Su nombre completo era Carmen Ramona Loreta de Burgos Seguí, aunque a lo largo de su vida profesional firmó muchos de sus escritos con diferentes pseudónimos (“Gabriel Luna”, “Perico el de los Palotes”, “Raquel”, “Honorine”, “Marianela”), siendo el más famoso de ellos “Colombine”. Nació en Almería en 1867 y murió en Madrid en 1932. Periodista, escritora, ensayista, traductora y activista por los derechos de las mujeres, Carmen de Burgos fue la hija mayor de un terrateniente almeriense dueño también de algunas minas. Pasó buena parte de su infancia en un cortijo que su madre, de una rica familia campesina, había heredado en Rodalquinar, un valle en la zona de Níjar abierto al Cabo de Gata. Con posterioridad, la familia se trasladó a la capital de la provincia, en un momento en el que Almería estaba viviendo una profunda transformación modernizadora impulsada por la burguesía liberal. Su padre, amante del conocimiento y la cultura y muy ligado también a Portugal (país del que fue Vicecónsul Honorario durante bastantes años), decidió dar a su hija la misma educación que a sus hermanos varones. Pero su futuro quedó marcado cuando, en contra de la opinión paterna, se casó muy joven y con un periodista mayor que ella. Esta circunstancia la ayudó a acceder a la empresa tipográfica de la familia de su esposo, que no solo contaba con una cierta relevancia política, sino que había puesto en circulación El Pensil, primer semanario de la provincia, y algunos otros. Sus primeros artículos aparecieron en la revista satírica Alma Bufa dirigida por su marido al mismo tiempo que estudiaba para sacarse el título de maestra de Enseñanza Elemental (que logró en 1895), un título que más tarde complementaría con el de maestra de Enseñanza Superior (en 1898).
Sin embargo, ese matrimonio tan deseado acabó convirtiéndose en un suplicio: su marido le fue repetidamente infiel y la maltrataba a menudo y, para mayor desgracia, tres de sus hijos nacieron muertos o vivieron poco tiempo. Esta terrible situación la empujó a trabajar desde 1896 en un colegio para niñas pobres y a presentarse a unas oposiciones para intentar sacar plaza de maestra. Desde 1898 vivió intermitentemente en casa de su padre, separada de su marido, y, al conseguir su plaza en 1901 para la Escuela Normal de Guadalajara, decidió abandonarle definitivamente llevándose a su única hija. En un primer momento se instaló en Madrid, en casa de uno de sus tíos, aunque también tuvo que salir de allí cuando este intentó propasarse con ella. A partir de entonces se estableció con su hermana Catalina y su hija María manteniéndose con su propio trabajo. Su marido falleció en 1906 pero de Burgos no volvió a casarse nunca más.
Enseguida solicitó una comisión de servicios de la Escuela Normal para poder permanecer en Madrid, se matriculó en un curso de pedagogía en el Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos (dependiente de la Universidad Central) y comenzó a desarrollar una actividad periodística y creativa frenética que continuaría a lo largo de toda su vida. En 1900 había publicado en Almería una obra recopilatoria de breves ensayos y poemas donde se pueden atisbar ya las líneas generales que marcaron después su pensamiento: fe en el progreso y en la fuerza transformadora de la razón, igualdad de derechos entre los sexos, rechazo total de la supuesta inferioridad intelectual de las mujeres y una urgente necesidad de educarlas bien. En Madrid empezó publicando algunos libros de poemas, pero su labor inicial más destacada fue periodística. En 1902 comenzó a colaborar con el periódico El Globo y un año más tarde el director del Diario Universal le propuso escribir una columna diaria que se tituló “Lecturas para la mujer” y que mantendría durante muchos años con el pseudónimo de “Colombine” (un sobrenombre elegido por el propio director). Se convertía así en la primera mujer redactora de una columna fija en un periódico español. En ella, además de hablar de moda, etiqueta y otros temas considerados “femeninos”, fue poco a poco introduciendo ideas nuevas. Su columna se hizo rápidamente famosa y contó con numerosos partidarios y detractores, entre los que se encontraban la Iglesia y los sectores más conservadores.
