Nacieron con orgullo, acero y disciplina
cuando cada herida sangraba adrenalina
no fueron soldados con fe pasajera
fueron muchos hombres amando su bandera
con pica, arcabuz, espada y corazón
demostraron a Europa cual era su misión
y cuando todo el mundo, ya los conoció
los tercios avanzaban sin oposición
Ceriñola vio nacerá aquel legado
donde el Gran Capitán curtió a su soldado
Garillano dejó barro en sus botas
mientras España iba cerrando derrotas.
En Bicoca la soberbia cayó contra la tierra
y el enemigo entendió lo que costaba aquella guerra.
Pavía vio al francés perdido y rodeado
con su rey prisionero y su orgullo derrotado,
mil quinientos venticinco quedó para la historia
como el día que los tercios escribieron su victoria
y desde aquel momento comenzó a resonar
que nadie en campo abierto lo podía derrotar
Tercios de España leyenda encendida
pica y arcabuz con el alma curtida
fueron muro de hierro, fuerza incomparable
la infantería más temida e implacable
de Pavía hasta Breda tembló medio continente
cuando el soldado español avanzaba de frente
que lo diga la historia con voz verdadera
España fue la espada que dominó aquella era
Mühlberg vió al cesar cruzar la corriente
con los tercios marcando el destino de frente
San Quintín fue castigo de fuego y sorpresa
Gravelinas remató, la caída francesa
no vencían por número ni fantasia
vencían por orden, disciplina y puntería
cuadro contra carga, silencio y formación
arcabuces al frente y picas en posición.
El enemigo miraba aquella masa cerrada
y sabía que su suerte ya estaba marcada
poque cuando avanzaban juntos en formación,
la tierra temblaba, bajo su presión.
En Lepanto subieron al barco y la historia
con la cruz en el pecho y hambre de victoria
sobre madera y sangre pelearon sin quebrarse
cuando el mar entero parecía incendiarse
en Flandes caminaron por frío y por pantanos
sin pan en la mochila pero espada en la mano
el camino español les abrió la frontera
desde Italia hasta Flandes con dureza guerrera
y en Empel cuando todo parecía perdido
el agua fue tumba para el enemigo vencido
mil quinientos ochenta y cinco quedo señalado
que hasta el hielo, peleaba junto al soldado.
En febrero de 1530, después de casi cuatro años de guerra, el emperador Carlos de Habsburgo fue coronado como Rey de Italia. La ansiada corona le había costado no pocos disgustos, entre ellos el terrible saqueo de Roma en mayo de 1527 perpetrado por los lansquenetes, los temidos mercenarios alemanes. Aquella mala experiencia, por la que tuvo que disculparse ante el papa Clemente VII, fue seguramente uno de los motivos que le llevó a querer crear una fuerza militar más fiable para mantener bajo control las posesiones en Italia que tanta sangre y dinero le habían costado.
Ese fue el germen de los tercios, una unidad creada inicialmente como guarnición para los distintos territorios conquistados: es por esa razón que aquellas primeras compañías fueron conocidas como los Tercios Viejos de Lombardía, de Nápoles y de Sicilia, respectivamente. A ellos se sumaron más adelante el Tercio Viejo de Cerdeña y el Tercio de Galeras o del Mar, una unidad especial de infantería naval especializada en abordajes.
Una característica distintiva de estas unidades es que estaban formadas íntegramente por soldados profesionales que se debían al rey -o al noble que los comandara en su nombre- y respondían ante él por sus acciones, al contrario que las tropas mercenarias, que tenían una predisposición preocupante a saquear las ciudades que atacaban para repartirse el botín. Se trataba en su mayoría de hijos no primogénitos de la baja nobleza, en buena parte hidalgos españoles, sin perspectivas de heredar títulos ni tierras, cuya alternativa era el ejército o la Iglesia.
