Lunes – Génesis 1:27
Manifestar la imagen de Dios en el hombre de una manera completa.
Martes – Génesis 1:28
Prolongar la especie humana por medio de la procreación.
Miércoles – 1 Corintios 7:7
El celibato como el matrimonio requieren su respectivo don de Dios.
Jueves – 1 Pedro 3:7
Amor mutuo.
Viernes – 1 Corintios 7:3-5
El llamado “débito conyugal”.
Sábado – Eclesiastés 6:3
Paternidad responsable.
El hombre fue hecho recto. Su entendimiento veía clara y verdaderamente las cosas divinas; no había yerros ni equivocaciones en su conocimiento; su voluntad consentía de inmediato a la voluntad de Dios en todas las cosas. Sus afectos eran normales y no tenía malos deseos ni pasiones desordenadas. Sus pensamientos eran fácilmente llevados a temas sublimes y quedaban fijos en ellos. Así de santos, así de felices, eran nuestros primeros padres cuando tenían la imagen de Dios en ellos. ¡Pero cuán desfigurada está la imagen de Dios en el hombre! ¡Quiera el Señor renovarla en nuestra alma por su gracia!
Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.
GÉNESIS 1:27
EFESIOS 5:21-23
21. Someteos unos a otros en el temor de Dios.
22. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;
23. porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador.
24. Así que, como la iglesia está sujeta a Cristo, así también las casadas lo estén a sus maridos en todo.
25. Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella,
26. para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra,
27. a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha.
28. Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.
29. Porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia,
30. porque somos miembros de su cuerpo, de su carne y de sus huesos.
31. Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne.
32. Grande es este misterio; mas yo digo esto respecto de Cristo y de la iglesia.
33. Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.
Tratar de la ética conyugal adquiere una peculiar relevancia si se considera la importancia del estado matrimonial para la vida del hombre y la dignidad de que Dios lo revistió desde el principio de la humanidad. Un estado tan digno y tan importante y, al mismo tiempo, tan frágil por la corrompida condición de la naturaleza humana, ha dado pie para que la ironía se cebe en él, como puede comprobarse leyendo los Diccionarios y Antologías de frases célebres. La seriedad del estado conyugal, aparte de la dignidad que Dios le ha conferido, y el simbolismo sagrado que contiene, desde Jer. 2:1-3 hasta Ef. 5:26ss, pasando por Oseas, estriba en tres factores fundamentales:
A) Su duración. Dios estableció el matrimonio como un estado para toda la vida: uno con una y para siempre.
B) Su intimidad. La intimidad conyugal es la máxima en todos los órdenes, aunque nunca se puede llegar del todo al fondo de la existencial "alteridad" del prójimo. Esta intimidad se va fraguando con la convivencia, con la cohabitación, con el compartir las mismas penas y alegría, y el aguantar juntos el yugo que impone la vida en común. Esta intimidad tiene profundidades, y exige adaptaciones, que rebasan inmensamente las del sexo; por eso, se ha dicho que "el amor es física; el matrimonio es química".
C) Su influencia en la personalidad humana. La influencia del matrimonio en el desarrollo y proyección de la personalidad humana es inmensa. En realidad, el estado conyugal manifiesta y proyecta en cada momento el talante fundamental de cada individuo. Podríamos decir que, en el matrimonio, como en la cárcel, los bien inclinados se vuelven mejores, y los mal inclinados se vuelven peores. Ahora bien, cuando hay fe en Dios y verdadero amor, como fruto del Espíritu, el matrimonio refina la calidad espiritual de la persona a través de todas las pruebas y dificultades que presenta la vida y la misma diferencia de criterios y gustos de los esposos.
