87 HNO ADILBERT JEAN Jean Jouvancy 1868 + 7 VI 1945
A la edad de quince años, Jean Jouvancy entró al Noviciado Menor de Paris, el 21 de noviembre de 1885. Su buena conducta, su piedad, y su gran aplicación y seriedad le permitieron en unos meses pasar al Noviciado y tomar el Hábito el 28 de abril de 1886.
Después de haber realizado seriamente su Noviciado, el Hermano Adilbert Jean completa su instrucción en el Escolasticado, y provisto de su título de maestro inicias su labor educativa en San Nicolás de Igny en 1888; por desgracia no tenemos datos de sus primeros años de vida religiosa.
Cinco años después es maestro de la escuela Fenelón de Vaujours, donde le sorprendieron las leyes del ostracismo. Deseoso de conservar su vida religiosa integra, después de haber estudiado el castellano en Clermont, se embarca para México.
Enviado a Zacatecas, llega el 1 de enero de 1910, trabajo con gran dedicación en un grupo de primaria durante tres años. El Hermano no tenía un orden perfecto, pero era muy estimado por los alumnos. Diariamente daba la clase de catecismo, que había preparado con sumo cuidado. Uno de sus alumnos nos dice: después de treinta y cinco años, recuerdo una de sus reflexiones, en la cual, él, nos comentó las palabras de Blanca de Castilla a su hijo San Luis rey de Francia: “Hijo mío, tu sabes cuánto te amo… pero prefiero verte muerto a mis pies, que saber que cometiste un pecado mortal”
En 1913 fue enviado a Saltillo, donde se dedicó al cuidado de los huérfanos en el Asilo de la Inmaculada, que era dirigido por el Hermano Bellin Paul. La revolución obligó a nuestros Hermanos a abandonar el país de adopción, en el momento en que estalla la Primera Guerra Mundial. El Hermano Adilbert Jean regresa a Francia para cumplir con sus deberes patrióticos. Con el uniforme militar siempre fue digno y reservado para hacerse respetar. Liberado antes de terminar la guerra, en razón de su edad, fue a la escuela de San Miguel en el Puy. Después del armisticio, se enteró que los Superiores buscaban a una docena de Hermanos voluntarios que quisieran regresar a México, ya que Monseñor Mora del Río arzobispo de México, deseaba confiarles una escuela. Nuestro Hermano Adilbert, que ya estaba llegando a los cincuenta años, se ofreció al Hermano Asistente Adrien para regresar a México. A su llegada fue enviado al Colegio de la Salle donde se le confió una clase y la lavandería.
Uno de los Hermanos escribió: “desde que regresé a los colegios en México, 1920, Dios ha permitido, que vivamos en la misma comunidad el Hermano Adilbert _Jean, y yo, por lo cual pude aprovechar sus ejemplos de regularidad y obediencia a los Superiores y su notable espíritu religioso. Eran un hombre de comunidad, en todo el sentido de la palabra, participativo en todo lo de la comunidad y siempre dispuesto a ayudar a los Hermanos y a los alumnos en todo tipo de servicio”
Nombrado ecónomo prestó este servicio en el Internado de San Borja, en el Noviciado Menor de Tacubaya, así mismo era el enfermero. “Que grande era su interés por nosotros, recuerda un novicio menor de aquella época, sobre todo con los que estaban enfermos, les prodigaba todo tipo de cuidados, sabía cómo hacernos aceptar, remedios a veces amargos o repugnantes. Se interesaba mucho por aquellos, novicios menores, que veía tristes o desanimados, y los que tenían un carácter ligero o una voluntad débil, o que encontraban muy difícil los primeros meses de estancia en el Noviciado Menor. Trataba de interesarlos, de hacerlos jugar, y de distraerlos para que pronto se acostumbraran a la nueva vida. Sentía mucha alegría, y se los manifestaba, a los jóvenes que habían sido dignos de pasar al Noviciado”
A causa de la persecución religiosa, desatada por Calles y continuada por Cárdenas; nuestras escuelas estaban prácticamente destruidas; nuestro Hermano tuvo que irse a Cuba, en marzo de 1935 llevando a una docena de jóvenes Hermanos mexicanos, fue para él un gran dolor el separarse de sus Novicios Menores, pero la obediencia lo mandaba en calidad de enfermero al Noviciado Menor de Guatao, poco tiempo después fue enviado a Marianao, para ejercer las mismas funciones.
