Como llego el evangelio Restaurado a San Marcos

Como Llegó El Evangelio Restaurado al Pueblo de San Marcos, Tula De Allende, Estado de Hidalgo

Por Guadalupe Monroy Mera
 
Este manuscrito fue escrito por Guadalupe Monroy Mera, durante el transcurso de su vida, detallando muchos eventos historicos del progreso de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Dias.
 
Dicho manuscrito fue entregado a la Biblioteca de la Universidad Brigham Young en la década de 1970.
 
El Elder Walter Ernest Young quien fue el misionero que bautizó a Rafael Monroy y sus hermanas Jovita y Guadalupe Monroy, hace referencia a este documento en su diario, paginas 657 y 658:
 
HISTORIA DE SAN MARCOS, HIDALGO. REVISADA
    Durante la semana del 18 al 24 de Enero de 1973, leí la historia de la Rama de San Marcos, Hidalgo, Mexico. Escrito por la señorita Guadalupe Monroy. Ella escribió en detalle los eventos desde 1913 hasta 1934 entoneces en una breve narracion en un apendice, ella escribio hasta 1962. Esto fué muy interesante para mí, ya que yo conocí muchas de las personas que tomaron parte en el inicio de la historia de la Rama. La señorita Monroy cuenta de las persecuiones que ellos sufrieron después de haberse unido a la Iglesia en 1913. Es muy triste la historia cuando ella da los detalles de la muerte de su hermano Rafael Monroy y de su compañero Vicente Morales. Fuí grandemente impresionado por la fortaleza, fé y resignación de Mamá Jesucita M. de Monroy. En todo lo que ella sufrió, nunca falló en su fé, y fué su gran liderazgo lo que realmente sostuvo la pequeña rama unida.
    
    Incluso con la cruel muerte Rafael, ella estuvo firme en su Fé, y escribió esto mismo al Presidente Rey. L. Pratt en 1915. Rafael y Vicente son verdaderos mártires. Rafael no negó su fé. Mamá Monroy fué una verdadera santa.
      
     Fué muy satisfactorio para mí que la señorita Monroy me dió algún honor, diciendo  que yo fuí el primer elder en visitar su hogar siendo invitado por su madre después del funeral de un miembro antiguo, Jesus Sanchez, y también que yo les compartí el primer mensaje del evangelio restaurado. A lo mejor ella enfatizó demasiado diciendo que yo fuí humilde y prudente con la apariencia de un angel!. Estoy muy agradecido que yo tuve el glorioso privilegio de bautizar a Rafael Monroy y sus dos hermanas Jovita y Guadalupe el 11 de Junio de 1913.
    
    Esta historia me la prestó el profesor H. Kay Moon de la Universidad de Brigham Young
    
 
 
    Una fotocopia del manuscrito de Guadalupe Monroy Mera esta en poder de Minerva Montoya Monroy, del cual se ha transcrito en el documento electronico Word y en PDF.
 
 
Ver la Transcripción de las primeras 13 páginas que no fueron incluidas en la transcripción de Minerva, por contener información no relacionada a San Marcos, pero si hay historia de los primeros movimientos protestantes en la República Mexicana así como historia de los primeros miembros de San Pedro Mártir y la Ciudad de México, relatada por Isaías Juáez y Armando Pérez Cano a Guadalupe Monroy.
    
    En una parte de este extenso documento Guadalupe Monroy Mera, relata el evento de la ejecución de su hermano Rafaél. Experiencias dramáticas en su vida. Todo el documento en PDF esta disponible en la seccion Archivos de esta página. Enseguida las palabras que escribió Guadalupe Monroy de los eventos del 17 de Julio de 1915:
 

Muere Rafael Monroy y Vicente Morales

El día sábado 17 de julio de 1915, por la mañana, los soldados del General Banderas y Reyes Molina, exigieron al hermano Monroy que les diera una res para que comiera su gente. También exigieron bebidas alcohólicas  y otras imprudencias.

 

El hermano Monroy les dio la res. Ellos la mataron y el hermano Monroy, con el pretexto de recoger la piel, estuvo presente en el lugar en el que se sacrificaba la res. Ahí vio llegar a algunos vecinos de San Miguel. Entre ellos un tal Andrés Reyes que platicaba con los soldados. Eran cerca de las diez y media de la mañana, y como mi hermano no venía a desayunar, toda la familia estaba intranquila.

