Lunes – Juan 3:3
Un nuevo nacimiento.
Martes – Ezequiel 36:25-27
Un nuevo corazón y Espíritu nuevo.
Miércoles – Colosenses 2:6
El modo de andar, es el modo de creer.
Jueves – Efesios 2:14-16
Judíos y gentiles, un solo cuerpo en Cristo.
Viernes – 1 Corintios 9:21
La norma moral del creyente es la ley de Cristo.
Sábado – 1 Juan 3:4-10
El cristiano no practica el pecado.
Si pensamos que nuestra antigua vida pecaminosa está muerta y sepultada, tenemos un motivo poderoso para resistir al pecado. Podemos decidir conscientemente tratarla como si estuviera muerta. Luego podemos continuar disfrutando nuestra nueva vida con Cristo.
ROMANOS 6:4
Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
1 JUAN 3:4-10
4. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.
5. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.
6. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.
7. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo.
8. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.
9. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.
10. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.
Hemos visto en anteriores lecciones cuál es el carácter de la andadura ética del cristiano: un constante Éxodo, que comporta purificación y santificación, positiva, para hacer realidad la participación de la naturaleza divina y la semejanza con el Primogénito, mediante la crucifixión al "yo", a la carne y al mundo, y la docilidad al Espíritu Santo. Un nuevo nacimiento, con una nueva vida, para UN HOMBRE NUEVO (Jn. 3:3; Rom. 6:4; 1 Cor. 15:49; 2 Cor. 5:17; Gal. 6:15; Ef. 2:10-15; 4:24; Col. 3:10) Y, para un hombre nuevo, una nueva norma (Ez. 36:25-27, aunque tenga una primera referencia a Israel).
El vocablo "norma" se deriva del griego "gnórisma" = señal, marca, medida reconocible. En sentido ético, designa la regla moral a la que deben ajustarse nuestros actos. Puede ser:
A) Constitutiva, que consiste en la perfección propia de cada ser. De ahí que la perfección existencial definitiva, escatológica, marca la norma radical del ser humano ("el amor nunca deja de ser" 1 Cor. 13:8). Esa perfección definitiva (¡salvación eterna!) es la necesidad radical del hombre (Rom. 3:23), y a una mayor necesidad corresponde una mayor obligación: cuanto mayor valor tiene un bien para el hombre, mayor es la necesidad y urgencia de alcanzarlo (Mr. 8:35-37).
Por eso, la verdad del hombre es su correcta relación con Dios y con el plan que tiene sobre nosotros: el temor de Dios y la observancia de sus mandamientos es "el todo del hombre" (Ecl. 12:13). En su condición original, la imagen de Dios en el hombre reflejaba nítidamente en la conciencia esta norma constitutiva de la conducta ("cada ser tiene su propio obrar", según el adagio filosófico). Deteriorada la imagen de Dios por el pecado, el hombre debe reencontrar su norma en la voluntad de Dios, conforme Él la ha revelado.
B) Preceptiva. Toda norma presupone un legislador. La naturaleza humana por sí sola no podría constituir su propia ley, porque no es autónoma; no le ligaría éticamente, si no fuese por reflejar la norma preceptiva, la ley del Supremo Hacedor y Rector del Universo. Dios ha puesto su ley:
(a) natural, escrita sin letras en el corazón de todo hombre. Pablo dice que "cuando los gentiles que no tienen, ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones" (Rom. 2:14-15a).
(b) escrita en las dos tablas del Decálogo (Ex. 20; Deut. 5), y seguida de detalles y prescripciones de toda clase. Como puede verse por dichos lugares, esta Ley marcaba el pacto con el pueblo de Israel, un pacto de esclavitud (Gal. 4:24; 5:1), y, por tanto, en su forma escrita, afectaba sólo a los judíos.
C) Declarativa. Para que una ley obligue en concreto a una persona, es preciso que sea suficientemente promulgada y se haga conocer de los sujetos a quienes afecta. Por tanto, la ligadura próxima e inmediata de la norma con el sujeto moral es la conciencia ("con-sciencia" = saber dentro de sí), por la cual nos percatamos de la existencia de la ley y de nuestra obligación de observarla (Rom. 2:15: "...dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos"; 3:20: "por medio de la ley es el conocimiento del pecado; 14:23: "Pero el que duda sobre lo que come, es condenado, porque no lo hace con fe —con seguridad de conciencia—; y todo lo que no proviene de fe, es pecado").