Los fines del matrimonio son dos:
A) Manifestar la imagen de Dios en el hombre de una manera COMPLETA. Notemos que Gen. 1:27 une estrechamente las dos facetas: "a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó". Por eso, los judíos llaman al matrimonio santidades, porque está hecho para que varón y mujer se ayuden mutuamente a preservar santa la imagen de Dios impresa en sus personas. Ahora bien, Dios, en la infinitud de todas sus perfecciones, tiene completamente equilibrados su conocimiento y su amor. Por eso, la imagen de Dios se halla completa y equilibrada cuando el predominio de cabeza y razón en el hombre se contrapesa y equilibra con el corazón e intuición de la mujer. Esta diversidad psicológica que caracteriza lo masculino y lo femenino ha sido a veces interpretada como efecto del distinto momento en que ambos fueron creados: Adán fue creado el primero, y lo vemos extasiado ante el Universo y poniendo nombre a las cosas antes de conocer a su futura mujer; Eva es creada después y puesta inmediatamente delante de su marido. Por eso, la mujer lo ve todo a través del hombre: el amor, la maternidad, el hogar, la sociedad; en cambio, el hombre dispersa mucho más su atención y su interés; tiene muchos más problemas, mientras que la mujer sólo tiene, en realidad, uno. Sin embargo, la base de esta diversidad se halla en la misma creación de la mujer, según Gen. 2:22, donde el texto hebreo dice "fabricó", y en la raíz de este verbo se encuentra la idea de intuición, como característica constitutiva de la mujer, lo cual la hace superior en el plano ético y espiritual, aunque el hombre, más fuerte e intelectual, ha de tomar la iniciativa conquistadora (Gen. 2:24). Así se entiende lo de "ayuda idónea" del vers. 18, para la soledad del hombre, única cosa no-buena que Dios vio en su creación. El "una sola carne" del v. 24 no se refiere únicamente a la unión sexual, sino también al consorcio en las mismas alegrías y penas de la vida, como si se tratase de una sola persona. La unidad es tal, que el Gen. 2:23 presenta a Adán poniendo a la mujer el apelativo de varona, porque fue tomada del varón. Creada del costado del hombre, la mujer siempre tira hacia el corazón (hace ascender lo sexual al corazón, mientras el hombre suele rebajar el corazón al sexo) y exige, ante todo, ser amada.
B) Prolongar la especie humana por medio de la procreación. Por eso, en cuanto Dios los crea, los bendice y, les dice: "Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra..." (Gen. 1:28). De ahí, la importancia que para un judío tenía el alcanzar posteridad, porque a través de ella alcanzaba en sus herederos el cumplimiento de las promesas divinas. Por eso, para un judío el no tener hijos, para una mujer el ser estéril, eran como una maldición de Dios.
Aparte de lo dicho, la dignidad del matrimonio se muestra en la Biblia de dos maneras: (a) por la santidad que Dios le confiere, al hacer del matrimonio el mejor símbolo del amor hacia su pueblo, Israel. Esta íntima relación entre el amor más elevado y el estado conyugal se echa de ver en la literatura rabínica. Dice el Talmud: "El que se casa con una mujer buena, es como si hubiese cumplido todos los mandamientos de la Ley" (comp. con Gal. 5:14). Heb. 13:4 nos asegura que "el matrimonio ha de ser honorable en todos" lo cual indica que el estado conyugal es, por decirlo así, estado de perfección y no algo menos digno que el celibato, como si fuese una especie de "fornicación permitida" para cristianos de segunda clase. Por eso, el Apóstol arremete contra los que, "en los postreros tiempos", "prohibirán casarse" (1 Tim. 4:1-3); (b) por la gravedad que la Biblia imputa a los pecados contra el matrimonio. Lev. 18:24 presenta las inmoralidades sexuales como la mayor inmundicia, que profanan hasta el punto de que los infractores de la santidad del matrimonio quedan cortados de Dios. Igualmente, era reo de excomunión el individuo que golpeaba a su mujer.