 

Tomé a la niña, Conchita, de la mano y me dirigí al lugar donde se hallaba mi hermano. Me estuve parada con él como un cuarto de hora. Él recogió la piel y nos vinimos a la casa. Mi hermano se lavó las manos y se sentó a la mesa, iba a desayunarse cuando un grupo de soldados vinieron a llevarlo para que les abriera la tienda y sacara de ahí lo que estaba escondiendo. Quien ahí se encontraba era un albañil llamado Vicente Morales que, por no dejar sola aquella casa, trabajaba  haciendo trabajos insignificantes como un departamento como guardarropa.  Pero aquella gente no entendió.

 

Los soldados exigieron armas pues decían saber que Rafael Monroy era Coronel Carrancista y que Vicente Morales era soldado Carrancista. Cuantas palabras se hablaran para justificar la inocencia  de ellos, fue en vano. Los soldados amagaron a mi hermano y a Vicente Morales con que si no entregaban las armas los colgarían del árbol más alto.

 

Mi hermana Jovita fue tras mi hermano pero aquella gente no oyó palabras. El jefe ordenó que llevaran presa a esa mujer. Yo fui enseguida y  vi que venía muy afligida y con voz sollozante me dijo: “¡Lupe, me llevan presa!”. ¡Era el mismo plan de San Miguel!

 

Yo fui hasta la tienda y vi a mi hermano entre la gente aquella que estaba enfurecida hablando insolencias y amenazas. Vi que traían lazos en las manos y dijeron: “¡Qué los cuelguen!” Yo les supliqué: “Señores, ¿Qué van a hacer? Mi hermano es inocente. Derrumben la casa si es que es necesario y no encontrarán armas." Pero no me oyeron y la orden fue que llevaran presa a esa otra mujer.

 

Yo me cogí del pie de  un árbol, abrazándolo, pero no pude resistir mucho y me llevaron presa. Pregunté quien era el jefe de la Plaza o de la gente y un oficial me llevó a una casa de alto. Allí estaba el General  Balderas, entregado con una mujer que tenía en los brazos.

 

Le dije: “Señor, han traído a mi hermano preso y exigen que entregue las armas, pero ningunas armas tiene. Señor, amenazan su vida y la de otro. Mi hermana, por defenderlos, la ha hecho presa. Suplico, Señor General  que den garantías. Derrumben la casa si es posible, pero no encontrarán armas porque mi hermano es pacífico y no revolucionario.”

 

Aquel General, muy indiferente, me contestó: “No le hacen nada”. Y siguió estrechando a la mujer.

Comprendí que con aquél hombre todo era en vano y me fui al lugar donde esta la tienda. Allí vi a mi hermano entre aquella gente y me llevaron presa.

 

Pasaron las terribles horas de angustia. En un cuarto estaba mi hermana Jovita y en otro mi hermana Natalia, que la habían a llevar de la casa, y en otro cuarto estaba yo. Las piezas que nos sirvieron de prisión fueron las que habían servido a la familia Rangel de habitación. Esta familia se había ido de San Marcos para San Miguel.

 

Nuestra angustia pasaba  y como a las tres de la tarde vi a mi hermano Rafael con Vicente que los llevaron para la misma casa, pues ahí estaban los soldados acampados. Nos juntaron a todos los prisioneros y prisioneras, pues traían a otros más que ni supimos de donde eran.

 

Venían dos jóvenes que según su presentación eran de familia acomodada. Una señora, como de cuarenta años, con una señorita como de dieciséis años también de familia acomodada. Además un hombre como de sesenta años que tenía el aspecto de obrero,  y ya no me acuerdo quienes fueron los otros prisioneros que venían. Nosotros junto con ellos fuimos conducidos a ala cocina de aquella casa que nos servía de prisión.

 

 

Mientras permanecíamos en calidad de prisioneros, mi madre con la esposa de mi hermano, estaban en la casa  recibiendo las imprudencias de esta gente. Unos querían que se les vendiera comida pues que no encontraban que comer. Otros querían que se les vendieran artículos de tienda pues sabían que teníamos una buena tienda. Y otros venían a catear la casa para que se les entregara el parque, las armas, y los papeles comprobantes de que Rafael era Coronel Carrancista. Y le decían a mi madre que si no entregaba esto su hijo tenía que ser fusilado a las nueve de la noche.

