53 HNO NICANDRE NOEL Jean Michael 1860 + 7 II 1935
Hermano que estuvo Acatzingo, donde trabajó en el temporal, fue muy querido por la población, no solamente porque ayudaba a los niños atrasados, sino que su presencia en el mercado, en la iglesia, y por las calles era una verdadera predicación. Llegó a México con cerca de 50 años el dominio del español le fue difícil, anterior y posteriormente de su estancia en México fue un excelente maestro de los pequeños
El Hermano Nicandre Noel nacio en le Puy
Dichoso el hombre que sirve a su Señor con rectitud y que camina según su ley, toda su vida será una alabanza para su Señor y una celestial alegría para su alma.
Estas palabras que se inspiran en los libros santos, son retrato de la bella carrera religiosa del Hermano Nicandre Noel y marcan las líneas de su fisonomía moral.
Cerca de cumplir sus 17 años el joven Felipe se presentó en el Noviciado del Puy, y el 2 de febrero de 1877 revistió con una íntima alegría la librea de San Juan Bautista de La Salle.
Al término de su noviciado fue enviado a París, y se inició como educador de los chiquitos en la escuela de San Eustaquio, Un testigo de sus inicios en el apostolado nos dice: Después de 60 años transcurridos yo recuerdo el hermoso recuerdo del joven religioso muy dispuesto a prestar cualquier servicio que se le pidiera pero sobre todo de una gran piedad, que amaba su clase y se ocupaba continuamente de sus pequeños alumnos.
En diferentes residencias de la región parisiense, nuestro hermano ejerció su celo desde sus inicios. Desde su principio con gran sabiduría y método para exponer las primeras nociones del saber. Una paternal bondad y una completa entrega junto con el prestigio de su virtud, le dieron una autoridad moral que aseguraban frutos durables en la formación y educación.
Aun alumno de nuestra escuela de San Germán en Laye, yo vi, en 1884, como el Hermano Nicandro Noel recibió un regaño por parte del Hermano Director; con calma y humildad y una postura respetuosa, de tal forma que yo quedé profundamente impresionado y edificado. Y a partir de ese día, cuando nos encontrábamos en la casa, me sentía penetrado de un gran respeto y una cierta veneración a su persona.
En nuestra comunidad de Versalles el Hermano Nicandro vivió por largos años, hasta que en 1905, el decidió expatriarse para mantener su vida religiosa integra.
Enviado a México, enfrentó valientemente todas las dificultades que se le presentaron ante la nueva situación. Por su edad le fue muy difícil asimilar la lengua española por lo cual tuvo que renunciar a la enseñanza para encargarse a los oficios del temporal.
Primero fue encargado del comedor y de la ropería en el colegio de Puebla. Cuando se abrió la comunidad de Acatzingo, Puebla, el formó parte de la nueva comunidad. Se le responsabilizó del economato y de la cocina. Con el profundo espíritu religioso que le distinguía. Por entero se consagró a su trabajo, el cuidaba, reparaba el pobre material de la casa y de la escuela, cuidaba de que la limpieza reinara en todo sobre todo que la cocina estuviera reluciente.
Cuando iba al mercado, en búsqueda de víveres, se dejaba engañar por ciertos comerciantes, pero su lealtad y franqueza y su aire de santidad reflejado en su cara, le conquistaron una gran estima, que los vendedores rivalizaban en generosidad para darle las mercancías a mejor precio, más de alguno ponía en la canasta furtivamente legumbres o frutas sin cobrar como homenaje de verberación hacia el digno religioso.
Las palabras edificantes salían espontáneamente de su corazón y las expresiones. “Dios sea bendito!” “! Viva el Señor! Estaban frecuentemente en sus labios. Mucho tiempo después, de que los Hermanos se fueron de Acatzingo su recuerdo se perpetuaba aún, ya que las personas habían quedado marcadas por su piedad y su modestia en la Iglesia Parroquia y cuando iba por las calles y se informaban sobre el Hermano que rezaba siempre. Y se encomendaban a él como a un servidor de Dios.
