"Crecí en Bánfield, población de las afueras de Buenos Aires, en una casa con un gran jardín lleno de gatos, perros, tortugas y papagayos; un paraíso. Pero en ese paraíso ya era yo Adán, en el sentido en que no conservo recuerdos felices de mi infancia -demasiadas tareas, sensibilidad excesiva, tristeza frecuente, asma, brazos rotos, primeros amores desesperados (mi cuento 'Los venenos tiene mucho de autobiográfico')."
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Documental de Tristán Bauer
Por María Ayelén Spinelli21 de julio de 2017
Bienvenidos a un universo doble, alternado por pequeñas frases que revelan un orden imperante que arrasa sin miedo sobre toda concepción de lo normal y sobre todo, que nos arrasa a nosotros, a los lectores, a una realidad inestable de la que ya no nos podremos ir sin desconfiar de que en lo ordinario existe una sutil amenaza, siempre sutil.
La primera premisa que hay que tener en cuenta para adentrarse al mundo cortazariano es que no admite taxonomías, sino que las destruye y las reinventa. En ese sentido, lo bestiario irrumpe no por su forma sino por su efecto; no vamos a encontrar en este libro de cuentos monstruosidades físicas sino, en todo caso, psíquicas.
CASA TOMADA
De cualquier forma, el hecho fantástico es invisible; en este caso hay una fuerza desconocida que permite el avance de la historia: dos hermanos que se ven obligados a abandonar su casa, son desalojados por algo del orden de lo indecible.
También, el cuento propone una interpretación en relación al incesto, como si la culpa cobrase una fuerza indomable y fuera lo que termina por expulsar a ese matrimonio de hermanos
“Las circunstancias de mi nacimiento fueron nada extraordinarias pero sí un tanto pintorescas, porque fue un nacimiento que se produjo en Bruselas como podría haberse producido en Helsinki o en Guatemala: todo dependía de la función que le hubieran dado a mi padre en ese momento. El hecho de que él acababa de casarse y llegó prácticamente de viaje de bodas de Bélgica hizo que yo naciera en Bruselas en el mismo momento en que el káiser y sus tropas se lanzaban a la conquista de Bélgica, que tomaron en los días de mi nacimiento. De modo que ese relato que me ha hecho mi madre es absolutamente cierto: mi nacimiento fue un nacimiento sumamente bélico, lo cual dio como resultado a uno de los hombres más pacifistas que hay en este planeta"... (2)
“Qué familia, hermano. / Ni un abuelo comodoro, ni una carga / deca / balle / ría, / nada, ni un cura ilustre, un chorro, / nadie en los nombres de las calles, / nadie en las estampillas, / minga de rango, / minga de abolengo, / nadie por quien ponerse melancólico / en las estancias de los otros, / nadie que esté parado en mi apellido / y exija de la estirpe / la pudorosa relación: ‘Aquel Cortázar, / amigo de Las Heras…’. / Ma qué Las Heras, / no tuvimos a nadie, ni siquiera / en Las Heras (la Penitenciaría / que ya tampoco existe, me contaron”... (1)
“Mi casa, vista desde la perspectiva de la infancia, era también gótica, no por su arquitectura sino por la acumulación de terrores que nacía de las cosas y de las creencias, de los pasillos mal iluminados, y de las conversaciones de los grandes en la sobremesa”... (4)
"Tenía yo casi cuatro años cuando mi familia pudo regresar a la Argentina. Yo hablaba principalmente francés y de esa lengua retuve esa «r» afrancesada de la que jamás pude desprenderme."
Rayuela
La rayuela se juega con una piedrita que hay que empujar con la punta del zapato. Ingredientes: una acera, una piedrita, un zapato, y un bello dibujo con tiza, preferentemente de colores. En lo alto está el Cielo, abajo está la Tierra, es muy difícil llegar con la piedrita al Cielo, casi siempre se calcula mal y la piedra sale del dibujo. Poco a poco, sin embargo, se va adquiriendo la habilidad necesaria para salvar las diferentes casillas (rayuela caracol, rayuela rectangular, rayuela de fantasía, poco usada) y un día se aprende a salir de la Tierra y remontar la piedrita hasta el Cielo, hasta entrar en el Cielo lo malo es que justamente a esa altura, cuando casi nadie ha aprendido a remontar la piedrita hasta el Cielo, se acaba de golpe la infancia y se cae en las novelas, en la angustia al divino cohete, en la especulación de otro Cielo al que también hay que aprender a llegar. Y porque se ha salido de la infancia se olvida que para llegar al Cielo se necesitan, como ingredientes, una piedrita y la punta de un zapato.
Amor 77
Y después de hacer todo lo que hacen, se levantan, se bañan, se entalcan, se perfuman, se peinan, se visten, y así progresivamente van volviendo a ser lo que no son.