 

“¡Señores”, les decía mi madre, “mi hijo es hombre pacífico!". No se ha metido con ningún partido. Sí así hubiera  sido, ¿creen ustedes que lo hubieran encontrado en su casa? Sí lo hacen por lo que tenemos, tomen todo cuanto hay, llévense ése rollo de billetes que han encontrado, pero no me quiten a mi hijo.”

 

Tres veces vino aquel General Reyes Molina a catear la casa y a exigir las armas. Buscaron por todos los departamentos, en todos los muebles, pero ¿qué habían de encontrar?,  porqué armas exigían, pero estas no las podíamos dar, pero les presentábamos la Biblia y el Libro de Mormón y decían: “No, no, ésas no son armas. Queremos las armas y el parque.”

 

La tarde llegaba, mi madre fue a ver a las vecinas para pedirle que la acompañara a que fueran a hablarle al General Balderas y para que testificara de que mi hermano era pacífico y hombre honrado. Todas pusieron pretexto y solo una señora la acompañó, pero todo fue en vano.

 

En la prisión, mi hermano tenía el cabello desordenado, las manos sucias de tierra y con algo de sangre. Le dije que se aliñara su cabello y él buscó su escarmenador en su bolsa, pero no lo encontró. Se acercó a una llave de agua que había allí y se lavó su cara diciendo: “Lava tu cara para parecer que no ayunas.”

 

Él y yo nos acercamos a una ventana y vimos pasar a mi madre y dije yo con  voz sollozante: “¡Madre mía! Vas como pluma en el aire, sola, arrastrada por tu dolor, pues todos tus hijos están presos.”

 

Mi hermano visiblemente emocionado sacó el pañuelo de su bolsillo y se secó los ojos. Él siempre había mostrado su serenidad y firmeza de su inocencia a pesar de que, tanto a él como a Vicente, los habían colgado de un árbol para que confesaran en donde tenían las armas. Cuando nos reunimos en la prisión, ningún enojo manifestaba y siempre estuvo firme.

 

Llegó la noche y a instancias de nosotras escribió un recado a un Capitán que venía entre ésa gente llamado Vicente Ortega. Mi madre nos llevó la cena a la prisión y mi hermano escribió el recado. Mi madre lo llevaba al mencionado Capitán. El contenido del recado era de suplicarle que él podría comprobar la inocencia de mi hermano, en las circunstancias que contra él hacían y para que entonces pudiéramos recobrar la libertad.

 

Mi madre salió con el recado y nosotros en la prisión nos preparábamos para tomar la cena. Mi hermano pidió la oración para aquel alimento que íbamos a tomar. Afuera se oyó rumor y pasos de varios hombres y sonidos de armas. Era el pelotón de soldados que se acercó a la puerta y nombraron el nombre de Rafael Monroy y Vicente Morales. Ambos respondieron presente. Al salir de la puerta mi hermano dijo: “¡Nata, acompáñame!” Mi hermana Natalia se paró e iba a salir tras él, pero los guardias la rechazaron. Ella volvió a sentarse en su lugar.

 

Nuestros corazones latían precipitadamente y un profundo silencio reinó en la prisión. Los prisioneros se miraron unos a otros. En esta condición nos hallábamos cuando se oyeron la detonación de la descarga de fusiles  y enseguida otro tiro.

 

Caímos desmayadas y estallaron nuestros sollozos. Enseguida se oyeron afuera los lamentos de mi madre, que al oír las descargas de los fusiles, se regresó al lugar a donde estaban sus hijos.

 

¡Consumada estaba la obra criminal de aquella gente enfurecida!

 

Mi madre se regresó a su hogar dando rienda suelta a su amargo llanto de dolor con la demás familia mientras nosotras, las tres hermanas, por momentos esperábamos la crueldad e infamia de aquellos hombres.

Entre los decires de aquellos hombres, pues muchos soldados estaban allí alojados, unos decían: “¡Qué valor de hombre! ¡Ha muerto con sus calzones en su lugar!” Otros decían "Pero, ¿Qué es lo que encontraron en su casa? ¿Porqué  mataron al albañil?”

 

Toda reflexión era demasiado tarde. Mi hermano ya era muerto.

 

La noche estaba demasiada obscura y un poco húmeda, pues había llovido un poco. Mi hermana Jovita sufrió vómitos y trastornos en su estomago. A menudo pedíamos permiso para salir afuera. En medio de la sombra de la noche y, por medio de los pequeños reflejos de un foco que alumbraba el patio de la casa, vi que sacrificaban unas ovejas y la sangre de éstas corría por el suelo. Mi alma se estremeció conmovida.