Diariamente nuestro celoso Hermano consagraba algunas horas para ayudar a los alumnos atrasados de la clase de los pequeños. Con gran paciencia y bondad se esforzaba para enseñarlos a leer e inculcarles las primeras nociones del catecismo.
Por su regularidad ejemplar y por su fidelidad y su dedicación en el cumplimiento de todos sus deberes, esparcía a su alrededor un perfume de edificación y atraía las bendiciones de divinas sobre la escuela que vio cerrar después de siete años de existencia, en esos años surgieron 12 vocaciones para el Seminario y dos para nuestro Instituto.
La persecución mexicana de 1914, lo regresó a Francia y fue enviado a su antigua escuela de Versalles San Luis, él trabajó durante 15 años las clases inferiores o sea la de los cursos elementales, con una dulce autoridad que hacían crecer las almas infantiles.
Con un religioso respeto trataba a “sus querubines” según su expresión familiar para designar a los alumnos pequeños. Él los amaba de todo su corazón de apóstol y se entregaba a ellos con un santo entusiasmo: “La clase, leemos en sus notas, es una comida intelectual, debe ser apetitoso agradable y servida con variedad”
Esta comparación ponía al antiguo Cordón Bleu muy bien, y el cuidaba todos los detalles para ponerlo en práctica. Todas las lecciones estaban preparadas con mucho cuidado, notables eran sus reflexiones y sus catecismos, lo atestiguan las numerosas láminas que dejó. Por lo menos dos veces al año recorría el pequeño catecismo diocesano que sus alumnos sabían al pie de letra, una de sus preocupaciones que los alumnos a temprana edad realizaran su primera comunión y siguieran participando en la mesa del Señor.
“Hacer felices a todos los que viven conmigo” era una de su máxima favorita; también tenía en clase un hermoso y feliz humor y un control de sí mismo que nada le alteraba. Era muy fiel en seguir las prescripciones de la Guía de las Escuelas, y para economizar su voz usaba de continuo la señal. Sabía muy bien usar los vales como motivación y premio.
De sus manos, todos los días en el pizarrón aparecían bellos modelos de escritura, así como pensamientos piadosos que mostraban su celo apostólico. “Mis padres, contaba un antiguo alumno, no cesan de admirar sus bellos números en las libretas de tareas diarias. Él tiene la escritura de los antiguos Hermanos. Se decía en su familia y decían la siguiente frase que vino a ser como un refrán: “No hay profesores más instruidos que los Hermanos, pero ninguno les iguala la forma de enseñar”
Vigilante siempre fiel a su deber, nuestro querido Hermano seguía atento los movimientos de los niños y cuidaba que los alumnos mayores no les molestasen. Tenía para los enfermos y los más débiles una atención especial que los padres de familia se lo agradecían mucho. Este excelente educador ejercía una feliz influencia sobre las tiernas almas que modelaba y el recuerdo del Hermano en ellas ha perdurado.
En la comunidad, el Hermano Nicandro Noel, daba el buen olor de Cristo, por encima de sus cualidades sociales y de sus virtudes religiosas, embellecidas y resaltadas por una exquisita modestia, como la de una violeta que discretamente exhala su perfume.
Un profundo espíritu de fe, lo hacía considerar a Dios en la persona de sus Superiores e igualmente en la de sus cohermanos, vivía una perfecta obediencia y muy caritativo en sus palabras y en sus acciones
Mucho tiempo fue el encargado de tocar para levantarse, fue muy puntual en este empleo y a lo largo del día, era extremadamente puntual a todos los ejercicios. En la Capilla su postura era recogida y manifestaba una ardiente devoción de su alma a Dios.
Una exquisita cortesía acompañaba a todas sus acciones, aunque tenía un cierto apego a sus ideas, aunque no se le consideraba terco, era muy amable con los Hermano y era gracioso en su forma de hablar al grado que hacía reír a los Hermanos los animaba diciendo “Tiremos todos de la soga”
Su ameno carácter brillaba por sus ocurrencias y en las discusiones el mostraba un cierto apego a sus ideas, replicaba con tanta moderación y delicadeza que la discusión se tornaba cordial entre los interlocutores.
