Lunes – Proverbios 15:5
Obedecer a los padres en todo.
Martes – Efesios 6:2-3
Amor respetuoso.
Miércoles – Colosenses 3:21
Animar y estimular a sus hijos.
Jueves – Efesios 6:4
Educar debidamente a los hijos.
Viernes – 2 Timoteo 3:16
Instruirlos en la palabra de Dios.
Sábado – Salmos 139:13-16
Él nos fue formando en el vientre de nuestras madres.
Si nuestra fe en Cristo es real, por lo general se probará en el hogar, en nuestra relación con quienes nos conocen mejor. Los hijos y los padres tienen responsabilidades mutuas. Los hijos deben honrar a sus padres aun si estos son exigentes e injustos. Los padres deben cuidar de sus hijos con dulzura, a pesar de que sean desobedientes y molestos. Por supuesto que el ideal es que padres e hijos cristianos se relacionen con solicitud y amor. Esto será así si padres e hijos anteponen sus intereses a los del otro, en otras palabras, si se someten entre sí.
“Escucha el consejo, y recibe la corrección, para que seas sabio en tu vejez.”
PROVERBIOS 19:20
EFESIOS 6:1-4
1. Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo.
2. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;
3. para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra.
4. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.
Todo hogar, y por tanto el hogar cristiano, tiene deberes conyugales que afectan a los esposos entre sí, pero ordinariamente hay también otras personas en el hogar: hijos, a veces suegro o suegra, y, cada vez menos, criados o criadas que conviven en el mismo hogar, y a los que los romanos englobaban bajo el epíteto general de familia (criado); este mismo sentido tiene casa, en el griego del N. Testamento (Hech. 16:31-34, lo que facilita la correcta exégesis del pasaje en cuanto al bautismo), de donde procede familiares o domésticos, como también se llama a un criado o a un ama de llaves que viven bajo el mismo techo que la familia. En la presente lección vamos a centrarnos en los deberes de los padres hacia los hijos y de los hijos hacia los padres, dejando los deberes de amos y criados para la lección siguiente.
Siguiendo el orden de los dos lugares principales del Nuevo Testamento sobre la materia de esta lección (Ef. 6:1-4; Col. 3:20-21), comenzamos por los deberes de los hijos hacia sus padres, y que el texto sagrado especifica así:
A) Obediencia. "Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo." (Ef. 6:1); "hijos obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor." (Col. 3:20). Por aquí vemos que los hijos:
(a) deben obedecer a sus padres. Lo mismo en latín que en griego, el verbo obedecer comporta la idea de "oír desde abajo", o sea, expresa una idea de sumisión, por razón de la autoridad paterna, que es de algún modo representativa de la autoridad de Dios, por lo que el quinto mandamiento de la Ley se hallaba a caballo entre las dos tablas, pero con mejor encuadre en la primera.
(b) deben obedecerles en todo, es decir, en todas las esferas de la vida familiar, puesto que la sumisión lo abarca todo. Esta obediencia tiene dos límites: los derechos de Dios, cuya voluntad ha de prevalecer siempre; y el peculiar llamamiento que cada hijo sienta hacia una profesión determinada y a contraer matrimonio con una persona determinada; advirtiendo, sin embargo, que el consejo de unos padres sensatos y creyentes siempre es para ser tenido en cuenta (Prov. 15:5).
(c) deben obedecerles en el Señor, lo cual incluye los siguientes sentidos complementarios: en, comunión con el Señor, como al Señor (comp. con Ef. 6:7), como agrada al Señor (Col. 3:20), como compete a unos creyentes en Cristo, como es propio dentro de una familia cristiana.
(d) porque esto es justo. F. Foulkes opina que esto puede entenderse en cuatro sentidos: porque eso es lo correcto en toda clase de hogar; porque eso está de acuerdo con la Ley de Dios; porque ello está de acuerdo con el ejemplo de Jesucristo mismo. (Lc. 2:51, pero comp. con el vers. 49, para ver que los derechos de Dios van, por delante); quizás para recordarles que, en muchas cosas y mientras no estén capacitados para juzgar por sí mismos, deben aceptar la voluntad de los padres antes de poder comprender las razones o motivos.
B) Amor respetuoso. "Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra." (Ef. 6:2-3). El respeto, el amor y el honor a los padres no tienen por qué ir necesariamente ligados a la imagen infantil, cuando el papá era el que todo lo sabía y todo lo podía. Aunque se llegue a sobrepasar un día la fuerza o la cultura de los padres, no debe disminuir el aprecio y el respeto. Es de todo punto inadmisible y pecaminoso el que los hijos se atrevan a replicar a sus padres con malas palabras y mal tono, a ridiculizarles, a hablar mal de ellos a los demás, a sembrar la cizaña entre los progenitores yéndole al uno con cuentos acerca del otro, etc. Entre las muchas enseñanzas que nos ofrece la Palabra de Dios acerca de esto, hay un versículo estremecedor en el libro de Proverbios: "El ojo que escarnece a su padre y menosprecia la enseñanza de su madre, los cuervos de la cañada lo saquen, y lo devoren los hijos del águila" (Prov. 30:17). Ef. 6:3 recuerda la promesa de longevidad hecha en Ex. 20:12. Lo cierto es que por experiencia sabemos que, con mucha frecuencia, los hijos sufren a manos de sus propios hijos las desobediencias y desatenciones que ellos cometieron con sus padres.