 

Después supe que aquellas ovejas eran las nuestras. Habían ido al ranchito y trajeron cuanto animal había quedado, así como en la tienda sacaron cuanto había. Se llevaron la ropa de cama y de su persona de Vicente. Todo se llevaron.

 

El día 17 de julio de 1915 fue un día sábado. Así es que mi hermano Rafael y Vicente fueron muertos como  a las ocho y media  ó nueve de la noche.

 

Sepultura de Rafael Monroy y Vicente Morales

El domingo 18 de julio de 1915 a las seis de la mañana, mi mamá con mi cuñada Guadalupe Hernández de Monroy, fueron a ver al General Juan Balderas para rogarle por nuestra libertad. Este dio orden de que  nos dieran en libertad, pero mientras sabíamos esto la tropa se preparaba para salir.  Mi hermana Natalia vio pasar a un vecino de oficio zapatero y lo llamó recomendándole que muy probablemente nos llevaran prisioneras y que le suplicaba por lo más que estimara en la vida que le dijera a un amigo de mi hermano  que  ayudara a mi madre a dar sepultura aquellos cuerpos muertos  y que la ayudara en lo que fuera posible.

 

Como a las seis de la mañana fuimos puestas en libertad. Nos fuimos al lugar a donde se hallaban los cuerpos yertos de nuestros hermanos. Había mucha gente mirando el triste espectáculo. Todos eran gente del pueblo y conocidos nuestros, pero nadie se atrevía a acercarse a nosotras ni ayudarnos a levantar aquellos cadáveres. Con los pocos hombres que mi hermano tenía en su ranchito y nosotras mismas pudimos alzar aquellos cuerpos.

 

Como a las diez de la mañana ya estabamos reunidos todos en la casa acompañando aquellos cuerpos. Como a las tres de la tarde el hermano Casimiro Gutiérrez ordenó que se celebrara un Culto Fúnebre. En la casa había reunido un número regular de mujeres de categoría muy humilde que nos acompañaba y lloraba con nosotras.

 

No me acuerdo todos los puntos que el hermano Casimiro trató en su predicación, así mismo el otro discurso del  hermano que lo acompañaba, pero me supongo que hablaron sobre la esperanza en la Resurrección de los muertos.

Dábamos fin a nuestro Culto entonando el último himno cuando llegó un grupo de señoras del pueblo, aquellas que habían dicho tanto en contra de los Mormones y que habían deseado que llegaran los Zapatistas para que acabaran con aquel padre cimarrón  que estaba descarriando al pueblo con su nueva doctrina.

 

Tan luego como aquel grupo de señoras llegó, se fueron saliendo todas las compadecidas mujeres humildes que nos estaban acompañando y que lloraban con nosotras. El grupo de señoras fingieron darnos la condolencia, así como cada una decía las afecciones nerviosas que ellas habían experimentado. Así fue la visita de aquellas señoras, las principales católicas que en este pueblo habían dicho tanto en contra de los Mormones.

 

Una señora llamada Petra, que a pesar de ser católica, nos había demostrado una amistad más sincera, nos dijo: “Quien oye a Pomponcita, a Flavita, y a todas ellas parece que hablan la pura verdad, pero ellas han dicho mucho. Tal vez el remordimiento las haya traído aquí.”

 

Sea lo que fuere, nuestro dolor era profundísimo. La pérdida de mi hermano era in reparable. No nos quedaba más consuelo y esperanza más la que saber  que El Señor veía toda la injusticia  humana. Y con todo el fervor de nuestro ser rogábamos iluminara nuestra mente para salir de este pueblo ingrato que rechazaba la luz divina.

 

¿Qué haremos? Nos preguntábamos las unas a las otras ¿Dónde iremos? ¿Nos iremos para los Estados Unidos? Ya mi hermano desde antes había tenido este pensamiento. Mientras nuestros pensamientos meditaban en lo que haríamos y en llanto pasamos el día domingo 18 de julio de 1915.