Especialista en Botánica, gozaba mucho las excursiones sobre todo cuando eran para buscar nuevos ejemplares de plantas, antes de salir de paseo siempre hacía una visita al Santísimo Sacramento y rezaba algunas decenas de rosario. Después se unía al grupo de sus compañeros, sin jamás demostrar una preferencia y no le importaba el rumbo que tomaran para ir de paseo. Ahí como en todas partes él quería abstraerse de su propia voluntad.
Su conversación era muy agradable, variada y edificante. Cuando descubría una planta no conocida, exclamaba besándola: “Qué Dios sea bendito” Su alma como la del Seráfico Francisco, se extasiaba frente a la naturaleza, el canto de los pájaros. Nunca hizo gala de sus conocimientos de Botánica.
Muerto a sí mismo y a las cosas de aquí abajo no se quejaba de nada. Tuvo durante largos años una sinusitis crónica que le molesto muchos años, solo de tiempo en tiempo dejaba escapar un suspiro, seguido de inmediato de una broma: “ el pobre Hermano Nicandro no vale gran cosa”. Privado de tiempo atrás del sentido del olfato no manifestaba ninguna contrariedad.
El cuidaba meticulosamente la limpieza de todo lo que estaba a su cuidado, evitaba todo gasto inútil y usaba sus hábitos y su ropa hasta que ya no servían. Un tal religioso, hacía notar el Hermano Director, hace la vida de comunidad agradable, porque hace reinar la alegría de los hijos de Dios y da ejemplo de servir al Señor con todo corazón, en su compañía las cosas eran fáciles.
Su salida de Versalles a causa de su salud, provocó tristeza en los Hermanos y en los alumnos pues todos lo tenían en alta estima y lo veían como un pararrayos de la escuela.
Llegado a la casa de Retiro de Athis Mons en septiembre de 1929, el Hermano Nicandro Noel, no soñaba en otra cosa que entregarse al cuidado de una clase de los niños en la escuela adjunta a la casa de los ancianos. Durante cuatro años, entregó los tesoros de su corazón a los niños, con un valor admirable ya que sus diversas enfermedades se iban agravando. Encontraba en el cariño de sus jóvenes alumnos la fuerza para entregarse a ellos y una compensación a sus fatigas y un medio de completar su corona de gloria.
En 1931 se retirado definitivamente y escribió “En la medida que los ríos aumenta su caudal cuando se acercan al mar; así los religiosos deben de crecer en la perfección en la medida que se avanza en edad, con el fin de entrar rico en la gloria del Padre”
Nuestro sabio Hermano reúne para el cielo todas las ocasiones de ganar méritos. Al apostolado de la educación unió el del sufrimiento santamente soportado y escribió “Aquel que no ama la cruz del sacrificio, no se puede decir amigo de Jesucristo.”
Obligado a dejar las armas para encerrarse en la enfermería, el querido anciano soportaba pacientemente las sofocaciones y el dolor de los miembros inferiores causada por la afección cardíaca. Soportaba valientemente la fatiga de asistir a la Santa Misa, La comunión cotidiana le reconfortaba y su cara rebelaba la alegría de su alma. Como el apóstol el parecía decir: “Yo desbordo de alegría en medio de mis tribulaciones”
A medida que veía venir el final, intensificaba su ´piedad con una gran alegría. La víspera de su muerte, fue a la capilla para los ejercicios comunitarios. Atendiendo a la invitación del Hermano enfermero acepto ir a acostarse pues su debilidad era grande; pidió los últimos sacramentos que recibió piadosamente. Al final de la ceremonia pronunció estas palabras: “Agradezco a la comunidad toda su ayuda que me han procurado y les suplico que continúen hasta el fin” Después entró en la dicha celestial que Dios prometió a quienes confían en Él.
La mañana de 7 de febrero su bella alma se fue hacia el Soberano Bien que siempre había buscado con su rectitud y sencillez