No cabe duda de que el celibato aumenta inmensamente la disponibilidad de la persona. Jesús fue célibe porque su misión era entregarse totalmente a todos, "un ser enteramente comestible" como decía Paul Claudel, y una atadura conyugal hubiera disminuido su disponibilidad, aparte de que su condición consagrada de una manera singular, habiendo recibido el Espíritu sin medida, daba a su auto-control una perfecta seguridad. ¿Fue célibe Pablo? Esa es la opinión más común, aunque el hecho de votar en el Sanedrín, echando la "piedrecita del voto" (Hech. 26:10), para qué matasen a los cristianos, indica que era viudo, pues sólo los padres de familia podían ser miembros del Sanedrín con derecho a voto. En cuanto a los demás apóstoles, con Pedro a la cabeza, tenemos el testimonio del mismo Pablo de que eran casados (1 Cor. 9:5). En todo caso, tanto el celibato como el matrimonio requieren su respectivo don de Dios (1 Cor. 7:7), y embarcar por la fuerza, el temor o el engaño en una u otra nave a una persona inexperta en los mares de la vida, equivale a tender un lazo de ruina (1 Cor. 7:35). Lo que sí es falso y anti bíblico es dar a la virginidad una aureola especial, cuando para una mujer hebrea era una maldición (V. Jueces 11:37), como si el cuerpo y el sexo fuesen sucios, y el mundo un lugar infecto del que hay que huir (V. Mt. 28:19-20; Jn. 17:15).
A) El mutuo amor. Los maridos deben amar a sus mujeres como a su propia carne, como Cristo amó a su Iglesia, con amor tutelar y sacrificado, según la verdad del Evangelio ("sabiamente" 1 Ped, 3:7), con honor y respeto al vaso más frágil físicamente, no psíquicamente, y en lo espiritual como a coherederas de la gracia de la vida por la completa igualdad en Cristo (Gál. 3:28), sin airadas asperezas (Ef. 5:25-33; Col. 3:19; 1 Ped. 3:7). Las mujeres han de estar sumisas (el verbo griego hypotasso no expresa sujeción, sino subordinación, lo cual indica simplemente que el varón es la cabeza del hogar) a los maridos, con modestia de conducta, gesto y vestido, con respeto y amabilidad paciente, para ganar sin palabras incluso a los no creyentes (Ef. 5:22-24; Col. 3:18; 1 Ped. 3:1-6). Sí hay verdadero amor, todo marchará bien, superando las dificultades y el paso de los años. Dicen que al amor conyugal le pasa como al vino: con el paso de los años, va perdiendo "cuerpo" y color, pero va ganando en grados. Si hay amor, el varón buscará la compañía de su mujer con más interés que la de cualquier amigo: la mujer le presentará al marido nuevos atractivos y sorpresas agradables. Examínese el marido: ¿por qué se siente su mujer irritable, hosca, depresiva? ¿No le faltará el interés, la caricia, la gratitud, la ayuda, el don-sorpresa, de su marido? Examínese la mujer: ¿por qué prefiere él marcharse con sus amigos? ¿No le faltará la comprensión, el interés por sus problemas, el detalle del plato que a él le gusta, el apoyo, el silencio, de su mujer?
B) El llamado "débito conyugal". La advertencia y el consejo de Pablo en 1 Cor. 7:3-5 son de extrema importancia, no sólo para prevenir contra la infidelidad conyugal, sino también por la importancia que lo sexual tiene en el aspecto psico-físico de suprema gratificación placentera que mutuamente se ofrece —algo más importante de lo que se cree para la salud física y mental de la mujer—, como en el aspecto existencial en que se muestra, más que en ninguna otra faceta de la vida —no cabe el disimulo—, el talante egocéntrico o alocéntrico de la persona. La frigidez, la indiferencia o la poca disponibilidad de la esposa pueden acarrear la infidelidad por parte del marido. El egoísmo, la desconsideración, la violencia, pueden aminorar el afecto de la esposa.
