Lunes – Romanos 6:3-11
Lavados por fuera.
Martes – 2 Corintios 4:16
Renovación interior permanente.
Miércoles – Romanos 3:28
Salvo por fe, no por obras.
Jueves – Romanos 8:14
Nuestra santificación es por medio del Espíritu Santo.
Viernes – Isaías 6:1-6
La gloria de Dios revela que somos indignos.
Sábado – 1 Tesalonicenses 1:9
El acercarnos a Dios nos aleja de toda idolatría.
La voluntad de Dios es el blanco al que se debe apuntar. Lo torcido de una línea queda revelado cuando se le yuxtapone una regla recta. También podríamos decir como hemos aprendido, que el nacimiento de Dios comprende la purificación de uno; queda demostrado que donde hay pecado, eso es, la falta de esta purificación, allí tampoco hay tal nacimiento de Dios.
«Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.»
1. Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.
2. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.
3. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.
4. Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.
5. Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.
6. Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.
7. Hijitos, nadie os engañe; el que hace justicia es justo, como él es justo.
8. El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.
9. Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.
10. En esto se manifiestan los hijos de Dios, y los hijos del diablo: todo aquel que no hace justicia, y que no ama a su hermano, no es de Dios.
11. Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros.
12. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa le mató? Porque sus obras eran malas, y las de su hermano justas.
Resumiendo lo que ya hemos dicho en otro lugar, nos limitaremos a hacer notar que toda la Ética cristiana, por comportar una participación de la naturaleza divina (2 Ped. 1:4), se basa en el carácter santo de Dios. Ahora bien, el concepto de santidad en Dios incluye dos elementos que se complementan mutuamente: a) una majestad transcendente, por la que Dios es totalmente distinto y distante de todo ser creado, por estar infinitamente exento de toda mancha, de todo defecto y de toda limitación. Él es el Ser Puro (Ex. 3:14- 15), sin mezcla de no-ser; por tanto, la Perfección infinita, sin mezcla de imperfección; b) una bondad inmanente, por la que Dios es el autor de todo bien, infinitamente cercano a todo ser salido de sus manos, especialmente a toda debilidad y miseria de los hombres (Hech. 17:25-28; 2 Cor. 12:9; Sant. 1:17). Su infinita lejanía del pecado le permite una infinita cercanía al pecador: puede siempre condescender sin rebajarse. Resumiendo: DIOS ES EL ÚNICO SALVADOR NECESARIO Y SUFICIENTE ¡ESTA ES SU GLORIA! (Jer. 17:5).
A lo largo del Antiguo Testamento, campea como un slogan insoslayable para el pueblo de Dios la frase que, desde el Levítico —el libro de la santidad y de los sacrificios—, viene repitiéndose constantemente en la Revelación Divina: "Y SERÉIS SANTOS, PORQUE YO SOY SANTO" (Lev. 11:44; 19:2; 20:26; etc.). De manera parecida, el Apóstol Juan dice de los creyentes que aguardan expectantes la segunda venida del Señor: “Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.” (1 Jn. 3:3). La final comunión con Dios exige una pureza absoluta, como se recalca en Apoc. 21:27: “No entrará en ella (en la nueva ciudad de Dios) ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira...” Esta santidad no acaba en una mística unión con Dios, en una relación vertical, al margen de nuestro quehacer cotidiano y de nuestra relación con el prójimo, sino que es de un pragmatismo tremendamente concreto. El teólogo Juan no duda en asegurar: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?” (1 Jn. 4:20). Y Santiago expresa admirablemente cómo ha de reflejar el creyente la infinita lejanía del pecado y la infinita cercanía a la miseria, que constituyen el carácter santo de Dios: “La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: Visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones (acercamiento), y guardarse sin mancha del mundo (alejamiento)” (Sant. 1:27). He aquí un magnífico resumen de conducta cristiana: condescender con misericordia hasta el fondo de la miseria del prójimo, sin mancharse con su pecado. El apóstol Judas lo expresa de esta otra manera: “A algunos que dudan, convencedlos. A otros, salvad, arrebatándolos del fuego; y de otros tened misericordia con temor, aborreciendo aun la ropa contaminada por su carne.” (Jud. 22-23).
