La llegada de Roma al territorio bajo el contexto de las guerras sertorianas al territorio navarro supuso una transformación radical en las formas de poblamiento, en la organización social y en las estructuras económicas. Aunque el proceso de romanización no fue inmediato ni homogéneo, a lo largo de los tres primeros siglos de nuestra era se consolidó un nuevo modelo de vida que integró al área en la dinámica del Imperio. Esta etapa marca, en consecuencia, el final de la protohistoria local y la plena inserción en la historia escrita.
Uno de los aspectos más relevantes del periodo es el impacto sobre los castros indígenas. Muchos de ellos fueron abandonados, especialmente los situados en lugares de difícil acceso, al quedar obsoletos frente al nuevo modelo urbano romano. Otros, sin embargo, fueron transformados y adaptados, incorporando elementos arquitectónicos como murallas regulares, calles organizadas y edificios públicos. Aun así, la tendencia general fue el desplazamiento de la población hacia nuevos núcleos urbanos en llano, mejor conectados con las vías de comunicación y con el territorio agrícola circundante.
En este contexto, adquirieron protagonismo las ciudades romanas y las villae rurales. Las ciudades, como Pompaelo (Pamplona), se convirtieron en centros administrativos, militares y económicos, organizados según el modelo romano con foro, templos, termas y murallas. Las villae, por su parte, representaban explotaciones agrícolas de carácter señorial, destinadas tanto al autoconsumo como a la producción excedentaria orientada al mercado. Estas villas, distribuidas por los valles fértiles de Navarra, constituyeron la base del nuevo sistema económico.
La romanización no fue solo un fenómeno arquitectónico o urbanístico, sino también cultural y social. La población indígena experimentó un proceso de integración paulatina en las estructuras del Imperio. La adopción del latín como lengua de administración y de comercio fue decisiva, aunque en las zonas más montañosas pervivieron rasgos lingüísticos autóctonos, como el euskera. Del mismo modo, el derecho romano, la religión oficial y las formas de organización política fueron penetrando en las comunidades locales, generando un marco de convivencia entre lo indígena y lo romano.
En lo económico, la romanización trajo consigo una intensificación de la agricultura y del comercio. La introducción de nuevas técnicas agrícolas, sistemas de regadío y cultivos más diversificados permitió una mayor productividad. Asimismo, la construcción de infraestructuras viarias facilitó la conexión de Navarra con otras regiones de Hispania y con las rutas mediterráneas, favoreciendo el intercambio de productos agrícolas, minerales y artesanales. El territorio pasó así de un modelo económico básicamente local y autosuficiente a uno integrado en las redes de distribución imperiales.
Militarmente, el control romano fue decisivo para garantizar la estabilidad en la región. Desde el siglo I a.C., con las campañas de Sertorio y Pompeyo, el área se convirtió en un espacio estratégico. Posteriormente, bajo Augusto, el territorio quedo dentro de la provincia Tarraconense, dentro del convento cesaraugustano, consolidando de esta forma el dominio romano. Cabe destacar que el territorio vascón tuvo un notable desarrollo bajo el periodo romano, ya que por estas tierras transcurrían las vías de comunicación que conectaban Hispania con la Galia, siendo un espacio de notable actividad.
Finalmente, desde el punto de vista cultural, la romanización generó una síntesis entre lo indígena y lo romano. Aunque se adoptaron instituciones, costumbres y formas de vida romanas, muchos elementos autóctonos pervivieron, especialmente en las áreas rurales y montañosas. Este fenómeno de continuidad y adaptación explica la persistencia de identidades locales en plena época imperial.
En conclusión, la Época romana significó la integración definitiva de Navarra en el mundo romano, transformando los antiguos castros en ciudades y villae, reorganizando la economía en función del mercado imperial y promoviendo una profunda aculturación. No obstante, este proceso no supuso la desaparición total de las tradiciones indígenas, que convivieron con los modelos romanos y, en algunos casos, lograron perdurar más allá del final del Imperio.