere primordialmente es la obediencia (11:1-8). La circuncisión del israelita ya no vale nada cuando no hay obediencia; en su corazón, son iguales que los gentiles (9:25-26); c) la pura exterioridad de la religión. Jeremías sabía que el Templo y su culto acabarían pronto; por eso acentúa la importancia de la religión del corazón. El pueblo de Dios ya no tendrá por qué hablar de los objetos del culto, como el Arca (3:16); sus sacrificios ya no serán solo de animales, sino de alabanza (17:26, comp. con Hebr. 13:15). También profetiza el nuevo pacto, caracterizado por la ley escrita en el corazón (31:33, comp. con Ez. 36:26-28).
(i) Ostentación de opulencia y lujo fastuoso. Amos da una descripción de los ricos holgazanes: Tienen dos casas ricamente adornadas (3:15), y celebran banquetes y fiestas con toda clase de pródigo dispendio en comida, bebida, música y perfumes (6:4-6). Su prosperidad es el resultado de negocios sucios (Miq. 2:1-2; Is. 5:8). Las mujeres son la personificación del orgullo y del derroche lujoso (Is. 3:18)
(ii) La injuria, el latrocinio y la explotación. Los profetas acusan a los ricos de oprimir al pobre (Am. 2:6-8; 8:4-6), de pervertir la justicia (Am. 5:11-12), de ser acreedores crueles (Miq. 2:8-9), y de practicar negocios fraudulentos (Miq. 6:10-11). Los gobernadores son unos malvados (Miq. 3:1-3) y la injusticia infecta toda la sociedad (Is. 5:7-23; 33:15; 58:6-7,9-10; 59:1-7). En el período posterior, la injusticia se generaliza (Jer. 5:1; 7:5-6). Abundan la codicia (Jer. 6:13), el fraude (22:13), la traición (9:8), el robo, el adulterio, la mentira y el homicidio (7:9). La predicción del juicio divino viene a ser una amenaza constante (Jer. 5:29). En Ez. 22:6-12, vemos cómo el pueblo está lleno de violencia, de desprecio a los padres y al extranjero, a la viuda y al huérfano; de la profanación del santuario y del sábado, de inmoralidad de toda clase, de usura y de fraude. En Amos y Oseas, se condena igualmente el robo, el homicidio y la mentira (Os. 4:2; 6:8; 10:4; 11:12; 12:1), así como el adulterio y los pecados con él relacionados (Am. 2:7; Os. 4:2).
Una conducta tan inmoral, resultado del egoísmo y de la separación de Jehová, traerá sobre el pueblo el juicio de Dios. Amos (3:2) pone el énfasis en la responsabilidad especial de Israel; Oseas (4:9) acusa a Israel de su infidelidad al Esposo, quien se ve obligado a castigarle (Is. 1:20; Miq. 3:12).
Este aspecto se muestra especialmente en los profetas del 2° período (fines del siglo VII y siglo VI a. de C.), los cuales:
(i) Llaman al pueblo al arrepentimiento (Jer. 25:5; Ez. 18:30-32;
(ii) Proclaman el perdón divino. Van más lejos que los profetas del período anterior, profetizando el perdón para los arrepentidos y el cambio interior que obrará Dios en Su pueblo (Jer. 24:7; 31:34; Ez. 36:25-29).
Los pecados nacionales acarrean juicios nacionales. Aunque los pecadores escapen de un juicio, hay otro esperándolos. Cuando el pueblo que profesa a Dios se rebela contra Él, pueden esperar justamente todos sus juicios. La fe, la obediencia, y las oraciones de Noé prevalecieron para salvar su casa, pero no al mundo antiguo. El sacrificio y la oración de Job a favor de sus amigos fueron aceptados, y Daniel prevaleció para la salvación de sus compañeros y de los sabios de Babilonia. Pero un pueblo que ha llenado la medida de sus pecados no debe tener esperanzas de escapar por amor a justos que vivan entre ellos; ni siquiera de los santos más eminentes, que pudieran ser aceptados por su propio caso sólo por medio de los sufrimientos y la justicia de Cristo. Pero aun cuando Dios hace las desolaciones más grandes con sus juicios, salva a algunos para que sean monumentos de su misericordia. Creyendo firmemente que aprobaremos todos los tratos de Dios con nosotros mismos, y con toda la humanidad, acallemos todas las murmuraciones y objeciones rebeldes.