 

Volvió a venir otro grupo de soldados ese mismo día. Estos vinieron con más respeto a catear la casa  para sacar las armas y el parque que les habían dicho que teníamos. Buscaron por todos los departamentos y lugares de la casa. Entraron a la pieza donde estaban los cadáveres y respetuosamente se quitaron el sombrero, salieron de la casa y dijeron: “¿Por qué no entregan las armas?” “¡Señores!”, Contestamos, “Si tuviéramos las armas, ¿creen ustedes que estaríamos aquí pasando este cuadro tan tristícimo?”  “¡Oh!, Señoras” Dijo el que la hacía de jefe. “¿Por qué  no se fueron antes de este pueblo? Todos los acusan de que tienen armas”. Y se fueron.

 

Así pasamos el día domingo y llegó el lunes  y teníamos que sepultar aquellos muertos. Con mucha dificultad encontramos quien hiciera las cajas para enterrarlos, pero en Tula nadie las pudo hacer. Por lo que  en este pueblo un vecino hizo una y la otra la hizo el hermano Margarito Sánchez Villalobos con uno de sus hijos.

 

El lunes a las diez de la mañana yo fui con los peones  a llevar los cuerpos y hacer los sepulcros. Me acompañó el hermano Casimiro y Gabriel Rosales que ya había llegado. Este último hizo la oración para dedicar la fosa.

 

Muchos conocido de Tula me dijeron: “¿Por qué no salieron antes de ese pueblo que tanto los odia?” ¡Ay! Esto me hería profundamente mi corazón, pero yo reflexionaba: “¡Todo era tarde!”

 

Todos los que teníamos por amigos no se acercaban. Aún los hermanos de fe se habían escondido algunos. ¿Con quien podíamos contar? Nuestros parientes estaban muy lejos y todos los medios de comunicación estaban interrumpidos. Nos encontrábamos solas sin jefe en el hogar. ¿Qué hacer? Así pasamos el día lunes.

 

Los Soldados Continúan afligiendo a la Familia Monroy

El día martes nos levantamos elevando nuestras oraciones y pensando que hacer. Comenzamos hacer el aseo de la casa y hacer el que hacer de la cocina, como a las diez de la mañana nuestros corazones ya no podían contener el llanto y nos pusimos a llorar. Para consolarnos nos arrodillamos formando un circulo todas las que habitábamos la casa y nos entregamos a la oración.

 

Apenas acabábamos de decir la palabra “Amén” cuando tocaron a la puerta. Era otro grupo de soldados que venían con orden de catear otra vez la casa pues que les habían informado que teníamos muchísimo parque y armas y también uniformes y billetes. Nos pidieron que les entregáramos  todo esto por las buenas pero que si  rehusábamos tendrían que llevarnos presas a todas las que nos hallábamos en la casa.

 

Con la voz más angustiosa mi madre exclamó: “Nada podemos darles por que nada tenemos. Han matado a mi hijo injustamente porque no han querido oír que no somos Carrancistas. El odio de esta gente es porque no somos católicas. Creemos en la verdadera doctrina de nuestro Señor Jesucristo y esa es la gran causa de la calumnia.”

 

Aquellos hombres dijeron: “Nosotros traemos orden de que nos entreguen las armas y todo lo que tienen o nos las llevamos presas.”

 

Mis miradas vagaban buscando algo para salir de aquella decisión, cuando vimos a la entrada de la puerta dos señoras enlutadas que se aproximaban a entrar. Era la esposa e hija del Superintendente de la fábrica de cemento La Tolteca  que venían a saludarnos. Les dijimos la decisión de aquellos soldados y la Señora dijo: “Es una violencia lo que han hecho con estos señores. Mi esposo estuvo ese día en Tula para arreglar con el General Fierros asuntos de unos carros de cemento que habían quedado entre los trenes que dejaron los Constitucionalistas. Por esto no pudo estar aquí para testificar del Señor Monroy que era persona  de familia pacífica. Señores, cuanto les han contado es calumnia. Y por la calumnia de la gente han hecho esta violencia.”

 

Así también la Señorita testificó. Aquellos hombres nos dijeron:  “¿Por qué no salieron antes de este pueblo, Señoras? Todo el pueblo las acusa.”

 

Aquellos hombres se fueron. Nos quedamos con la Señora Mainny y su hija por un largo rato, que nos distrajeron nuestra mente con su visita.

 

Pues como el dicho del pueblo era de que acabarían con  todos los Mormones la persecución seguía. El hermano Isauro Monroy se escondió. Así también los hermanos Maclovio, Casimiro, y demás.

 

Continua la Historia, verlo completo en la seccion de archivos

 
Comments