Lunes – 1 Corintios 6:18-20
Pecado contra el cuerpo propio.
Martes – Jeremías 5:8
Adulterio: prohibido en el 7º mandamiento de la Ley.
Miércoles – Gálatas 5:19
Fornicación: encabeza los pecados del área del sexo.
Jueves – Colosenses 3:5
Inmundicia / homosexualidad.
Viernes – Génesis 19:30-38
Incesto: nefasto, indigno.
Sábado – 2 Samuel 11:2
Sociedad permisiva: gestos, posturas, desnudeces.
La condición de la Iglesia como Esposa de Cristo confiere un mayor motivo de pureza en la total consagración al Señor que todo creyente ha de ofrecer a Dios, haciéndola manifiesta en su propio cuerpo.
“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional.”
ROMANOS 12:1
1 CORINTIOS 6:12-20
12. Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, más yo no me dejaré dominar de ninguna.
13. Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo.
14. Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder.
15. ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo.
16. ¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne.
17. Pero el que se une al Señor, un espíritu es con él.
18. Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca.
19. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?
20. Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.
Si reservamos una lección especial para la ética de lo sexual, no es por pensar que los pecados sexuales son los más graves ni los más importantes. No se trata del primer mandamiento de la Ley, sino del séptimo. Santiago y Juan, más aún que Pedro y Pablo, dan la mayor importancia a los pecados contra el amor: el odio, la falta de compasión, los pecados de la lengua, la explotación. Su relevancia, que le hace merecedor de una lección especial, proviene sobre todo del tabú, del mito y de la propaganda de que está rodeado hoy, aparte de su peculiaridad como pecado contra el cuerpo propio, que profana él templo del Espíritu Santo (1 Cor. 6:18-20).
El sexo ha estado revestido siempre de un tabú especial, que se ha expresado: (a) en los cultos fálicos al misterio de la fertilidad, con la consiguiente sacralización del sexo; (b) en los castigos al cuerpo, de acuerdo con el concepto maniqueo de materia, con lo que el sexo aparecía como algo sucio de por sí. La mitificación actual del sexo ha llegado a extremos que hubiesen resultado increíbles para los mismos paganos sensuales de la antigua Roma. No hay apenas anuncios en los medios de información, que no contengan algo, a veces muy solapado, de incitación a lo sexual. Esto ya es, de por sí, una aberración sexual y una explotación de un instinto que resulta tanto más morbosa cuanto más se canaliza la atención hacia algo que está creado para una función normal.
Es preciso tener en cuenta que el sexo no es como una "isla" dentro de la personalidad humana, sino algo muy entrañable en que se manifiesta, quizá más que en ningún otro aspecto de la vida, el rumbo total de la persona, y, en especial, su egocentrismo o su alocentrismo, es decir, su sentido de comunidad. No olvidemos que el sexo, como todo otro aspecto de la conducta, se ejercita con el cerebro; en otras palabras, lo psicológico tiene mucha más importancia en cualquier acto sexual que lo fisiológico (comp. ya Gen. 2:25 con 3:7).
Dios creó el sexo, no sólo como instrumento de procreación, sino para que también en él tuviese expresión la "ayuda idónea" y la mutua compenetración espiritual y afectiva entre varón y mujer. En cuanto instinto, su impulso y urgencia son primordiales, pero no superiores a la del instinto de conservación, puesto que la incitación sexual cede ante el hambre, la sed o el miedo a perder la vida, etc. Sin embargo, está más sometido a represiones; de ahí que una falsa idea sobre el sexo, inducida en el hogar, en el colegio, etc. ocasione neurosis, complejos, etc. No se olvide la interacción glandular, que desde la mente pasa, muchas veces inconsciente o subconscientemente, al hipotálamo y, desde allí, a las glándulas suprarrenales y sexuales; con lo cual, el sexo está relacionado, no sólo con la Psicología, sino también con la Endocrinología. El hecho de que el sexo esté conectado directamente con el éros, o amor sensual, y aun con la epithymía, o amor de concupiscencia, no excluye la actuación de la philía o amor de amistad, ni aun del agápe o amor de pura generosidad. Más bien hemos de decir que, para ser fisiológicamente deleitante y para ser éticamente perfecto, requiere la conjunción de todos ellos. En especial, podemos asegurar que el amor sexual alcanza su perfección placentera y su continuidad fiel en el amor de entrega al otro, mientras que el egoísmo lo echa a perder en todos los aspectos, dañando lo íntimo de la persona y su vida de relación.