Sin salir de los sagrados textos citados, vamos a examinar ahora los deberes de los progenitores hacia sus hijos:
A) Animar y estimular a sus hijos. "Y vosotros, padres (el original dice padres, como cabezas de familia, sin nombrar a las madres), no provoquéis a ira a vuestros hijos." (Ef. 6:4a); "Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten." (Col. 3:21). La exhortación de Pablo comienza por lo que no se debe hacer, por la importancia que tiene y por las gravísimas consecuencias que se siguen de no escuchar la advertencia:
(a) Provocar a ira o exasperar, según el sentido primordial del verbo, como dice en Efesios, o irritar, según el sentido de su sinónimo, son acciones que denuncian la mala costumbre de muchos padres y madres de castigar sin juicio y sin medida (y muchas veces, sin razón y con golpes sin tino) a sus hijos; de denostarles, incluso delante de personas ajenas a la familia, como si en todo fuesen malos, traviesos, holgazanes y sin provecho. Es triste que haya muchos niños que nunca oyen de labios de sus padres ni una sola frase de aliento, de estímulo, de alabanza.
(b) "para que no se desalienten" (Col. 3:21). La consecuencia de un trato injusto a los hijos es que se desalientan, se desaniman, pueden adquirir un pernicioso complejo. Lo que ocasiona una carencia o privación, en la fuerza de ánimo, el temple y la energía temperamental necesarios para hacer frente a las dificultades de la vida. Con ello, advierte Pablo a los padres para que no acomplejen a sus hijos con frecuentes amenazas, desmesurados castigos, denuestos o prohibiciones continuas ("no hagas esto ... no hagas lo otro... no, no, no ¡y siempre "no"!). La correcta actitud, de acuerdo con las leyes de la Psicología, consiste: 1) en animar a hacer algo mejor, en vez de centrar la atención del niño en sí mismo, ya sea con, halagos, ya sea con reproches ; 2) aplicar, si llega el caso de necesidad, castigos que sean verdaderos correctivos, es decir, más psicológicos que físicos, aunque de muy niños sean inevitables algunas zurras, pero castíguese con justicia, con serenidad y haciendo por persuadir al niño de que lo merece; pero nunca deben ser los niños las víctimas del mal genio que los padres tengan por otras causas; 3) no discutir ni pelearse delante de los hijos; 4) cuidar de que no queden sin el afecto y la atención que necesitan, cuando viene al mundo un nuevo hermanito; 5) no hacerles el injusto y pernicioso agravio de dar a entender, ni a solas ni ante otros, que no eran, deseados, que vinieron al mundo por "accidente" o "equivocación", o que son un estorbo ahora.
B) Educar debidamente a los hijos: "sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor." (Ef. 6:4b). Analicemos esta frase tan densa:
a) "criadlos". El verbo griego nutrir, viene aquí reforzado, que indica un cuidado constante y sacrificado en la crianza de los hijos, como si les nutrieran de su propio interior, "quitándose el pan de la boca", para que a ellos no les falte.
(b) "en disciplina". El original indica una educación a base de corrección pedagógica y que, por tanto, siempre comporta una instrucción (1 Cor. 11:32; 2 Cor. 6:9; 2 Tim. 2:25; Tito 2:12). Se trata, pues, de una disciplina sabia, amorosa, consistente y suave, sin mengua de la firmeza. Esta disciplina ha de dar paso a su tiempo, a fuerza de la debida instrucción y persuasión, a la autodisciplina y al sentido de la propia responsabilidad. Los padres deben también estar prontos, sin mirar a su propia comodidad, a dar a las preguntas de sus hijos las pertinentes respuestas, lo más correctas, sencillas y adecuadas a su edad de que sean capaces, incluyendo lo referente al origen de la vida, etc. (lo cual no es difícil acudiendo a ejemplos tomados del reino vegetal, como la fecundación de flores, etc.)
(c) "Y amonestación del Señor". También aquí el original nos ofrece una mayor densidad de contenido. La palabra que Pablo usa en griego en vez de "amonestación" es colocar o fijar; por tanto, se trata de un aspecto de la educación por el que los padres fijan la mente de los hijos en las verdades del Señor, estableciendo en ellos sólidas convicciones: criterios y actitudes que corresponden, a quien ha sido debidamente instruido en la Palabra de Dios (comp. con 1 Cor. 10:11; 2 Tim. 3:16, donde ambos vocablos aparecen como obra de la Palabra de Dios). Este es el más alto y noble deber que los padres tienen para con sus hijos: ayudarles a ser cristianos formados, maduros, consecuentes, por medio de su ejemplo, de la oración, de la lectura y estudio de la Palabra en el hogar; procurando encontrar siempre el tiempo necesario para ello, por la suprema importancia que tiene para el resto de la vida (Prov. 19:20; 22:6).
Por su índole peculiar, hemos dejado este tema para un punto aparte. Vamos a ceñirnos a los aspectos éticos. Los principios morales a que debemos atenernos son los siguientes:
A) Aunque la Palabra de Dios no habla explícitamente del aborto, sí nos dice que Dios es el autor de la vida, que Él nos fue formando en el vientre de nuestras madres (Sal. 139:13-16), y que desde el primer embrión (vers. 16), allí había un ser humano con un destino (por ej. Is. 49:1; Jer. 1:5). Por tanto, nunca hay derecho a provocar directamente el aborto de un feto, por joven que éste sea.
B) Cuando el feto, por enquistamiento, por posición ectópica, o por la imposibilidad de una extracción normal, constituya un peligro para la vida de la madre, la preponderancia de valores pide que se haga lo posible por salvar la vida de la madre, aunque se pierda el feto, el cual, por otra parte, difícilmente podrá sobrevivir si no se atiende debidamente a la madre.
C) La legalización del aborto en algunos países y las cifras alarmantes de los abortos conocidos, son un índice más de la inmoralidad y del materialismo reinantes.