El documento más antiguo que se conserva en el que aparece el nombre de Nasreddin Hoca es el manuscrito denominado Saltuknâme de Ebû’l-Hayr-i Rumî que data de 1480 y se encuentra en la biblioteca del palacio del Topkapı. Según este manuscrito, Nasreddin habría sido un derviche que murió en la ciudad de Akşehir en el año 667 de la Hégira (1268/1269 de la era moderna). Esta es la base que sustenta numerosos trabajos que defienden la idea de que el protagonista de los cuentos de Nasreddin Hoca vivió realmente y está enterrado en dicha ciudad. Algunos de los investigadores partidarios de esta teoría remontan su vida al siglo XIII, aunque la mayoría opinan que vivió en el período en que Tamerlán invadió buena parte de Anatolia (principios del siglo XV). Lo cierto es que no contamos con ningún documento que apuntale de forma indiscutible el hecho de que su existencia fuera real. Y, en realidad, eso no es importante. Lo más probable es que sea un personaje imaginado o en el que se mezclan características y anécdotas irreales junto con otras más o menos históricas pertenecientes a muchas personas diferentes que vivieron a lo largo de varios siglos. Los cuentos que se le atribuyen son narraciones que fueron creadas por un pueblo anónimo de forma oral a las que se han añadido multitud de elementos a lo largo del tiempo, tanto por personas letradas como iletradas. Es decir, Nasreddin Hoca es muy un mero “personaje colectivo” que sirve para unificar bajo su nombre numerosas historias de origen muy diverso, como suele ocurrir en el folclore de todas las culturas.
El primer manuscrito que recoge distintas anécdotas populares divertidas teóricamente “turcas” fue escrito por el poeta Mahmud Lamii Çelebi en época del sultán Beyazıt II (cuyo sultanato se extendió de 1481 a 1512). Nasreddin Hoca aparece en él protagonizando solo un cuento, aunque algunos otros de los recogidos le serán adjudicados más tarde. Poco después Abdullah Çelebi, hijo del poeta, escribió una nueva versión ampliada en la que presentaba ya muchas más historias. Este último manuscrito fue el que se utilizó para realizar el primer libro en turco otomano impreso con cuentos de Hoca, que se publicó en 1837 editado por Çaylak Mehmed (Mehmed Tevfik) y Bahai (Veled Çeleci İzbudak). A partir de aquí los cuentos adquirieron una gran popularidad, aunque muchos fueron prohibidos en la época del sultán Abdülhamid II (el cual pensaba que podían interpretarse como críticas veladas hacia su gobierno); pero esa censura política terminó tras la revolución de los Jóvenes Turcos (1908). Con la llegada de la República en 1923 surgió un mayor interés por parte de los folcloristas, pero su éxito entre el público comenzó a decaer, tal vez porque muchos intelectuales de la época los consideraban propios del gusto y las costumbres campesinos. En la actualidad, los libros de Nasrettin Hoca suelen ser encasillados como Literatura infantil, algo que no concuerda con la realidad subyacente en la mayoría de estos relatos, una tendencia habitual con respecto a las producciones del folclore tradicional en todos los países. Cuando la UNESCO declaró 1996 el “Año de Nasreddin Hoca”, los cuentos volvieron a recobrar un cierto prestigio y se promovió la aparición de nuevas ediciones y varios estudios sobre el tema.
Los manuscritos o libros impresos más antiguos con anécdotas de Nasreddin Hoca se encuentran repartidos por bibliotecas diversas como la biblioteca Bodleien de Oxford, la biblioteca Nacional de París o la biblioteca de la facultad de Historia, Lengua y Geografía de la Universidad de Ankara. La mayoría son recopilaciones realizadas por orientalistas extranjeros durante alguna estancia en el Imperio Otomano y van desde 1694, fecha de la más antigua (realizada por el francés Antoine Galland), hasta finales del siglo XIX. Los cuentos recogidos en estos documentos varían en cantidad (entre los 43 del manuscrito en Oxford hasta los 146), son anónimos, suelen ser cortos y utilizan un turco coloquial propio del lenguaje hablado de esos siglos. Con posterioridad, el corpus de cuentos aumentó notablemente (al absorber distintas historias anónimas atribuidas antes a otros personajes y unirse con otros cuentos creados por escritores profesionales, así como con anécdotas muy variadas) y se les fueron añadiendo más detalles, de manera que en la actualidad el corpus es mucho más numeroso y contiene características que muy probablemente no poseía en origen.
