El 28 de junio de 1914, en Sarajevo, un fanático nacionalista serbio acribilló a tiros al archiduque Francisco Fernando, heredero al trono de Austria-Hungría, y a su esposa. El magnicidio conmocionó a la sociedad austro-húngara y puso en marcha la inmensa maquinaria diplomática y de alianzas que articulaba las relaciones internacionales entre las principales potencias europeas. Ese día, saltó la chispa que prendió un enorme barril de pólvora que hizo saltar Europa en pedazos y desencadenó la más cruenta guerra conocida hasta entonces. Pero aquel asesinato no provocó la Gran Guerra, sólo desencadenó los acontecimientos.
Desde mediados del siglo XIX, las tensiones políticas y militares en Europa se acrecentaron imparablemente y a comienzos del siglo XX, la guerra parecía inevitable. Se pensaba que sería una guerra como las muchas que había habido en Europa durante los siglos posteriores, una guerra que restableciese el equilibrio entre las potencias. Incluso, algunos llegaban a desearla para, en definitiva, crear un nuevo orden internacional.
En 1914, Europa concentraba el mayor poder económico, político y militar del planeta. En las últimas décadas, estaba experimentando un gran desarrollo económico y científico, y la civilización europea parecía superior a la de cualquier otro rincón del mundo. Los europeos sentían el deber de civilizar al resto de sociedades y enseñarles su avances y sus progresos. A los ojos de los europeos, tanto asiáticos como africanos constituían una inmensa masa de gentes incivilizadas a los que había que enseñar un idioma, una religión y una forma de vivir.
A mismo tiempo, los países industrializados necesitaban la importación de materias primas para su industria y mercados donde colocar sus productos. Esta necesidad, unida al "deber" de civilizar a otros pueblos, impulsó a los europeos a dominar el mundo. El imperialismo llevó a un puñado de naciones a controlar inmensos territorios y a formar auténticos imperios, más extensos de lo que nunca antes había conocido la Humanidad.
El Imperio Británico era a principios del siglo XX, la mayor superpotencia del planeta. Era el imperio más poderoso y su superioridad militar era indiscutible, sobre todo en los mares donde Gran Bretaña tenía el control indiscutible. Francia también poseía un inmenso imperio, sobre todo en África donde controlaba extensos territorios.
Alemania, con un gran crecimiento económico, había llegado tarde al reparto del mundo ya que en la segunda mitad del siglo XIX, cuando el resto de imperios se configuraron, los alemanes estaban distraído con otros asuntos: unificar su propia nación. A principios del siglo XX, Alemania era un gran imperio continental que apenas tenían algunas colonias en el sur de África y en el océano Pacífico con lo que necesitaba ampliar su imperio colonial a toda costa.
Otras naciones europeas también tenían su propio imperio aunque con extensión e importancia mucho menores: Holanda, Bélgica, Italia, Portugal y España. Rusia también había experimentado una importante expansión territorial en Siberia que la llevó a las costas del océano Pacífico (e incluso más allá, porque Alaska fue territorio ruso hasta 1868). Dos potencias extraeuropeas, Japón y EE.UU., que experimentaron un importante desarrollo económico y militar, buscaban también, como vimos, su lugar en el mundo.
Tantos países con intereses imperialistas y coloniales tan similares y en el mismo momento histórico provocaron un rosario de incidentes y guerras que marcaron el camino hacia la confrontación de 1914:
Con este panorama, no era de extrañar que las principales naciones europeas iniciasen una carrera armamentística para reforzar sus posiciones en caso de enfrentamiento, que por otra parte, parecía inmediato. El imperialismo y el militarismo fueron acompañados de una enorme dosis de nacionalismo exacerbado. Los franceses odiaban con todas sus fuerzas a los alemanes a los que consideraban crueles y bárbaros mientras que éstos confiaban en la superioridad de la raza germana sobre la francesa para imponer sus intereses. Los gobiernos de ambos países impulsaron ese sentimiento que unía a sus naciones frente a un enemigo exterior, próximo y amenazante.
También estaba el caso contrario, el de los nacionalismo de pueblos sometidos a un imperio mayor como los eslavos en Austria-Hungría. Éstos además, estaban apoyados por los rusos que, como dijimos, eran sus protectores y no iban a permitir ningún ataque contra dichos pueblos. Y cuando hablamos de eslavos lo hacemos de serbios, montenegrinos, bosnios, croatas, etc.
Esta inmensa ciénaga de sentimientos primitivos y viscerales en los que la gloria de una nación se pretendía conseguir humillando al resto fue el caldo de cultivo que marcó el camino a la guerra. Todos en aquellos momentos veían el enfrentamiento como inevitable y como una gran oportunidad para demostrar que su nación era la más poderosa de Europa. Cuando estalló la guerra, muchos vivieron el momento con euforia y el júbilo llenó las calles y plazas de las ciudades en los países contendientes.
Un joven austriaco de veinticinco años, aspirante a artista, describió lo que sintió al conocer el comienzo de la guerra: "Presa de un entusiasmo irreprimible, caí de rodillas y agradecí al cielo que me permitiera vivir tal momento". El joven no tardaría en alistarse en el ejército alemán. Su nombre era Adolf Hitler.