Se introdujo muy pronto en diferentes círculos literarios y culturales del Madrid de la época y entabló contacto con numerosos intelectuales y artistas. De hecho, ya en 1895 había sido una de las primeras mujeres en ingresar en el Ateneo de Madrid, antes incluso de residir en la capital. Mantuvo, por ejemplo, una estrecha amistad con Blasco Ibáñez, con quien compartió estética literaria e ideales republicanos, y se relacionó con Benito Pérez Galdós, Joaquín Sorolla, Mariano Benlliure, Juan Ramón Jiménez, Rafael Cansinos-Assens, Julio Romero de Torres, Ana de Castro Osório, Gregorio Marañón o Emilia Pardo Bazán entre muchos otros. En otoño de 1905 realizó un viaje con su hija por distintos países europeos becada por el Ministerio de Instrucción Pública con el objetivo de analizar otros sistemas educativos, momento en que contactó con gran parte de la intelectualidad y el periodismo europeos de la época. A su vuelta, publicó numerosos artículos al respecto, que se unieron a los que había ido enviando desde diferentes ciudades. En 1906 solicitó una nueva comisión de servicios en la Escuela Superior de Industria donde comenzó a dar clases en la Sección de Enseñanza de la Mujer hasta que, en 1907, el Ministerio la obligó a incorporarse a su puesto de maestra, esta vez en la Escuela Normal de Toledo (ya que la de Guadalajara había sido transformada en Escuela Normal Superior y la escritora no tenía aún la categoría necesaria para impartir clases en ese nivel). Siempre se ha dicho que Carmen de Burgos compaginó toda su vida su trabajo como maestra en diferentes instituciones con su obra periodística y literaria. Pero, aunque ciertamente ejerció como tal y la docencia fue siempre una de sus grandes preocupaciones, no fue tan constante en esta ocupación como en las otras, tal vez porque su ingreso en el cuerpo se debió, sobre todo, a la necesidad de contar con unos ingresos fijos que le permitieran ser independiente económicamente.
Inició varias campañas importantes en el periódico el Heraldo de Madrid a favor del divorcio, del sufragio femenino y de la supresión de la pena de muerte. Luchó también contra la reglamentación de la prostitución, contra el alcoholismo, contra los artículos del Código Civil y el Código Penal que discriminaban a las mujeres o a los hijos ilegítimos y para que se realizara una profunda reforma de la educación en general, sobre todo de la femenina. En 1907 instauró una tertulia literaria semanal en su casa de Madrid que pretendía ser un reflejo de las que había conocido en su viaje por Europa. A ella no solo acudían escritores, artistas y periodistas españoles sino también muchos extranjeros de paso por la ciudad y muy pronto se convirtió en un foco del naciente Modernismo, así como en catapulta a la fama de jóvenes escritores poco conocidos hasta entonces. La tertulia continuó desarrollándose los domingos mientras estuvo viviendo en Toledo y fue, además, el germen de la Revista Crítica (publicada entre 1908 y 1909) que sirvió a de Burgos de tribuna para expresar sus ideas. En ella conoció al escritor Ramón Gómez de la Serna, mucho más joven que ella, con el que iniciaría en 1909 una larga relación sentimental y literaria que les hizo compartir más de veinte años de vida e intereses comunes. Juntos publicarían varias obras y viajarían por numerosos países, en los que también residieron por temporadas. Desgraciadamente, esa convivencia fue muy negativa para la imagen pública de Carmen de Burgos pues hizo que en determinados círculos quedara reducida al papel de “amante” del escritor, a pesar de que él siempre intentó por todos los medios ocultar su vida en común para protegerla de sus detractores. Su fructífera colaboración acabó truncándose en 1929 cuando Gómez de la Serna tuvo un pequeño romance con su hija. Esta doble traición fue un fuerte golpe para de Burgos.
En 1907 fue admitida, junto con Consuelo Álvarez Pool (“Violeta”), en la Asociación de la Prensa de Madrid y un año después fundó la Alianza Hispano-Israelí para ayudar a preservar a la comunidad sefardí mundial. Su interés por esta comunidad estuvo siempre presente, pero se incrementó sobre todo tras acabar la I Guerra Mundial, al producirse un rápido aumento del antisemitismo en numerosos países. A comienzos de 1908 una denuncia anónima puso en marcha un proceso administrativo del Ministerio de Instrucción Pública contra ella, al mismo tiempo que el obispo de Jaca presentaba en el Senado una interpelación en su contra acusándola de mostrar en el desempeño de su trabajo ideas contrarias a la fe. Finalmente, logró salir airosa de ambas causas y regresar a Madrid en 1909, tras ser nombrada docente de la Escuela Normal Central de Maestras. Pero, al producirse el Desastre del Barranco del Lobo (en julio de ese mismo año), tomó la decisión de trasladarse a la ciudad de Melilla para conocer de primera mano la situación de las tropas españolas destacadas allí. Tras ejercer como corresponsal de guerra para el Heraldo de Madrid, a su vuelta a la capital publicó un artículo impactante titulado “Guerra a la guerra” en el que defendía la objeción de conciencia.
