80 HNO AGBERT Jean Pierre RETTEL 1883 + 18 IX 1943
El Hermano Agbert era natural de Filsdorf en el Gran Ducado de Luxemburgo, su familia era profundamente cristiana valores que siempre inspiraron la vida de Jean Pierre
Después de un año como novicio menor en Buzenval, entró al Noviciado de París revistiendo el santo Hábito en la fiesta del Patronato de la Santísima Virgen, en octubre de 1899.
Sus rudimentarios conocimientos de la lengua francesa, que desconocía antes de entrar al Instituto, hicieron que prolongara su escolasticado.
Después de alcanzar su brevet, en julio de 1903, inicio su labor de maestro en San Nicolás de Buzenval; cuando fue suprimida la escuela pasó a San Nicolás de Vaugirard. Trabajando en las clases elementales, se aplica en preparar muy bien las lecciones y al mismo tiempo se dedica a incrementar su preparación personal. Cuando vino el cierre del Colegio en 1909, nuestro Hermano con un buen grupo de religiosos del mismo colegio se dirigieron a Caluire para estudiar las bases de lengua española en vista del éxodo para México.
El 23 de agosto de 1910, el Hermano Agbert llegó a Zacatecas. A partir de ese año hasta la expulsión de los Hermanos permanecerá en esa ciudad; hasta el momento de la expulsión violenta por las tropas revolucionarias de Francisco Villa.
Nuestro Hermano se entrega en cuerpo y alma a la formación cristiana de sus alumnos, hasta que la revolución triunfante se adueña de Zacatecas. Fue el 23 de junio de 1914. Por la mañana, de ese día, el Hermano Adrien Marie, Director de la comunidad y el Hermano Adolph Francois, inspector y el padre capellán Padre Vega fueron hechos prisioneros y más tarde fusilados por odio a la fe.
Por orden del General Chao, los otros 14 hermanos fueron hechos prisioneros y amenazados de muerte y más tarde, expulsados del país por el crimen imperdonable de enseñar el catecismo.
Por naturaleza el Hermano era muy impresionable, resentía especialmente las emociones y sufrimientos, esto era muy duro para él. Cada amenaza de fusilamiento, de parte del coronel militar que los acompañaba, para él era un presagio de su próxima ejecución; sin embargo, su valor no se disminuía; él se refugió en la oración y la meditación de algunos pasajes del Evangelio. Su fe, su resignación y su confianza en Dios edificaron profundamente a sus cohermanos, durante el largo camino de Zacatecas a la frontera de El Paso; Texas, a donde llegaron el 13 de julio y donde pudieron respirar libremente en el suelo de los Estados Unidos.
Los Hermanos de Santa Fe, les hicieron una recepción muy simpática y reconfortante. Después de algunos días de reposo necesario, el Carísimo Hermano Agbert fue enviado a la comunidad de Glencoe para iniciarse en el aprendizaje de la lengua inglesa, prestando al mismo tiempo otros servicios.
En septiembre de 1914, fue cambiado a Memphis: Como religiosos y como profesor fue una fuente de edificación para todos. Fue un trabajador infatigable sobre todo para el estudio de la nueva lengua de su patria de adopción. No dejaba que ningún prejuicio ensombreciera su juicio y la forma de ver las cosas. Por su sencillez de espíritu se ganó la estima de los Hermanos.
Permaneció tres años en Memphis. En el mes de agosto de 1918 después de un año pasado en a la ciudad de Kansas, fue llamado a Nueva Orleans para tomar la dirección del Internado que los Padres Benedictinos habían cedido en Covington, La. Era la época critica de la primera Guerra Mundial. Nuestro Hermano fue encargado de la cocina, realizando un buen y abnegado trabajo.
Pero su corazón estaba en la escuela; fue muy feliz cuando se le volvió a confiar una clase; tomó muy a pecho el triunfar. La educación parecía haber sido hecha para él, haciendo de ella una obra de arte y centro de su entusiasmo. Su preocupación mayor era el lograr formar a los alumnos tanto en las materias profanas como el las ciencias religiosas y en el cumplimiento de su deber.