Entramos en un punto difícil y muy discutido dentro de los mismos creyentes evangélicos: ¿Es todavía el Decálogo la norma moral del cristiano?
Antes de responder a esta pregunta, es preciso adelantar la necesidad de evitar dos extremos igualmente anti bíblicos: 1) el legalismo, que hace de la letra del Decálogo la "horma" de la conducta moral del cristiano, y cuya observancia lleva a la salvación (justicia propia), mientras que su inobservancia acarrea la condenación; 2) el antinomianismo (de "anti" = contra, y "nomos" = ley), según, el cual, en virtud del perfecto cumplimiento de la Ley por parte de Cristo, el creyente queda completamente desligado de toda obligación moral, siéndole suficiente la fe en Cristo, como su Salvador y Sustituto.
No cabe duda de que la Ley no es un medio de salvación: "el hombre es justificado por fe SIN LAS OBRAS DE LA LEY" (Rom. 3:28). Tampoco cabe duda de que la Ley ya no tiene poder para condenar al creyente: "Ahora, pues, NINGUNA CONDENACIÓN HAY para los que están en Cristo Jesús" Rom. 8:1. El resto del versículo es una añadidura tardía —y falsa— de algunos MSS). Los textos novotestamentarios podrían multiplicarse, pero no es preciso, pues en estos dos aspectos, todos estamos de acuerdo. Queda un tercer aspecto: ¿Es la Ley escrita el Decálogo, como aparece en Éxodo 20 y Deuteronomio 5, la norma ética del cristiano?
A) El Decálogo o Ley escrita no es la norma moral del creyente. La razón es muy sencilla: Esta Ley era el pacto (pacto de esclavitud) para el pueblo de Israel (Ex. 19:5; Deut. 5: 2), no para los gentiles (Rom. 2:14 "no tienen ley"). Ahora bien, la salvación por el mensaje del Evangelio es para todas las naciones (Mt. 28:19). ¿Quedarán los gentiles obligados al pacto de esclavitud al hacerse cristianos? Evidentemente que no. Tenemos un texto clave: Rom. 10:4 dice así: "Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree". J. Murray, cuya competencia como exegeta de la mayor relevancia es indiscutible, demuestra que el significado del término télos = fin, en este contexto, no es punto de destino, sino terminación, por las siguientes razones:
(a) Este es su significado preponderante en el N. T., especialmente en Pablo (cf. Mt. 10:22; 24:6,14; Mr. 3:26; Lc. 1:33; Jn. 13:1; Rom. 6:21; 1 Cor. 1:8; 15:24; 2 Cor. 1:13; 3:13; 11:15; Flp. 3:19; Heb. 6:11; 7:3; 1 Ped. 4:7);
(b) en esta frase, télos es ciertamente predicado, no sujeto, de la oración gramatical. Si el vocablo significase designio o destino, lo normal es que el Apóstol lo pasase a sujeto para expresar que la culminación del propósito de la Ley era Cristo;
(c) en todo el contexto próximo y remoto, se plantea la antítesis entre la justicia de la ley (por obras) y la justicia de Dios (por la fe); por tanto, la idea más apropiada para este contexto es que el Apóstol hablare en el vers. 4 de la ley como medio de justificación ante Dios y de que Cristo, al proveer con Su obra redentora un medio de justificación diferente, la fe, acaba con la función justificante de la Ley. Y no olvidemos que el modo de andar del cristiano es el mismo de creer (Col. 2:6). Ahora bien, Cristo ha derribado el muro de separación, de modo que todos los creyentes (Rom. 10:4), judíos o gentiles, forman un solo Cuerpo en Él (Ef. 2:14-16). La Ley, pues, queda abolida para todos (Rom. 3:19-31; 4:1-24; 6:14-7:6; 10:4; Gal. 3:24; 5:4-6); más aún, clavada en la Cruz del Calvario (Ef. 2:15, comp. con Col. 2:14) Volver a la ley es caer de la gracia, como la gracia nos libera de la ley (Rom. 7:4, comp. con Gal. 5:4). ¿Quiere esto decir que los creyentes estamos sin Ley? ¡No! No estamos bajo la Ley escrita del Decálogo, pero estamos bajo la Ley de Cristo. Así, pues.