En 1911 fue nombrada profesora de la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, trabajo que comenzó a compaginar con clases para ciegos y sordomudos. Diez años más tarde lideró la primera manifestación sufragista celebrada en España, que entregó en el Congreso un manifiesto con nueve puntos que condensaban las demandas feministas de la época. Afiliada primero al Partido Socialista (en 1910), se dio de baja al terminar la I Guerra Mundial al constatar que entre las prioridades del partido no estaba la defensa del voto femenino. Se afilió entonces a Unión Republicana, una pequeña agrupación que estaba reclutando mujeres y que pretendía ser más activa en ese frente. Posteriormente ingresó en 1929 en el Partido Republicano Radical Socialista, una escisión del ala izquierdista de Izquierda Republicana, porque defendía muchas de sus demandas. Fue también presidenta de la Cruzada de Mujeres Españolas y de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Iberoamericanas, así como vicepresidente primera de la Izquierda Republicana Anticlerical. Y en sus últimos años de vida ingresó en la masonería, un círculo hacia el que siempre se había sentido atraída, llegando a crear su propia logia.
Cuando estalló la I Guerra Mundial estaba viajando por los países bálticos con su hija y ambas vivieron momentos muy peligrosos al regresar a España por tierra a través de Alemania. En sus crónicas denunció los desastres, las muertes, el desamparo de tantas personas y, a pesar de su evidente partidismo hacia los aliados (especialmente los franceses), defendió siempre una postura antibelicista. Participó de varias iniciativas que intentaban imponer la paz, en la Junta de Patronato que se ocupaba de ayudar a los niños víctimas de la guerra y dedicó parte de sus esfuerzos a enviar asistencia a los voluntarios españoles que luchaban en el conflicto. La I Guerra Mundial significó para Carmen de Burgos el final de un mundo; pero también supo ver en ella algunos aspectos positivos, como el imparable aumento de la emancipación femenina. Mientras tanto, la tensión social iba en aumento en España y la política se empantanaba en una crisis que acabó desembocando en la dictadura de Primo de Rivera. Durante este periodo de Burgos sufrió problemas por su fuerte anticlericalismo, sus ideas feministas y su rechazo a algunas medidas tomadas por el dictador, como la concesión parcial del voto a las mujeres (algo que ella denunció como restrictivo).
Sus ideales feministas no se vieron cumplidos hasta la llegada de la II República, cuando las reformas emprendidas lograron instaurar la igualdad legal entre hombres y mujeres. La consecución del voto femenino, la ley de divorcio, la reforma de los Códigos Civil y Penal, la derogación de la pena de muerte y un largo etc. fueron logros de la II República que Carmen de Burgos vivió con gran emoción, a pesar de que para entonces muchos habían olvidado ya sus pioneras iniciativas al respecto. Sorprende que no se presentara a las elecciones a Cortes Constituyentes celebradas en 1931, pero fue su partido el que decidió no participar en ellas. Sí estaba previsto, no obstante, que lo hiciera en las de 1933, aunque su muerte lo impidió.
Desde principios de la década de 1920 empezó a tener numerosos problemas de salud provocados por una insuficiencia cardíaca que, a medida que fue envejeciendo, derivaron en crisis continuas. Las consecuencias más importantes fueron una serie de bajas laborales por salud en la Escuela Normal Superior y varios viajes a balnearios y zonas de reposo. Pero el hecho de que siguiera con su frenética actividad periodística, política y cultural, unido a tener que cuidar de su hija (que sufría de una enfermedad neuropática), hizo que su salud se debilitara con rapidez a partir de 1930. Carmen de Burgos murió de forma inesperada la madrugada del 9 de octubre de 1932 a causa de una crisis cardíaca que la asaltó tras haber participado en una mesa redonda a favor de la educación sexual. Murió haciendo un alegato a favor de la República y su entierro en el cementerio civil de Madrid reunió a una multitud impresionante de admiradores y amigos. El día 19 se realizó un gran homenaje en su memoria en el Círculo de Bellas Artes al que acudieron prácticamente todas las asociaciones feministas de la época. Sin embargo, al terminar la Guerra Civil nombre y su obra fueron totalmente proscritos y desaparecieron de las publicaciones, las librerías y las bibliotecas. Afortunadamente, ese vacío se fue llenando de nuevo con la vuelta de la democracia y en la actualidad es una de las escritoras españolas contemporáneas más reconocidas.