Su éxito
estaba basado en su disciplina y su seria formación intelectual y religiosa, aunque aún su conocimiento del inglés era aún rudimentario; lo que le obligaba a pasar muchas horas de preparación en su escritorio. La perseverancia en el trabajo y en la preparación nunca retrocedió ante esas tareas; hizo de su trabajo una obra de arte y triunfo. Cuando no tenía clases se aplicaba a acrecentar su vocabulario con el fin de dar a los alumnos una enseñanza precisa, el buscaba consejo y consultaba obras para mejorar su enseñanza, no estaba satisfecho si sus lecciones del día siguiente no eran claras, interesante y aprovechables.
Se puede afirmar, que él fue uno de los factores que contribuyeron al éxito de la escuela de san Pablo, tan difícil en sus inicios.
El Hermano Agbert tenía gran autoridad gracias a los resultados obtenidos por su enseñanza viva siempre muy interesante; hacía todo lo posible para renovar sus lecciones constantemente por medio de notas que agregaba y observaciones personales. Aprovechaba los mínimos incidentes para sacar un ejemplo para sus clases. Un día recogió una manzana averiada, la corto en dos, las clavo en una esquina de la mesa y escribió a su lado: “Esta manzana ha sido roída y estropeada por un gusano; nadie la quiere... ¿Es que el buen Dios te puede amar y se complace contigo cuando tu alma esta roída por el pecado?
Sus lecturas estaban enfocadas a la historia eclesiástica y profana, a la educación y a las ciencias, tornando sus conversaciones muy interesantes. Esto se destaca en la enseñanza del catecismo: explicaciones claras, exhortaciones vehementes y profundas a la vez con palabras que llegaban al corazón de sus alumnos.
Hasta el final de su vida no dejó de coleccionar notas, ejemplos, y textos que le ayudaran a explicar mejor el catecismo. Buscaba hacer más comprensibles los textos de catecismo para que los niños amaran la doctrina y la asimilaran para sus vidas.
Nombrado Hermano Director, el tomo a pecho la organización y aprovechamiento de los recursos de la comunidad, con los Hermanos los motivaba para que prepararan bien sus clases y el mismo daba ejemplo de trabajo.
Las clases de catecismo en su escuela, dirigida por los Hermanos, sería incompleta sin la reflexión diaria debía ser dirigida primero al corazón, luego a la inteligencia y por fin a la voluntad. El Hermano Agbert soñaba con la reflexión de la mañana; durante ese tiempo como en el tiempo del catecismo él se manifestaba como un verdadero apóstol.
Su piedad ardiente y su celo apostólico siempre atento le permitía en las fiestas litúrgicas una nueva fuente de doctrina para interesar, instruir y enfervorizar a su auditorio.
Durante varios años estuvo encargado de la Congregación Mariana, él tuvo con esto la oportunidad de trabajar en este medio precioso de apostolado.
La escuela y las clases las mantenía constantemente en una atmósfera religiosa elevada. En 1925, fue nombrado prefecto de los alumnos mayores, como hombre responsable el enfrentó a conciencia, todas sus obligaciones con gran entusiasmo. Su deseo mayor era volver a la clase, sus deseos fueron escuchados y al año siguiente fue enviado a Nueva Iberia.
En 1930 regresó a Covington como subdirector, de acuerdo al Hermano Director, se ocupó en la revisión de los programas de estudio y de todas las actividades académicas que podían contribuir a la reputación de la escuela.
En 1931, los Superiores le nombran director de Nueva Iberia, donde había dejado una excelente reputación como maestro y religioso. No traicionó la confianza de los Superiores; durante los seis años que dirigió esa comunidad. Pasó después a Bernalillo donde permaneció hasta el final de sus días, él vivió este tiempo, al parecer, solo para la comunidad y para el colegio. Se mostró siempre amable y digno con todas las personas, manteniendo relaciones corteses y agradables con las autoridades locales; civiles y religiosas, interesaba a las familias en los acontecimientos de la escuela y daba a todos la idea de las grandes cualidades personales y de la Congregación que representaba.
