Del Neolítico a la Edad del Bronce
Situándonos entre el quinto milenio y el segundo milenio a.C., el paso del Neolítico a la Edad del Bronce constituye uno de los procesos históricos más determinantes para comprender la evolución de las sociedades asentadas en el territorio que hoy ocupa Navarra y, en particular, en el entorno del Valle de Goñi. Durante este extenso periodo, que abarca desde aproximadamente el V milenio a.C. hasta finales del II milenio a.C., las comunidades humanas experimentaron transformaciones profundas en sus modos de vida, sus formas de asentamiento y sus concepciones simbólicas del mundo, dando origen a la base sobre la cual se estructuraría posteriormente el poblamiento protohistórico.
Uno de los rasgos más significativos de esta etapa es el abandono progresivo de las cuevas y abrigos rocosos como espacios de hábitat permanente, que habían sido característicos durante el Paleolítico y el Mesolítico. Estos lugares, ligados a formas de vida nómadas o seminómadas, cedieron paso a asentamientos al aire libre, organizados en torno a cabañas o chozas de planta circular u ovalada, generalmente construidas con materiales perecederos como madera, barro y ramas. Esta transición refleja un cambio estructural: las comunidades se volvieron cada vez más sedentarias, ligadas de manera estable a un territorio en función de la explotación agrícola y ganadera.
La economía productora fue el eje vertebrador del periodo. La agricultura, basada en cereales como el trigo y la cebada, junto con la domesticación de animales como el ovino, el caprino y el bovino, permitió sostener comunidades más estables y numerosas. Ello trajo consigo un notable incremento demográfico y una mayor presión sobre los recursos naturales. Si bien estos asentamientos al aire libre no presentaban una planificación urbanística compleja, sí muestran una tendencia hacia la autosuficiencia, organizada en torno a grupos de parentesco o pequeñas unidades familiares.
El mundo funerario constituye otro de los elementos esenciales para comprender la mentalidad de estas comunidades. Durante este periodo se generalizó el uso de las cuevas con fines sepulcrales, tanto para enterramientos individuales como colectivos. Sin embargo, el fenómeno más destacado fue el auge de las construcciones megalíticas, como los dólmenes, que se convirtieron en hitos del paisaje. Estos monumentos no solo cumplían una función funeraria, sino que actuaban como símbolos de permanencia y de identidad colectiva, estableciendo un vínculo duradero entre los vivos, los muertos y el territorio. La complejidad técnica que exigía su construcción implica un cierto grado de organización social y cooperación comunitaria, aunque todavía en un marco igualitario, sin indicios claros de jerarquías marcadas.
La distribución de los asentamientos en este periodo muestra diferencias regionales notables. En las zonas de montaña y prepirenaicas, como el entorno del Valle de Goñi, se mantuvo en mayor medida la tradición de utilizar cuevas, mientras que en las zonas meridionales y fluviales de Navarra predominaron los asentamientos agrícolas al aire libre. Esta diversidad refleja la adaptación de las comunidades a distintos paisajes ecológicos y a sus recursos.
Finalmente, hacia los siglos XIII–XII a.C., el Bronce Final entró en crisis. Muchos poblados fueron abandonados, lo que denota una recesión económica y demográfica. El modelo de asentamiento en llanuras fue sustituido progresivamente por la ocupación de lugares elevados y más defendibles, preludio de lo que sería el patrón característico de la Edad del Bronce Final y, más tarde, de la Edad del Hierro. Esta crisis, aunque no homogénea en todo el territorio navarro, constituye un punto de inflexión que anticipa la complejidad sociopolítica de los siglos posteriores.
En conjunto, el periodo que va del Neolítico al Bronce Tardío supuso la fundación de la vida sedentaria, agrícola y ganadera en Navarra, la consolidación de identidades comunitarias visibles en los monumentos funerarios y el inicio de procesos de diferenciación territorial. Todo ello sentó las bases para la aparición de formas más organizadas de poblamiento, que se desarrollarán plenamente a partir del Bronce Final y la Edad del Hierro.