En el folclore popular de muchas culturas es habitual encontrar el personaje del “tonto” o el “loco”: alguien que se permite decir cosas que los otros no pueden, que actúa de manera extraña o diferente, saltándose las normas establecidas y que, al mismo tiempo, es considerado hasta cierto punto una especie de “sabio”. Este es el papel que desempeña Nasreddin Hoca: se ríe de sí mismo y se ríe de los demás, pero a menudo esconde una ironía o una crítica. En este sentido, sus cuentos son universales, no exclusivos de una cultura ni una religión determinadas (algo que muchos estudiosos turcos defienden con ahínco) ya que son similares a otros personajes o historias de otros lugares y forman parte del acervo oral popular de toda la Humanidad. Pero es inevitable intentar entender dónde se produjeron por primera vez. Dado que a medida que nos alejamos en dirección al Lejano Oriente o hacia occidente el número de historias disminuye notablemente y puesto que la mayoría de ellas se han conservado en la zona de Oriente Medio, se ha tendido a pensar que el corpus original debió aparecer en esta zona. Algunos especialistas opinan que hay una gran relación entre Nasreddin Hoca y los relatos sobre “tontos” que se pusieron de moda en la literatura árabe (más concretamente con los que tienen por protagonista a Cuha/Yuha/Yoha) a partir del siglo IX y se extendieron, junto con el Islam, por muchos otros pueblos, entre ellos los turcos. Pero, de nuevo, también esos relatos pudieron ser originalmente anécdotas orales que, recogidas por los escritores árabes, se fueron ampliando y adornando hasta quedar constituidas en narraciones más elaboradas con muchas variantes e intenciones diferentes.
En general, podemos decir que el conjunto de anécdotas ofrece dos imágenes distintas del personaje: por un lado, tenemos un Nasreddin “positivo” (generoso, sabio, con sentido común, colaborador, compasivo…); y, por el otro, existe también un Nasreddin que podríamos calificar de “negativo” (tonto, inculto, oportunista, retorcido, sin piedad, embaucador…). Pero, sea lo que sea, siempre suele estar de buen humor y no parece tomarse la vida en serio: tiene un chiste o una respuesta divertida para cada situación. Tenemos cuentos para todas las circunstancias, épocas del año, momento del día, en todo tipo de ambientes y lugares. Unas versiones están en prosa y otras en verso, pero en todas hay abundancia de diálogos. A menudo son historias cortas, pero también las hay más largas, todas se enfocan en el asunto a tratar y son directas y claras. Y, a pesar de que tratan todo tipo de temas, podríamos decir que se limitan a tres fundamentales: las relaciones entre individuo e individuo, las relaciones entre el individuo y la sociedad y las relaciones entre el individuo y la Naturaleza. Todo esto sirve para apoyar la tesis de que nuestro protagonista no fue una persona real sino la consecuencia de numerosos y variados aportes.
Existen diversas versiones tanto de los cuentos como del nombre del protagonista, algo habitual en cualquier obra oral que se ha extendido a lo largo del tiempo por una amplia geografía: además de los territorios del antiguo Imperio Otomano (incluidos muchos países árabes y la zona del este de Europa), podemos encontrarlas entre otros pueblos turcomanos (Kiyiquistán, Turkestán, Azerbayán, etc.), pero también en Rusia, Hungría, norte de África, Georgia, Ucrania, Armenia, Afganistán, Irán, Pakistán… Sin embargo, en el momento en que algunas de estas historias se pusieron por escrito quedaron inmediatamente fijadas y es muy probable que fuera entonces cuando les asignó un protagonista común, Nasreddin Hoca, un nombre que seguramente no aparecía en un principio. Las más antiguas son más sentencias morales o anécdotas que cuentos y su objetivo es divertir a los oyentes, pero incluyen también un buen porcentaje de la sabiduría popular propia de las sociedades campesinas. Esa característica ayudó a que, pasando el tiempo, algunas se transformaran en refranes o dichos del lenguaje cotidiano.
María Jesús Horta
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