Pero sobre todo era un educador celoso, algo nervioso, pero claro, entusiasta, y comunicativo, un religioso integro observante de las tradiciones de su Instituto.
Desde el momento en que llegaba un joven Hermano a su comunidad el Hermano Director no lo perdía de vista hasta que el recién llegado adquiriera el ascendiente necesario. Después de que le daba una calurosa bienvenida lo iniciaba en su empleo. Antes de que comenzaran las clases el preparaba dos o tres lecciones modelos para ayudar al recién llegado.
Él sabía reprender, pero generalmente el motivaba. Al profesor de los chiquitos le recomendaba ponerles una buena calificación a todos, el primer día. Los pequeños regresaban a sus casas muy contentos y al día siguiente llegaba a la escuela con más ganas de aprovechar. La reputación de la escuela estaba basa en la tenacidad en el trabajo de clase, la buena presentación de cuadernos y tareas, la guerra sin cuartel al lenguaje inapropiado,
Gracias a los buenos resultados obtenidos por los alumnos: protestantes, y judíos, así como los católicos preferían enviar a sus hijos a esa escuela donde el trabajo era un honor, así como el temor de Dios y el arte de vivir honestamente
Daba a las actividades extraescolares un lugar importante en la educación, estimulaba el deporte, como un medio de desarrollo físico y de preservación moral.
Lo que más cuidaba y amaba era la formación cristiana de los niños. Después de la instrucción religiosa su gran deseo era verlos acercarse a la frecuentación de los sacramentos: “Nuestro Señor ama a los niños, porque son pobres, decía, hay que hacer todo lo posible para acercarnos a ellos”
Como Director el Hermano hacia todo lo posible para ganarse los corazones de sus inferiores por su bondad: “se adelantaba a sus deseos, pero era muy cercano a los enfermos o a los que tenían alguna situación difícil”
Muy atento para sostener a los débiles, y alabar sus esfuerzos, pero sabía ser severo cuando las circunstancias le obligaban a recordar cual era el deber. Era regular y velaba para que la Regla fuera observada con regularidad en la comunidad de Hermanos. Estaba convencido que los Hermanos no cumplirían eficazmente su misión de educadores cristianos, sino en la medida de que fueran fieles al espíritu del Santo Fundador.
Hombre de comunidad, encontraba su felicidad en la compañía de sus Hermanos, sus relaciones con las personas externas siempre fueron dignas y reservadas estrictas y sólo para lo necesario-
El Hermano Agbert no cesaba de fortificar su fe por medio de una piedad sincera y viril. Su voz fuerte dominaba durante las oraciones vocales. Su postura enérgica y respetuosa, a la vez el uso de algún libro lo tenían activo durante la oración. Todo lo externo revelaba una profunda fe en la presencia sacramental del Señor.
Con gran celo promovía la consagración espiritual a la Santísima Virgen, era muy ferviente en el rezo del rosario, era ejemplo de recogimiento y de visitar al Señor en los tiempos libres.
Así era la vida del Hermano Agbert hasta que, en diciembre de 1941, la enfermedad llegó de repente para conducirlo a la tumba. Llevado de urgencia al Hospital, ahí recibió los últimos sacramentos. Su fuerte constitución y las medicinas le permitieron superar la crisis.
Mes su organismo estaba ya gastado, tenía que tomar ciertas precauciones y cuidados; los cuales no se resignaba hacerlas. aun dirigió la escuela el año de 1942 -1943, en 1943 los superiores lo nombran subdirector del escolasticado de Santa Fe, con los Hermanos jóvenes.
Tres horas antes de su muerte, estando todo en calman resignado y después de varias semanas que se preparaba para morir, perdió el conocimiento y se durmió en el Señor.
En la Iglesia de Nuestra Señora de Laeken se celebró su funeral con la asistencia de una numerosa multitud.