Los tercios estaban formados íntegramente por soldados profesionales, en su mayoría hijos no primogénitos de la baja nobleza
Sin embargo, lo que en un principio debían ser tropas de guarnición no tardaron en ser movilizadas como apoyo en los diversos frentes de guerra que se le abrieron al emperador durante todo su reinado. Por su buen rendimiento en batalla, empezó a forjarse su leyenda de invencibilidad y se convirtieron en unas tropas de élite a las que Carlos de Habsburgo y sus sucesores recurrieron en sus guerras más difíciles.
La supremacía de los tercios se basaba en diversas innovaciones tanto armanentísticas como tácticas. En primer lugar introdujeron los mosquetes, una versión más potente y pesada del arcabuz que, si bien no tenía la misma potencia de fuego que la artillería, resultaba más versátil que esta y tenía más alcance que el mosquete. En segundo lugar -y esto resultó decisivo- fueron la primera unidad militar en combinar de forma efectiva las armas tradicionales y las de fuego.
Un tercio estaba compuesto por tres tipos de soldados: piqueros, arcabuceros y mosqueteros. Los piqueros constituían la infantería tradicional e inicialmente formaban el grueso de las tropas, hasta tres cuartas partes o más. Los arcabuceros se distribuían a ambos flancos de los primeros como apoyo y escolta, ya que sus armas tenían poco alcance y precisión, de 25 a 50 metros. Los mosqueteros se introdujeron más tarde y hacían las veces de artillería ligera, ya que los primeros mosquetes eran muy pesados y hacía falta un soporte para apuntar. A medida que la tecnología de las armas de fuego evolucionaba estas fueron ganando un papel mayor, pero al principio su función principal era hostigar y atemorizar al enemigo: puesto que en los primeros modelos las balas disparadas rebotaban en el interior del cañón, hacer diana era en parte una cuestión de suerte.
Otro factor a tener en cuenta era el carácter humano de las tropas: al tratarse principalmente de nobles, aunque fueran de bajo rango, tenían muy arraigado un carácter orgulloso y un concepto del honor que les impulsaba a buscar la gloria en el combate y a no rendirse. Esto marcaba una diferencia importante respecto a los mercenarios, que luchaban por dinero y querían conservar su vida para poder disfrutarlo -e incluso cambiar de bando si la oferta era buena-; y también respecto a las milicias ciudadanas, motivadas para defender sus ciudades pero en su gran mayoría sin preparación militar. Ese carácter de los soldados que combatían en los tercios los hacía mucho más fiables y contribuyó a forjar su leyenda.
La ciudad de Breda, en los Países Bajos, fue sitiada en 1625 por los tercios del Ejército de Flandes, comandados por Ambrosio Spínola (la figura central a la derecha). Velázquez representa a Spínola como un hombre honorable que impide arrollidarse a su rival -Justino de Nassau, gobernador de la ciudad (la figura central a la izquierda)- para no humillarle.
Foto: Museo del Prado
Una leyenda que, sin embargo, no iba a durar para siempre. Otras naciones no tardaron en copiar y adaptar el modelo de los tercios, reclutando soldados entre la baja nobleza e instruyéndoles en el manejo de diversas armas. El ejemplo más célebre fueron los mosqueteros franceses, que a pesar de su nombre manejaban también la espada y no solo el mosquete. Además, la rama hispánica de los Habsburgo empezó a tener problemas económicos, que por una parte le hicieron perder rápidamente ventaja en el terreno armamentístico y por otra redujeron la disponibilidad de soldados para los tercios, que al ser una unidad de élite recibían una paga acorde.
A mediados del siglo XVII, los tercios estaban en crisis por un armamento obsoleto y la ausencia de nuevos soldados para cubrir las bajas. Estas carencias se dejaron sentir especialmente en Flandes, un territorio que los Habsburgo intentaron en vano conservar a costa de un enorme esfuerzo económico y humano. La agonía de una unidad que durante más de un siglo había dominado los campos de batalla europeos era ya innegable: cuando Felipe V de Borbón sucedió al último Habsburgo en el trono hispánico, una de sus prioridades fue llevar a cabo una reforma militar que, entre otras medidas, disolvía los tercios. Terminaba así la historia de una unidad que había sido pionera de un nuevo modo de hacer la guerra.