En los diversos cambios que tuvo, se mostró siempre como un ejemplo de regularidad discreción y servicio. Su piedad era notable, durante la recitación de las oraciones su voz denotaba piedad. El rosario no estaba nunca ausente de sus manos, en las vigilancias, era parte importante de su gran devoción por la Santísima Virgen, San José era otra de sus devociones predilectas.
Su caridad fraterna igualmente era notable, nunca una crítica, ni una contestación fuera de lugar.
En 1941, regresó a México, por tercera vez. Ya septuagenario, trabajó en Puebla como enfermero. Con los años sus virtudes de: discreción, caridad fraterna, obediencia se acentuaron en su persona. Su bondad hacia los alumnos era notable, y ellos le llamaban familiarmente: “abuelito” y sintiéndose feliz con esa distinción de cariño.
Lo encontré en Puebla en 1942, nos dice un Hermano, era el encargado de los toque de campana en la comunidad; siempre fue puntual en ejercer su función. Así mismo si en los días de paseo se quedaba algún Hermano, el tocaba para que se realizaran los ejercicios.
A pesar de su edad, prestaba múltiples servicios: venta de libros, y de golosinas, pequeños cuidados a los enfermos, arreglos materiales… cuando tenía algún momento libre lo dedicaba a la lectura. Su distracción era el cuidado de las plantas y las visitas a la capilla.
Aunque parecía tener buena salud, sentía que sus fuerzas disminuían, sentía algunas molestias, pero nunca se quejaba. Nada hacía suponer que la muerte estaba cercana. Participaba con frecuencia en los paseos de la comunidad, su memoria se había conservado lucida, pero a principios de mayo se comenzó a sentir fatigado; pero no le puso atención a ese malestar y lo atribuía a una pequeña intoxicación que se estaba tratando con la dieta y remedios caseros.
El 20 de mayo, prefirió quedarse en casa a ir de paseo con los Hermanos. A la hora de medio día se excusó con su compañero de no tocar y de acompañarlo en el rezo del examen particular y la comida ya que se sentía mal. Al día siguiente la fiebre aumento y tuvo que guardar cama para no levantarse más. Una sed ardiente le devoraba, pero ni una queja salía de sus labios.
El médico no pudo frenar el mal y el Hermano fue avisado de que era prudente recibir la extremaunción. Con alegría recibe esa noticia y se prepara con gran piedad para recibir los últimos sacramentos.
El 7 de junio, cuando los Hermanos estaban en la oración, la hermano enfermera, aviso al Hermano Director que el Hermano estaba agonizando. Inmediatamente los Hermanos acudieron al lecho del enfermo para rezar las oraciones por los agonizantes; éstas no habían terminado cuando el alma del Hermano Adilbert Jean, en una gran calma, voló hacia su Creador. Desde antes había pedido a San José: “No me canso de contemplar a Jesús dormido en tus brazos, oh San José, pero no me atrevo a acercarme a Jesús cuando está descansando, Adóralo en mi nombre, dale un beso en su frente y dile que este cerca de mí, en mi último suspiro”
Revestido de su hábito religioso, el Hermano Adilbert, fue llevado a la capilla ardiente, donde fue visitado por todos los alumnos, para rezar por él. Al día siguiente la misa de cuerpo presente fue celebrada en la gran iglesia de la Merced. La coral de colegio cantó y numerosas comuniones fueron ofrecidas por el difunto. El Hermano Visitador y los Hermanos Directores de las casas de México estaban presentes en el funeral.
A las 11 horas fue el entierro, un grupo de alumnos quiso llevar al Hermano en hombros, a la entrada del panteón fueron los antiguos alumnos quienes cargaron el féretro. Llegados a la capilla del cementerio el Padre Capellán rezo el último responso y de inmediato fue depositado el féretro en la fosa que los antiguos alumnos habían regalado a los Hermanos. Asistieron al entierro quinientos alumnos y muchos exalumnos y padres de familia. Muchas coronas fueron depositadas sobre su tumba ente ellas la del cónsul francés y del Gobernador del estado de Hidalgo, que apreciaba mucho a nuestros Hermanos.