C) La paternidad responsable. Como personas humanas y como creyentes, los cónyuges pueden y deben planear y regular la procreación, según lo demande su economía, su salud, etc. Es cierto que la Biblia no dice nada sobre el control de natalidad. Más aún, lugares como Sal. 128:3; Ecl. 6:3 y otros muchos presentan la multitud de hijos como una bendición para el marido, así como 1 Tim. 2:15 presenta el criar hijos como una bendición salvífica para la mujer; el reverso de la maldición de Gen. 3:16, como ya entrevió Adán en el vers. 20, tras la primera promesa del Redentor.
Sin embargo, no hay motivo para prohibir los anticonceptivos como pecaminosos, con tal que prevengan la concepción, no la melificación (que equivale a un aborto). Lo de Onán (Gen. 38:8-10) no hace al caso, porque Onán no fue castigado por Dios por impedir la concepción, sino por negarse a suscitar descendencia al nombre de su hermano.
A) Las relaciones sexuales prematrimoniales son un atentado contra la dignidad misma del matrimonio. Comentando Gen. 24:67: "La trajo ...la tomó por mujer, y la amó", dice S.R. Hirsch: "En la vida moderna, nosotros pondríamos primero "la amó" ... Pero, por muy importante que sea el que el amor preceda al matrimonio, es mucho más importante el que continúe después del matrimonio. La actitud moderna pone el énfasis en el idilio antes del matrimonio; el antiguo punto de vista judío enfatiza el amor y el afecto de toda una vida conyugal." Podríamos añadir que la moderna "sociedad permisiva" facilita el que los idilios prematrimoniales vayan demasiado lejos y, con frecuencia, todo el afecto que se derrocha antes, falta después. La exhortación de 1 Tim. 5:2 tiene también aquí su vigencia: el novio creyente debe ver en su novia un co-miembro de Cristo, templo del Espíritu, coheredera del Cielo, para respetarla como es debido. La novia creyente debe comprender la fuerza del instinto y no ser provocativa. Evítense unas relaciones largas, que prolongan demasiado la tensión psíquico-sexual.
B) El divorcio. La enseñanza clara del Nuevo Testamento es que marido y mujer deben estar unidos de por vida; y, si tuvieren que separarse por algún motivo, deberán quedarse sin casar o reconciliarse (Mr. 10:11-12; Lc. 16:18; 1 Cor. 7:10-11). Algunas iglesias protestantes, como la anglicana y otras, admiten el divorcio vincular en dos casos: adulterio (fundados en Mt. 5:32; 19:9) y deserción (fundados en 1 Cor. 7:15). En cuanto a Mateo, es de notar que Jesús no dice adulterio, sino fornicación, con lo que parece aludir a uniones ilegítimas por concubinato o cercanía de parentesco. 1 Cor. 7:15 habla de la deserción del cónyuge no-creyente, pero no se propone la posibilidad de volver a casarse. Si se trata de cónyuges verdaderamente cristianos, no sólo el divorcio sino también la separación legal nos parece inadmisibles, tanto desde el punto de vista del hogar de unos creyentes como por el contra testimonio que esto supone frente al mundo. Es un dato muy importante el que un rabino de la fama de Hertz, a pesar de admitir el divorcio vincular en ciertos casos (como lo admiten todos los judíos), esté de acuerdo con nosotros y con la Iglesia de Roma en que, se diga lo que se quiera de Mt. 19:3, parece seguro que Cristo pretendió que el matrimonio fuese indisoluble en todo caso, y que así lo practicaban desde el principio los judío-cristianos, como ya lo hacían los esenios y los samaritanos.
