La Edad del Hierro en Navarra, la cual se situa entre los siglos VIII y I a.C. aproximadamente, marca la plena consolidación de los castros como forma predominante de poblamiento, así como el auge de sociedades más complejas y jerarquizadas. En el Valle de Goñi y en otras zonas del territorio, este periodo estuvo caracterizado por la proliferación de asentamientos en altura, por la intensificación de las actividades agrícolas y ganaderas y por la progresiva transformación social que desembocaría en los primeros contactos con Roma. Se trata de un periodo extenso que puede dividirse en tres fases: Hierro Antiguo, Hierro Medio y Hierro Final, cada una con sus propias particularidades.
Situándonos entre finales del siglo VIII y finales del VI a.C., durante dicho periodo se produjo la generalización del modelo castreño. Los poblados comenzaron a situarse en lugares estratégicos, como cumbres, cerros y espolones, aprovechando tanto las defensas naturales como la construcción de obras artificiales de fortificación: murallas de piedra, fosos y empalizadas. Estos elementos no solo cumplían una función defensiva frente a posibles ataques, sino que también actuaban como símbolo del poder y la cohesión comunitaria.
Los castros solían tener una extensión reducida, de no más de una hectárea, y estaban compuestos por viviendas de planta circular o rectangular, adaptadas a la topografía. Su disposición reflejaba cierta planificación colectiva, indicio de que estas comunidades habían alcanzado un grado de organización social superior al de etapas previas.
La economía seguía basándose en la agricultura y la ganadería, con un crecimiento poblacional significativo. En lo funerario, se difundió la práctica de la incineración de cadáveres y el depósito de las cenizas en urnas, fenómeno conocido como el de los Campos de Urnas, que se extendió por gran parte de Europa.
El Hierro Medio fue un periodo de cambios traumáticos en muchos asentamientos del Valle del Ebro y áreas circundantes ya que, entre los siglos V-IV a.C., numerosos castros fueron destruidos o reestructurados, lo que refleja una época de conflictos y transformaciones sociales. En este contexto emergieron con fuerza las élites guerreras, que adquirieron un papel central en la organización de las comunidades.
La sociedad comenzó a experimentar procesos de jerarquización más evidentes. Si en el Hierro Antiguo la estructura social se mantenía relativamente igualitaria, ahora se observa una diferenciación creciente, con liderazgos capaces de concentrar poder militar y político. La guerra, los intercambios y el control de recursos se convirtieron en ejes fundamentales de la dinámica social.
Los castros siguieron siendo el modelo principal, pero empezaron a complementarse con poblados en llano de cierta entidad, lo que indica una diversificación en las formas de asentamiento.
El Hierro Final, el cual se desarrolló entre los siglos IV-I a.C., representa el momento de mayor complejidad de las comunidades indígenas antes de la llegada de Roma. En esta etapa surgieron los oppida, grandes poblados fortificados que cumplían funciones múltiples: defensivas, administrativas y económicas. Estos núcleos concentraban la población y servían como centros de poder local, al mismo tiempo que articulaban el control del territorio circundante.
En lo económico, se intensificaron las actividades agrícolas y artesanales, aparecieron nuevas técnicas productivas y se introdujo la acuñación de moneda, un signo claro de intercambio y de desarrollo económico avanzado. También se fortalecieron las redes comerciales, que vinculaban a las comunidades locales con otras regiones peninsulares y europeas.
Finalmente, durante el Hierro Final se produjeron los primeros contactos directos con Roma, a partir del siglo II a.C. Aunque las comunidades indígenas mantuvieron gran parte de sus estructuras, la influencia romana comenzó a notarse en la organización del espacio, en las dinámicas económicas y en las relaciones políticas. Estos contactos prepararían el terreno para la posterior romanización.
En resumen, la Edad del Hierro en Navarra supuso el apogeo de la cultura castreña, con poblados fortificados que actuaban como centros de poder comunitario. Fue también una etapa de transformaciones sociales profundas, con el paso de sociedades relativamente igualitarias a comunidades jerarquizadas y lideradas por élites guerreras. El proceso culminó en el Hierro Final con la consolidación de oppida y con los primeros vínculos con Roma, que marcarían el inicio de una nueva etapa histórica.