Los calendarios casi siempre se estructuran en torno a fenómenos astronómicos periódicos, como el año solar o el mes lunar . Por lo tanto, la astronomía y la cronología están estrechamente vinculadas en el intento de resolver el complejo problema de la medición del tiempo.
Este sitio, creado inicialmente como un sitio astronómico, contiene, por lo tanto, varias páginas dedicadas a calendarios:
El problema del calendario : los elementos básicos del calendario y los distintos tipos de calendarios posibles.
Breve historia del calendario romano aún en uso, desde el calendario Numa hasta los calendarios juliano y gregoriano .
Una página sobre estilos de calendario , es decir, cuál debería ser el primer día del año: el 1 de enero como ahora, o el 1 de marzo, o el 25 de marzo...
Una página sobre las eras , es decir, sobre cómo contar los años.
Un calendario perpetuo que calcula, para cada día desde el 1 de enero de -4712 hasta la actualidad, el día juliano, el día de la semana, las próximas fases lunares y los próximos eclipses; útil para fines cronológicos.
Un calendario mensual perpetuo que muestra los días de la semana mes a mes, siempre desde el año -4712 hasta la actualidad.
Los elementos básicos del calendario son
Las definiciones principales de estas unidades se ofrecen en las páginas correspondientes.
El día juliano , un calendario que solo cuenta los días, utilizado únicamente por los astrónomos.
Una página dedicada al calendario islámico con calendario perpetuo y conversión entre fechas musulmanas y cristianas.
Una página sobre reformas del calendario , y en particular una página sobre el calendario de la Revolución Francesa con conversión automática de fechas.
En el calendario romano primitivo -que estaba estrechamente ligado a las cosechas-, los meses de invierno no recibieron nombre hasta el siglo VII a.C. Se necesitarían varios siglos más para establecer el 1 de enero como inicio del nuevo año. Las primeras representaciones del mes solían mostrar fiestas, como esta vidriera del siglo XIII en la catedral de San Esteban de Bourges (Francia).
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Comenzar el año en el mes de enero nos parece lo más natural del mundo, pero durante siglos, nunca fue así. De hecho, en los primeros calendarios romanos, el año comenzaba en marzo, dentro de una antigua costumbre avalada por razones astronómicas, culturales, agrícolas y religiosas. Pero, ¿qué ocurrió para que enero se convirtiera en el mes que abre el calendario?
Originalmente, el primer calendario romano, atribuido tradicionalmente a Rómulo (el fundador mítico de Roma), solo tenía 10 meses (y no había invierno). El año comenzaba en Martius (marzo), en honor al dios Marte, que era el ser protector de la guerra y el dios de la agricultura. Esta elección tenía mucho sentido para la sociedad de la época, ya que marzo marcaba el comienzo de la temporada agrícola y del ciclo militar, dos pilares fundamentales de la sociedad romana primitiva.
Los meses continuaban hasta diciembre, que en latín significa literalmente “el décimo mes”. El invierno quedaba fuera del calendario y del tiempo. Se trataba de una etapa sin nombre ni actividad oficial en el Imperio.
Sin embargo, a finales del siglo VII a.C., el segundo rey de Roma, Numa Pompilio (sucesor de Rómulo), introdujo una reforma muy importante: añadió dos nuevos meses de invierno al calendario, llamados Ianuarius (enero) y Februarius (febrero), pasando de tener el calendario de 10 meses sin invierno a 12 meses y unos 355 días (con invierno incluido), basado en los ciclos de la Luna. Ianuarius fue dedicado a Jano, el dios romano de las transiciones, los comienzos y las puertas y Februarius tomó su nombre de la festividad de la Februa (o Februatio), un ritual romano de purificación asociado a la limpieza y la fertilidad.
Pero el nuevo calendario no era perfecto. Al basarse en la Luna, se desajustaba constantemente con las estaciones. Para corregirlo, los romanos decidieron introducir ocasionalmente un mes adicional llamado Mercedonius (o Mes de Trabajo), pero su aplicación dependía del criterio de los sacerdotes… y a veces de intereses políticos. El problema es que el año resultante duraba más de lo esperado: 377 o 378 días.
Sin embargo, el político y militar romano Julio César estaba cansado de tanto caos cronológico, ya que esta apañadura de Mercedonius era realmente un parche; por ello, encargó una reforma completa del calendario en el año 45 a.C. Con la ayuda del astrónomo egipcio Sosígenes de Alejandría, el calendario juliano vio por fin la luz; esta vez basado en el sol y con una duración de 365 días, con un año bisiesto cada cuatro. Orden y equilibrio.
Fue entonces cuando el 1 de enero acabó estableciéndose oficialmente como el inicio del año nuevo, coincidiendo con el momento en que los cónsules romanos asumían su cargo. Siendo el dios Jano (enero) guardián de los comienzos, el que miraba simultáneamente al pasado y al futuro, era la divinidad perfecta para dar el pistoletazo de salida al año nuevo.
Aunque el calendario juliano se impuso en todo el Imperio romano, la fecha del año nuevo no se mantuvo uniforme. Durante la Edad Media, distintas regiones europeas celebraban el comienzo del año en fechas mu distintas: algunos volvieron a empezar el año en marzo (aunque a finales, el 25 de marzo con motivo de la anunciación), otros en abril, e incluso en Navidad, volviendo a un caos de calendario por motivos religiosos fundamentalmente.
Tampoco duraría demasiado este desorden respecto a cuándo comenzaba el año. En 1582, el papa Gregorio XIII impulsó una nueva reforma para corregir los errores acumulados en el calendario juliano, que eran muchos. Así nació el calendario gregoriano, que es el que usamos hoy en día, restableciendo a su paso el 1 de enero como el comienzo oficial del año nuevo (pero, no todo el mundo se adaptó al nuevo calendario gregoriano, de ahí que haya diferentes culturas con festivales o rituales en otros momentos del año, como el Año Nuevo Chino o Nowruz).
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