Aunque muchos de los pecados sexuales han sido ya aludidos en otras lecciones, vamos a detallar los principales:
A) Adulterio. Además del simbolismo espiritual, que aludía a la infidelidad de Israel, marchando tras otros dioses, a pesar de que tenía a Yahveh por Marido (Is. 54:5), está el adulterio carnal, directamente prohibido en el 7.° mandamiento de la Ley. En las épocas de mayor impiedad de Jerusalén y de Judá, se nos dice en Jer. 5:8: "Como caballos bien alimentados, cada cual relinchaba tras la mujer de su prójimo" (comp. con Jer. 13:27). El término griego “moichéia” = adulterio, juntamente con el verbo adulterar y el nombre adúltero, sale en el N.T. más de 30 veces y significa el adulterio carnal, con la excepción de Sant. 4:4, en que el contexto indica claramente el adulterio espiritual.
B) Fornicación. Sale en el N.T. unas 28 veces y tiene un sentido más genérico. El lugar más relevante, que ya ha sido comentado en otro lugar, es 1 Cor. 6:12-20, donde el Apóstol enfatiza la gravedad de este pecado, en especial para el creyente, porque al pecar contra su propio cuerpo, profana el templo del Espíritu Santo. En Gal. 5:19, encabeza los pecados del área del sexo. En siete u ocho lugares, casi todos ellos en Apocalipsis, tiene sentido espiritual (v. las alusiones a la Gran Ramera en Apoc. 14:8; 17:2-4; 18:3; 19:2).
C) Inmundicia. Sale en el N.T. unas 12 veces, pero tiene un sentido más genérico todavía; aunque en ciertos lugares, como Rom. 1:24; Gal, 5:19; Ef. 4:19; Ef. 5:3 (comp. con vers. 18); Col 3:5, parece apuntar hacia la homosexualidad (ciertamente en Rom. 1:24, por el contexto posterior). En Rom. 1:26, el Apóstol lo califica como pasiones de deshonra, es decir, pasiones deshonrosas para el ser humano. Pablo comienza describiendo el vicio en la mujer, de la que se espera más delicadeza, pero da más detalles acerca del vicio en los hombres. La semejanza de terminología en Col. 3:5: "...impureza, pasiones desordenadas, malos deseos...", parece apuntar al mismo vicio.
D) Incesto (fornicación con parientes próximos). El N.T. menciona sólo el caso de Corinto (1 Cor. 5:1), atribuyéndole una gravedad extrema. En el A.T. se menciona con todo detalle el caso de Lot y sus dos hijas (Gen. 19:30-38). A pesar de la buena intención de éstas, que se habían quedado sin sus prometidos (vers. 14) y perdían la esperanza de la maternidad, y de la inconsciencia de Lot, a quien sus hijas habían embriagado, lo nefando de su descendencia se manifiesta en dos nombres malditos en la historia de Israel: Ammón y Moab.
E) La llamada "sociedad permisiva" contribuye en gran manera a que los alicientes pecaminosos y las ocasiones peligrosas de pecados sexuales se multipliquen. Las crecientes insatisfacciones de la vida conyugal, la inmodestia de la mujer en miradas, gestos, posturas y desnudeces (2 Sam. 11:2); la familiaridad que el trabajo, las diversiones y, en general, la vida social de hoy fomenta entre los sexos; revistas en los quioscos, grandes anuncios en los muros de las ciudades, anuncios en la televisión; todo ello contribuye a suministrar más y más combustible a la pasión sexual. Es cierto que la mujer, en su afán legítimo de mostrarse lo más atractiva posible, no se percata a veces del incendio que levanta (no olvidemos los ocultos manejos del subconsciente), pero es preciso que toda mujer creyente reflexione sobre ello. No vale el recurso de decir: "Que no miren", puesto que la naturaleza caída inclina a centrar el foco de la atención precisamente en los objetos prohibidos.
Motivaciones positivas en la ética sexual. La Ética cristiana no puede limitarse a los aspectos negativos y a una detallada exposición de pecados, sino que ha de acometer la tarea positiva de apuntar los remedios. Tres motivos principales nos ayudarán a resistir el peligro y la tentación y a comportarnos debidamente en esta materia:
La norma suprema del cristiano es el amor. Si hay amor verdadero hacia nuestro prójimo, no podremos desear cosa alguna que le profane, que le degrade, que le explote sexualmente, que arruine su condición moral y espiritual. Aun los más degenerados reaccionarían con ira si supiesen que lo que ellos intentan, lo intentan otros con su madre, su esposa, su hermana, su hija... Apliquemos la "Regla de Oro" a cada caso, y no seamos egoístas.
La condición de miembros del Cuerpo de Cristo y de templos del Espíritu Santo añade un elemento de primera categoría a nuestra motivación en materia sexual. En su comentario a 1 Cor. 6:15-16, E. Trenchard hace notar lo curioso de la cita de Gen. 2:24 por parte de Pablo en este lugar, como indicador de que "la degradación de "lo mejor" viene a ser "lo peor" ...constituye una especie de sacrilegio".
La condición de la Iglesia como Esposa de Cristo confiere un mayor motivo de pureza en la total consagración al Señor que todo creyente ha de ofrecer a Dios, haciéndola manifiesta en su propio cuerpo (Rom. 12:1, comp. con 2 Cor. 11:2).