El papel desempeñado por de Burgos en defensa de los derechos de las mujeres resultó fundamental en un momento en que los movimientos feministas empezaban a despuntar en España. Además de impartir incontables conferencias, participar en mesas redondas, coloquios, manifestaciones y asociaciones, dejó un gran número de artículos y ensayos comprometidos en este sentido, como El divorcio en España (1904), El arte de ser amada (1906), La mujer en España (1907) o La mujer moderna y sus derechos (1927). Siempre defendió la necesidad de educar a las mujeres para que, entre otras cosas, lograran la independencia económica que les permitiera acceder a una verdadera emancipación y luchó porque consiguieran los mismos derechos legales que los hombres y el respeto público.
Su obra literaria se situó a caballo entre la generación del 98 y la Edad de Plata y fue fiel reflejo de su ideología progresista. Escribió varias novelas largas, entre las que podemos destacar La hora del amor (1916), La rampa (1917), Los espirituados (1923), La malcasada (1923), Vida y milagros del pícaro Andresillo Pérez (1930), Quiero vivir mi vida (1931) y Puñal de claveles (1931). Esta última se basó en el llamado “crimen de Níjar” (ocurrido en 1928 en un cortijo de esa localidad almeriense) y sería una de las obras que inspiró a García Lorca Bodas de sangre, aunque el desenlace de ambas sea bastante diferente. En todas ellas podemos ver su lucha por la justicia social, especialmente para las mujeres, algo que también se refleja en sus relatos.
Publicó más de cincuenta novelas cortas, muchas por entregas en diferentes colecciones creadas entre 1907 (El Cuento Semanal) y 1932 (La Novela de Hoy). Estas colecciones tuvieron una enorme importancia a la hora de difundir la literatura de la época porque, aunque incluían también novelas de grandes maestros, por regla general publicaron obras de escritores poco conocidos o noveles; además, reunieron a autores de muy diferentes corrientes (Realismo, Noventayochismo, Modernismo, Novecentismo e incluso algo de Vanguardismo), lo que atrajo a un público muy diverso y aseguró las ventas. Todas las obras eran inéditas y aparecían en formato de revista publicadas con un papel de calidad e ilustraciones de los más famosos dibujantes del momento. El auge de estas colecciones coincidió con el momento de mayor actividad creativa de Carmen de Burgos y en ellas publicaría muchas de sus novelas cortas, entre otras El tesoro del Castillo (1907), Senderos de vida (1908), El hombre negro (1916), La mejor film (1918), Los negociantes de la Puerta del Sol (1919), El "Misericordia" (1927) o Cuando la ley lo manda (1932).
También escribió numerosos cuentos, por lo general aparecidos primero en diversos periódicos y revistas y recopilados más tarde en volúmenes específicos. En todos ellos resulta evidente la penetrante mirada con que de Burgos analizaba la realidad que la rodeaba, su gran pasión por reflejar no solo situaciones injustas sino también el paisaje y el entorno social y, sobre todo, la hipocresía de una sociedad que se decía religiosa y caritativa con el prójimo. Aunque algunos relatos se localizan en escenarios rurales (especialmente en Rodalquinar, como algunas de sus novelas), a menudo la acción transcurre en Madrid, pero todos tienen un claro valor documental. A medida que fue avanzando el tiempo, su lenguaje se hizo menos recargado, más sobrio, más ajustado a lo que pretendía comunicar, generalmente una crítica social. La estructura de los cuentos suele ser tripartita, terminando con un desenlace que se pretende sorpresivo pero que se adivina ya en el título del relato. Sin embargo, su intención no es aportar una moraleja sino hacer una llamada de atención al lector. De Burgos muestra, denuncia y critica con pasión, pero también se vale de la ironía y el humor para satirizar a la sociedad de su época. En este sentido, recuerda en parte a la prosa de Mariano José de Larra, el fundador del periodismo profesional español y una de las figuras literarias que Carmen de Burgos más admiró.