B) La norma moral del creyente es la Ley de Cristo. En 1 Cor. 9:21, dice Pablo: "... no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo". Había dicho en el vers. anterior: "... aunque YO NO ESTE SUJETO A LA LEY...". La ley sólo sujeta cuando obliga, puesto que obligar significa atar. Sin embargo, Pablo no se declara autónomo o "ánomos" (sin ley), sino "énnomos Christú" = en la ley de Cristo, "sujeto a la voluntad de Cristo por las operaciones del Espíritu de Dios". ¿Cuál es la Ley de Cristo, que perfecciona, consuma y acaba (Gal. 5:23: "... contra tales cosas no hay ley") con la Ley escrita? Naturalmente Su mandamiento: el amor mutuo, como verdadero distintivo del cristiano, que condensa, cumple y rebasa la Ley (Lev. 19:18; Jn. 13:34-35; 15:12-17; Rom. 13:8-10; Gal. 5:14, la ley de la libertad: 2 Cor. 3:17; Gal. 5:13; Sant. 1:25-27; 2-8; 1 Jn. 2:7-11; 3:14-18-23; 4: 7-8, 11,20-21; 5:1-2, 2 Jn. vers. 5). Así, las "Diez palabras" se condensan en la "Palabra" (Jn. 1:1-14-18), cifra viva de la Torah o Sabiduría de Dios (Sal. 119:105, comp. con Prov. 1:20-23; 8:22-32), y los muchos mandamientos se condensan en un solo mandamiento (por la identidad del Amor que salva: Jn. 3:16; 1 Jn. 3:16-23; 4:21). Así, la cadena de hierro de la Ley se transforma en cadena de oro del amor. En efecto, a una buena madre, le sobra (y hasta le insulta) el mandamiento: "no matarás a tus hijos". Entendido el amor como genuino ágape divino, del que hablaremos en la lección siguiente, ya se comprende cómo el amor cumple perfectamente la Ley, no porque la Ley sea su norma obligante, sino porque le constriñe el amor de Cristo (2 Cor. 5:14) a hacer sólo lo que sea justo y provechoso para la gloria de Dios y el bien de los demás.
C) En el mandamiento de Cristo subyace, de forma positiva, todo lo que "por naturaleza es de la ley" (Rom. 2:14). Es decir, el creyente no puede practicar (1 Jn. 3:4-10) el pecado. Una "praxis" pecaminosa denotaría una falsa profesión de fe. Así escapamos del antinomianismo. O sea, si hay en el creyente genuino amor, al cumplir así la Ley de Cristo, cumplirá también todos los aspectos positivos del Decálogo en lo que tiene de común con la ley natural, y los rebasará, por el Espíritu, en cantidad y calidad, PERO ESTARA EXENTO DE LOS MANDAMIENTOS MERAMENTE CULTUALES O CEREMONIALES DEL DECÁLOGO, como son el 2.° y el 4.°. Esto me parece de la mayor, importancia, porque, a no ser que admitamos en este aspecto que "las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas" (2 Cor. 5:17, comp. Rom. 14:1-6; Gal. 4:10; Col. 2:16), nos quedamos sin razones fuertes contra la insistencia de judíos y adventistas en la obligación de guardar el sábado como día de reposo claramente mandado en el Decálogo. El día de reposo del cristiano es el "Hoy" de salvación (Heb. 4:4-11), en lo que el Padre y el Hijo no guardan día de fiesta (Jn. 5:17). En cuanto al 2.° mandamiento, que prohibía hacerse imágenes, no es ya ilegítimo el hacerlas, sino el venerarlas como objetos de adoración o de intercesión (tal era, en realidad, el espíritu del 2.° mandamiento).
Por tanto, podemos concluir que, en realidad, para el creyente ya no hay obligación, sino devoción (la consagración total de Rom. 12:1), como tampoco se le exigen obras, sino fruto.
Se cuenta de un hombre que vivía en una granja y compró un fiero mastín para tener bien custodiada su finca. El perro era tan indómito que tuvo que atarle una gruesa cadena de hierro, y así lo sacaba a pasear. Pasado algún tiempo, el amo probó a dejarlo suelto. El perro, viéndose libre, se lanzó a toda carrera lejos de su amo. Pero enseguida volvió para no separarse más de él, por el afecto que le había cobrado. Ya no necesitaba la cadena de hierro, porque le sujetaba una cadena de oro: la del amor. Una vez más nos viene a la mente lo de Agustín: "Ama, y haz lo que quieras".