Resumiendo lo que explicamos con más detalle en otro lugar, diremos que es preciso distinguir dos clases de santidad: a) de posición legal ante Dios, mediante la justificación de pura gracia por la fe en el que justifica al impío (Rom. caps. 3 y 4). Con esta posición, todo verdadero creyente es santo según el concepto primordial de santidad, o sea, queda separado, puesto aparte por Dios, para quedar consagrado a El mediante el injerto en Jesucristo (Rom. 6:3-11). Este concepto está simbolizado en el bautismo de agua, la cual lava por fuera. Al imputársenos la justicia de Cristo, quedamos exentos del reato de culpa que comportaban nuestros actos pecaminosos, y nuestro anterior estado de aversión a Dios se torna en estado de gracia o de conversión a Dios. Dios nos mira ya como amigos; más aún, como hijos; b) de posesión real, mediante la obra santificadora del Espíritu Santo, que comienza en la regeneración espiritual, por la que nacemos de nuevo, adquiriendo una semilla de vida divina, la participación de la naturaleza divina, en constante renovación moral de nuestra conducta (Rom. 6:11-22; 8:29; 12:2; Flp. 3:12). Así se lleva a la perfección la sustitución descrita en 2 Cor. 5:21; para que nuestro hombre interior se transforme a imitación del Postrer Adán (1 Cor. 15:49; 2 Cor. 4:16; Heb. 7:26; 1 Jn. 3:3; etc.). Este concepto está simbolizado en el bautismo de fuego, que consume por dentro.
Queda, pues, clara la distinción entre justificación legal (instantánea, en el momento de la conversión) y santificación moral (progresiva, a lo largo de toda la vida). Una persona es salva por fe (Rom. 3:28), no por obras, aunque sí para obras buenas (Ef. 2:8-10; Sant. 2:14-19). En el proceso de nuestra salvación, TODO ES DE GRACIA Y POR FE. Hay creyentes que saben muy bien que la justificación es por fe, pero piensan que la santificación es por obras, lo cual trae funestas consecuencias de orden práctico, puesto que ponen un equivocado énfasis en el esfuerzo por cumplir la voluntad de Dios y se deprimen ante las dificultades y las continuas caídas, pudiendo fácilmente adquirir un complejo de culpa por lo pasado, de fracaso por lo presente, o de miedo ante la amenaza de una tentación o de un peligro. Esta actitud está basada en un error teológico. Debemos persuadirnos de que también la santificación es por fe y de pura gracia; no depende de nuestro esfuerzo, sino de la docilidad al Espíritu Santo (Rom. 8: 14); esta actitud está simbolizada en la parábola de Mr. 4:26- 29, en que la semilla brota y crece sin que el sembrador se percate siquiera de ello. La santidad es una vida de origen divino, una planta que crece desde el interior por impulso divino (1 Cor. 3:6-9). Un labrador planta, riega y limpia el suelo, pero no se le ocurre tirar de las hojas, de los tallos, de las ramas, para que las plantas crezcan más deprisa. Sólo cuando nos olvidamos de nuestra debilidad y de nuestros recursos, podemos asirnos al poder de Dios que nos fortalece (2 Cor. 12:9-10). Mientras Pedro tenía fija la mirada en Cristo, caminaba con seguridad sobre las olas; sólo cuando bajó la vista al mar encrespado, comenzó a hundirse por su propia impotencia (Mt. 14:28-31).
Siendo la santidad una participación de la vida divina, de la conducta de Dios, sólo el Espíritu de Dios, el soplo por el cual Dios es ineludiblemente impulsado hacia el Bien, puede mostrarnos la meta y el camino de la santidad. Lo hace convenciéndonos de nuestra miseria. Al principio, le basta con infundir un sentimiento de hallarse perdido, destituido de auxilio y necesitado de salvación; pero el reconocimiento profundo de la íntima miseria sigue, no precede, al reconocimiento de la santidad de Dios. Sólo después de contemplar la gloria de Dios en el Templo, se percató Isaías de su radical indignidad (Is. 6:1-6). Por eso, en realidad, el verdadero arrepentimiento sigue lógicamente al acercarse por fe a la cruz del Calvario. No se convierte uno primero de los ídolos y después se acerca a Dios, como puede sugerir la versión corriente de 1 Tes. 1:9, sino que, al acercarse a Dios, se vuelve a Él desde los ídolos, como da a entender el texto original.