Su devoción por Larra la llevó a redactar la primera gran obra que se hizo en España sobre su figura y su obra: Fígaro (1919). El libro tuvo su origen en las conversaciones que de Burgos mantuvo con los herederos de Larra para incluirlo en una serie de crónicas tituladas “Españoles de antaño. Confidencias familiares” (1918-1919) para las que entrevistó a familiares de escritores, músicos, toreros, pintores.... La familia de Larra le facilitó entonces gran cantidad de documentos personales que ella fue ampliando gracias a una importante labor de investigación hasta acabar componiendo un libro que no solo descubrió la figura humana del escritor, sino que puso sobre la mesa la modernidad y vigencia de su obra periodística y literaria. Este libro supuso un punto de inflexión en la carrera de Carmen de Burgos, consagrándola como una importante investigadora, y continua, además, siendo una obra clave de referencia acerca de Larra. También promovió la creación de la asociación Amigos de Fígaro cuyo objetivo era organizar un gran homenaje al autor en febrero de 1937, centenario de su muerte.
En 1919 inició otra serie de crónicas que denominó “Homenaje a novelistas españoles del siglo XIX” donde analizó a Zorrilla, Martínez de la Rosa, Patricio de la Escosura, Mesonero Romanos, Campoamor, Espronceda, etc. Y diez años después comenzó otra más titulada “Hablando con los descendientes” de la que surgió su biografía del general Riego, Gloriosa vida y desdichada muerte de D. Rafael del Riego (1931), en cuya redacción utilizó también documentos inéditos facilitados por la familia. Esta obra apareció ya tras la instauración de la II República lo que ayudó a que tuviera un gran eco mediático.
Escribió, además, algunos relatos infantiles (como “La mejor muñeca”) y varios libros de cocina (La cocina moderna, ¿Quiere V. comer bien? y La cocina práctica) en los que, aparte de ofrecer numerosas recetas de todo tipo de platos y bebidas, informaba acerca del nacimiento e historia del arte culinario y hablaba de los grandes especialistas en la materia. Realizó numerosas crónicas periodísticas y libros de sus viajes por diferentes países europeos (Francia, Bélgica, Suiza, Suecia, Alemania…) e hispanoamericanos (Argentina, México, Chile) y fue una gran difusora en España de la literatura portuguesa, un país con el que siempre tuvo una gran relación familiar y personal.
Por último, Carmen de Burgos ejerció también de traductora literaria (a veces en solitario y otras en colaboración con su amiga Magdalena de S. Fuentes), de prologuista de otros traductores y de correctora. Desempeñó esos puestos para seis editoriales distintas y los encargos que le hicieron no solo pretendían conseguir un rápido beneficio económico (gracias a la publicación en español de obras que habían sido best sellers en otros países) sino igualmente dar a conocer en España libros polémicos o autores poco conocidos. De Burgos tradujo obras de Helen Keller, Paul Julius Moebius, Ernest Renan, León Deutsch, Saint Georges de Bouhélier, León Tolstoi, John Ruskin, Marcela Tinayre, Emilio Salgari, Max Nordau, Gerard de Nerval, Madame de La Fayette, etc.
Bibliografía de Carmen de Burgos, https://www.cervantesvirtual.com/portales/carmen_de_burgos/su_obra_bibliografia/
Carmen de Burgos, Colombine (1867-1932). La modernización de España, exposición celebrada en la Biblioteca Nacional de España (Madrid) entre el 27 de septiembre de 2024 y el 2 de marzo de 2025, https://www.bne.es/es/agenda/carmen-burgos-colombine-1867-1932-modernizacion-espana
Núñez Rey, Concepción (2005). Carmen de Burgos Colombine en la Edad de Plata de la literatura española, Sevilla, Fundación José Manuel Lara.
Sevillano Miralles, Antonio y Anyes Segua Fernández (2009). Carmen de Burgos “Colombine” (Almería, 1867-Madrid, 1932), Almería, Instituto de Estudios Almerienses, Diputación de Almería, Área de Igualdad y Juventud, Universidad de Almería, Facultad de Humanidades, chrome-extension://efaidnbmnnnibpcajpcglclefindmkaj/https://www.dipalme.org/Servicios/Anexos/anexosiea.nsf/VAnexos/IEA-CBC/$File/CbColombine.pdf