C) Los matrimonios mixtos. Ya desde el principio, la Palabra de Dios se muestra clara en condenar las uniones de personas del pueblo elegido con las de naciones idolátricas. Ex. 34:15-16 es un lugar muy explícito a este respecto. Si se admite que "los hijos de Dios" de Gen. 6:2 representan a la descendencia de Set (los adoradores del verdadero Dios), lo cual es muy dudoso a la vista de Judas, vv. 6-7, y que "las hijas de los hombres" del mismo vers. representan a la descendencia de Caín, tendríamos ya antes del Diluvio una muestra de que, como dice Hertz, los matrimonios mixtos pavimentan el camino de la destrucción. En Amos 3:3, se nos dice: "¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?". Y no cabe duda de que la falta de acuerdo en lo tocante a la fe produce el mayor abismo posible en el seno del hogar (Mt. 10:34-36). Por eso, Pablo amonesta seriamente en 2 Cor. 6:14ss.: "No os unáis en yugo desigual con los no creyentes...". Aunque el Apóstol no menciona explícitamente la unión conyugal, es muy significativo que use el término griego que recuerda lo de Deut. 22:10, así como lo de Lev. 19:19, pues ningún otro verbo expresa mejor la desigualdad de ir bajo el mismo "yugo" ("cónyuges"), que el matrimonio comporta, para toda la vida, en el caso de un creyente y un no-creyente (dice Pablo). Es cierto que hay casos en que un matrimonio mixto ha resultado bien, quizás por la misericordia del Señor, pero el creyente está obligado a obedecer ante todo al Señor. 1 Cor. 7:12-16 presenta un caso muy diferente, pues se trata de un matrimonio contraído antes de que uno de los dos se convirtiese al Señor. En este sentido se ha de interpretar el vers. 16, pero no para alegar que el futuro marido o la futura esposa no creyentes podrán ser salvos quizás por este medio, pues, como dice E. Trenchard, "no existe promesa alguna de bendición, aun en el caso que trata el Apóstol; mucho menos puede tomarse como garantía de la conversión, del compañero (o la compañera) cuando, desobedeciendo los mandatos del Señor, el creyente incurre en el pecado del "yugo desigual".”
D) Impedimentos matrimoniales. Aparte del caso especial de los matrimonios mixtos, hay otros casos en que el contrato matrimonial se halla viciado en, su base. Advirtamos de paso que los evangélicos no consideramos al matrimonio como un "sacramento", pero sí como algo sagrado por ser de institución divina (como la Iglesia y el Estado) y haber recibido una bendición especial de Dios (Gen. 1:28). Como regla general, en cuestión de impedimentos matrimoniales, podemos estar de acuerdo con el rabino Hertz cuando dice que lo que prohibe la ley civil es ilícito, pero no todo lo que permite la ley civil es lícito, por el aspecto esencialmente religioso del matrimonio. Estos impedimentos pueden ser de dos clases:
(a) la condición de las personas: si no tienen uso normal de razón, o la edad prescrita por la ley, o son fisiológicamente impotentes para el acto matrimonial o son parientes muy cercanos, o uno de ellos está ya casado (es curioso que el primer bígamo que registra la Biblia fuese un matón y un fanfarrón, Gen. 4:19-24). Hay quienes piensan que a los paganos que tenían varias mujeres en el momento de convertirse al cristianismo, se les permitía la poligamia, aunque a los obispos (ancianos supervisores) y a los diáconos prescribe Pablo que sean "maridos de una sola mujer" (1 Tim. 3:2-12; Tito 1:6).
(b) la nulidad del consentimiento, a causa de ignorancia o engaño acerca de la persona del contrayente, o a causa de coacción externa o de miedo grave. El contrato matrimonial requiere, por su importancia y duración, pleno conocimiento y plena libertad de consentimiento por parte de los contrayentes.
E) El atentado más grave contra el matrimonio lo constituyen las relaciones sexuales con otras personas que no sean la propia mujer, especialmente el adulterio, del cual no vamos a añadir más, puesto que, como pecado sexual, lo hemos tratado en la lección anterior, y en cuanto a las circunstancias que lo fomentan desde dentro del mismo matrimonio, ya hemos dicho bastante en el punto 4 de la presente lección. Del aborto trataremos en la lección siguiente.