El Bronce Final, 1250-725 a.C. aproximadamente, constituye una etapa de transición fundamental entre los modos de vida del Bronce Tardío y la configuración protohistórica que se consolidará con la Edad del Hierro. En Navarra, y específicamente en el área del Valle de Goñi, este periodo estuvo marcado por cambios en los patrones de asentamiento, en las formas de organización social y en las estrategias de subsistencia. Aunque se trata de un proceso heterogéneo y desigual según las zonas, las dinámicas generales permiten identificar una clara evolución hacia sociedades más cohesionadas, capaces de proyectar asentamientos fortificados y de establecer nuevas formas de relación con el entorno.
Uno de los cambios más significativos del Bronce Final fue la reorganización del poblamiento. Tras la crisis del Bronce Tardío (siglos XIII–XII a.C.), muchos asentamientos en llanuras fueron abandonados en favor de poblados en altura, situados en cumbres destacadas, cerros o espolones de mediana altitud. Estos emplazamientos ofrecían condiciones defensivas naturales y una visibilidad privilegiada sobre el territorio circundante. Aunque en un principio la topografía bastaba como defensa, con el tiempo comenzaron a desarrollarse fortificaciones artificiales, como murallas o fosos, que constituirían los precedentes directos de los castros de la Edad del Hierro. Este desplazamiento hacia lugares estratégicos refleja un contexto de cierta inestabilidad social y la necesidad de garantizar tanto la seguridad como el control del territorio.
Los asentamientos del Bronce Final muestran una mayor sedentarización respecto a etapas previas. A diferencia de los poblados dispersos y poco planificados del Neolítico o del Bronce Antiguo, en esta fase se observa una tendencia hacia la concentración poblacional y hacia una cierta organización interna de los espacios. No obstante, la morfología de estos núcleos seguía siendo relativamente sencilla: chozas o cabañas de materiales perecederos, sin una arquitectura monumental más allá de las estructuras defensivas. La extensión de los poblados era reducida, generalmente inferior a una hectárea, lo que indica comunidades de tamaño limitado, probablemente articuladas en torno a unidades familiares o clanes.
En el ámbito social, todo apunta a que las comunidades del Bronce Final mantenían aún un carácter relativamente igualitario, sin signos claros de una jerarquización rígida. Sin embargo, la construcción de fortificaciones y la organización de trabajos colectivos sugieren la existencia de una mayor cohesión comunitaria y de liderazgos incipientes capaces de coordinar esfuerzos comunes. El parentesco seguía siendo el eje vertebrador de la vida social, pero comenzaban a gestarse estructuras más complejas.
El mundo funerario de este periodo continuó la tradición megalítica en algunas áreas, aunque se observa una progresiva transformación hacia nuevas prácticas que anticipan el fenómeno de los Campos de Urnas, característico del Hierro Antiguo. En este sentido, los cambios en los rituales de enterramiento reflejan también transformaciones en la concepción simbólica de la comunidad y en la relación con los ancestros.
En conjunto, el Bronce Final en Navarra puede interpretarse como una etapa de transición y consolidación. La sedentarización se hizo definitiva, los poblados fortificados comenzaron a proliferar y las comunidades adquirieron un mayor control sobre el territorio. Al mismo tiempo, se produjeron transformaciones sociales y económicas que, aunque aún incipientes, allanaron el camino para el desarrollo de sociedades más jerarquizadas y complejas en la Edad del Hierro. Para el Valle de Goñi y su entorno, esta etapa supuso el inicio de la tradición castreña que marcaría la identidad protohistórica de la región.